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Verdades a medias son mentiras II

Opinión-colorERICK ZUÑIGA

En la frontera México-Estados Unidos ocurre una crisis de la que muchos hablan pero pocos están dispuestos a resolver. Es una crisis que, desde octubre del año pasado ha tocado las vidas de al menos 47 mil niños.

Esa es una estimación conservadora, porque son los niños que han sido arrestados por las autoridades de inmigración de EU. Además de esos miles, están los que han muerto en el camino que lleva de la frontera sur a la frontera norte de México.

Están también los que muy probablemente se han convertido en algo muy parecido a esclavos al servicio de los cárteles del crimen organizado. Están los que han encontrado algún refugio en México y están, desde luego, quienes han logrado cruzar la frontera México-EU sin ser arrestados.

Las estimaciones más conservadoras duplican el total de niños y niñas que forman parte de esta crisis, pero hay quienes consideran que en realidad son más del doble.

Se trata de una situación tan grave que en EU ya movilizaron tanto a la Cruz Roja de aquel país, como a distintas iglesias y organizaciones civiles que tratan de ofrecer algún alivio, casi siempre insuficiente, ante el sufrimiento de los niños que, solamente en Texas, están hacinados, con un sobrecupo del 100 por ciento, en el área infantil del Centro de Detención de la Patrulla Fronteriza en El Paso.

Es una situación sumamente complicada. El viernes próximo-pasado se ha convocado a una cumbre en que participará México, EU y los países de Centroamérica, pero —dada la situación electoral actualmente en curso en EU— todo apunta a que sólo se apresurarán los mecanismos de repatriación de los niños detenidos y, una vez más, los gobiernos harán llamados a que los padres de los pequeños no permitan que sus hijos viajen solos.

Ello revela, por una parte, el estado de cosas en EU. Los republicanos están ansiosos de humillar a Obama en las elecciones de noviembre, y por ello se niegan a permitir que se vote la minuta de la reforma que el Senado aprobó. Los niños emigrantes son, que no quepa duda, rehenes de la voracidad republicana en este tema.

Por otra parte, la situación deja ver las limitaciones en la manera de actuar de los funcionarios de emigración de México y EU. No se trata de niños que pidan permiso para viajar. Estos niños pertenecen a una generación que vive el abandono, la orfandad, de una manera tan inhumana, que hace de clásicos de la literatura como Oliver Twist verdaderos cuentos de hadas.

Como en esa novela, muchos de los detenidos y luego repatriados, no conocen a sus padres o, si los conocieron, fueron víctimas de la violencia que consume a América Central y México en la actualidad y, como en el caso del personaje de Charles Dickens, las opciones para esos niños se han reducido. Sólo pueden escoger entre emigrar, sin importar los riesgos, incluidos la muerte o la deportación, o convertirse en hampón o narcotraficante, lo que los llevará a una disyuntiva peor: matar o morir.

Equivocados o no, los niños centroamericanos han optado por la vida. Corren un riesgo que los rebasa, sin importar qué tan absurdo pueda parecernos. ¿No podemos tenderles una mano?

La historia cobró muy caro a los alemanes haber sido testigos del holocausto al que el III Reich sometió a los judíos, ¿Qué dirán los historiadores del futuro de los mexicanos de hoy, que dejamos que este nuevo holocausto, el de la migración, ocurriera justo aquí, en nuestro país? ¿Dónde queda la solidaridad ante este sufrimiento?

 

 

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