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Veneno Putin

 

El envenenamiento del disidente ruso Vladimir Kara-Murza es solo uno de más

de treinta ataques sospechosos ligados a Vladimir Putin y sus compinches.

LA LISTA DE VÍCTIMAS tendida a los pies de Vladimir Putin ha crecido tanto que ahora es necesaria una gráfica para darle seguimiento. Es una lástima que Bill O’Reilly no haya tenido una a la mano cuando Donald Trump desestimó la afirmación del conductor de Fox News de que Putin y sus compinches son “asesinos”.

Pero un diagrama es justamente lo que la Asociación de Exfuncionarios de Inteligencia (AFIO, por sus siglas en inglés) presentó en una edición reciente de su boletín trimestral, The Intelligencer. Seguramente, la AFIO, que representa a 4500 veteranos de inteligencia que trabajaron anteriormente en la CIA, el FBI y el ejército, está imbuida con el odio hacia el Kremlin que data desde la época de la Guerra Fría, pero aun si tan solo la mitad de su diagrama es aceptado, la lista de supuestas víctimas de Moscú sería tristemente impresionante: hay más de treinta nombres en ella.

Peter Oleson, antiguo subdirector de la Agencia de Inteligencia de la Defensa, escribió la lista antes de que el antiguo crítico del Kremlin Vladimir Kara-Murza fuera encontrado mortalmente enfermo por envenenamiento en un hospital de Moscú en febrero. Y antes de que el exgeneral de la KGB Oleg Erovinkin fuera hallado muerto en la parte trasera de su automóvil, en Moscú, un día antes de Navidad. Se sospechaba que Erovinkin era una de las fuentes de Christopher Steele, exfuncionario de inteligencia británico que recopiló el famoso memorando de la “lluvia dorada” sobre las supuestas relaciones entre el equipo del presidente Donald Trump y el presidente ruso.

Steele se ha ido a la clandestinidad, y tomando en cuenta el número de disidentes, desertores, periodistas, antiguos compinches de Putin que le han quitado su apoyo a este último y rivales que han muerto en circunstancias sospechosas desde que el antiguo coronel de la KGB llegó al poder hace 18 años, su precaución está bien fundada, dice Oleson: “Uno, dos o tres pueden explicarse fácilmente, ¿pero varias docenas?”.

Con el paso de los años, el veneno ha hecho caer a más de un crítico del Kremlin. El 2 de febrero, Kara-Murza, antiguo corresponsal de televisión radicado en Washington D. C. y con participación activa en los partidos y movimientos de oposición liberales de Rusia desde el ascenso de Putin, fue hospitalizado. Su esposa declaró a la prensa que el diagnóstico era “envenenamiento agudo por una sustancia indeterminada”. Fue la segunda vez en que Kara-Murza, de 35 años, había caído enfermo misteriosamente.

Los observadores compararon rápidamente la desgracia de Kara-Murza con la de Alexander Litvinenko, un desencantado exagente de seguridad ruso envenenado hasta la muerte con polonio radiactivo, en Londres, en 2006. Scotland Yard señaló al Kremlin por el asesinato de Litvinenko, diciendo que “las pruebas indican que la única explicación creíble es que, de una forma o de otra, el Estado ruso estuvo involucrado en el asesinato de Litvinenko”. El Reino Unido exigió a Moscú que extraditara a Andrey Lugovoy, el supuesto perpetrador, para ser juzgado, pero el Kremlin declinó. Lugovoy, que dijo que los informes sobre su responsabilidad en la muerte de Litvinenko no eran más que “invenciones, suposiciones, rumores”, ahora ocupa un escaño en la Duma, que le da inmunidad contra cualquier acción legal.

Se dice que Litvinenko, a quien la inteligencia británica apoyaba mientras realizaba trabajos privados para una empresa de análisis de riesgos de negocios, investigaba los enlaces de España con la mafia rusa cuando Lugovoy, exguardaespaldas de la KGB, supuestamente puso el polonio en su té. El contexto de su asesinato se describe en un nuevo y emocionante libro sobre el tema, titulado A Very Expensive Poison: The Definitive Story of the Murder of Litvinenko and Russia’s War With the West (Un veneno muy caro: la historia definitiva del asesinato de Litvinenko y la guerra de Rusia con Occidente), del periodista británico Luke Harding.

“Litvinenko no era exactamente James Bond”, escribe Harding, corresponsal extranjero veterano del diario The Guardian. “Pero pasaba información sensible de la inteligencia británica sobre las relaciones entre las pandillas de la mafia rusa activas en Europa y personas poderosas en la cima misma del poder en Rusia, entre ellas, Putin”. En conjunto, diría Litvinenko, el presidente ruso, sus ministros y sus amigotes de la mafia integraban lo que solo podía denominarse como “un Estado mafioso”. O bien, como O’Reilly le dijo recientemente a Trump: “Es un asesino”.

“Hay muchos asesinos. Tenemos muchos asesinos”, respondió Trump en una afirmación en la que parecía defender a Putin y que provocó una gran cantidad de reprimendas.

Ha sido imposible demostrar que Putin participó en cualquiera de las aproximadamente 30 muertes de las cuales él y sus compinches son sospechosos. Sin embargo, simplemente hay tantas muertes prematuras de disidentes, periodistas y otras personas de origen ruso que Oleson de la AFIO decidió incluirlas a todas en su lista, sin importar que, en algunas de ellas, se hubiera descartado la comisión de un delito. Una de ellas es la extraña muerte de Mikhail Lesin, antiguo compinche de Putin, en un cuarto de hotel de Washington, D. C., a finales de 2015. Algunas personas especulan que “él podía haber estado hablando con el FBI para evitar cargos de corrupción”, señala Oleson. Finalmente, la policía decidió que se había tropezado y había muerto por un envenenamiento alcohólico agudo.

“No es que sospeche demasiado, pero él habría sido un excelente candidato para [ser asesinado], dado lo que estaba haciendo y lo que Putin ha mostrado que le ha hecho a otras personas”, dice Oleson. “Debemos preguntárnoslo”.

Kara-Murza aún sufría de los efectos de su envenenamiento en 2015 (daño nervioso en el lado izquierdo del cuerpo que lo obligaba a caminar con la ayuda de un bastón) cuando volvió a enfermar, a principios de este mes. Al igual que en el incidente anterior, los médicos dijeron que no podían detectar exactamente lo que lo había mandado de nuevo al hospital. Su esposa dijo que había enviado muestras de la sangre, el cabello y las uñas de su esposo a un laboratorio privado en Israel para su análisis.

A diferencia de muchas de las víctimas de Putin, Kara-Murza tenía poderosos amigos en Estados Unidos que lo cuidaban. Uno de ellos es el senador John McCain, de Arizona, quien habló ante el Senado para denunciar a Trump por equiparar vagamente los asesinatos de Putin con algunos otros asesinatos no especificados cometidos en Estados Unidos. Kara-Murza “sabía que no existía ninguna equivalencia moral entre Estados Unidos y la Rusia de Putin”, exclamó McCain. “Repito, no hay ninguna equivalencia moral entre ese carnicero y matón coronel de la KGB y Estados Unidos de América… Afirmar que existe algún tipo de equivalencia moral entre ambos es algo terriblemente mal informado o increíblemente sesgado”.

Barry McCaffrey, antiguo general del ejército estadounidense, dijo que la subestimación de la bravuconería de Putin por parte de Trump era “la declaración más antiestadounidense” jamás hecha por un comandante en jefe.

La lista de Oleson da en el clavo. La próxima vez quizás O’Reilly debería entregársela a Trump y pedirle que nombre a cualquier crítico asesinado por órdenes de un presidente estadounidense.

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