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Un indicador más

Opinión-colorÁguila o Sol

De: Prof. Monjardín

Una de las estadísticas de nueva generación más útiles para comprender qué ocurre en México hoy es la que mide la llamada “tendencia laboral de la pobreza”. Es una estadística relativamente nueva porque solía ser que —al menos hasta los ochenta del siglo pasado— para que una persona se salvara de los males de la pobreza, bastaba que tuviera un empleo.

No era necesario que fuera un cargo público de alto perfil. Bastaba un empleo como obrero calificado, de modo que, aunque uno no viviera como potentado, pudiera sostener a una familia. Ya no es así. Un número creciente de mexicanos, incluso con empleo en la economía formal, no logran escapar de la pobreza y eso es justamente lo que mide el indicador de la “tendencial laboral de la pobreza”.

El dato más reciente, que corresponde al cierre de 2014, señala que al menos 54 por ciento de la población del país no puede adquirir una canasta básica de alimentos con el salario que recibe. Ello implica que 62 millones de personas no pueden cubrir sus necesidades básicas a pesar de que el jefe de la familia a la que pertenecen cuenta con un empleo.

Conviene considerar, además, que este indicador es uno de los que tuvo mal desempeño a lo largo de 2014. En concreto, el año pasado, el número de personas en esta situación aumentó 3.65 por ciento. Este incremento se explica, a decir del Consejo Nacional para la Evaluación de la Política Social, —que es el autor del índice de Tendencia laboral de la pobreza—, porque los empleos que se están creando en la actualidad están mal remunerados.

Lo que dicen los ortodoxos es que esto se resolverá si crece la productividad y exportamos más. El problema con esa solución es que los mercados a los que se solía exportar ya no consumen como antes, de modo que sin importar qué tanto se esfuercen las empresas mexicanas por lograr aumentos en su productividad, será difícil que vean coronados sus esfuerzos.

No sólo eso. Para elevar la productividad se requiere más inversión y las condiciones no son propicias para ello, pues el crédito privado se ha restringido y el gobierno no puede impulsar las políticas contra-cíclicas que serían necesarias ahora. Y peor, otro de los remedios que tradicionalmente se invocan para este tipo de problemas: aumentar la escolaridad, tampoco resuelve el dilema. De hecho, hoy —gracias a la automatización de muchos procesos—, es más fácil que una persona con bachillerato encuentre empleo a que lo haga una con licenciatura.

Las razones que los economistas ortodoxos dan resultan sospechosas ante el peso de la evidencia y si en la década pasada hablábamos de los noventa como “la década perdida”, la primera década del siglo XXI también fue una década perdida  como lo ha sido la primera mitad de esta segunda década, de modo que acumulamos ya un cuarto de siglo perdido y sin signos de que las cosas vayan a mejorar en el futuro inmediato.

¿Qué hacer? Es claro que no podemos seguir apostándole al comportamiento cada vez más errático de los mercados globales. Incluso uno que era relativamente seguro, el del petróleo, nos ha fallado y no hay garantía de que las cosas vayan a mejorar pronto. Queda lo impensable para los ortodoxos: olvidarnos de las fantasías que nutrieron los sueños de la tecnocracia de los noventa y regresar a lo elemental, que es desarrollar el mercado interno, y facilitar que todas las personas cubran sus necesidades mínimas de alimentación capacitándolas para que produzcan sus propios alimentos.

Duplicidades

El paquete de reformas a la Constitución conocido coloquialmente como ley anticorrupción, aprobado ayer por la Cámara de Diputados, incrementa la burocracia en forma innecesaria.

Las reformas contemplan la creación de un Sistema Nacional Anticorrupción, un mecanismo muy similar a un esquema que ya existe y que se llama casi igual: Sistema Nacional de Fiscalización (SNF).

Este sistema fue creado en el año 2010 a iniciativa del titular de la Auditoría Superior de la Federación (ASF), Juan Manuel Portal Martínez, sin tener que reformar ni la Constitución ni las leyes secundarias.

El SNF, se puede leer en su página web, es un esquema de coordinación “entre todos los órganos gubernamentales de fiscalización en el país, con el fin de trabajar, en lo posible, bajo una misma visión profesional, con similares estándares, valores éticos y capacidades técnicas, a efecto de proporcionar certidumbre a los entes auditados y garantizar a la ciudadanía que la revisión al uso de los recursos públicos se hará de una manera más ordenada, sistemática e integral”.

El decreto aprobado ayer por la Cámara de Diputados señala que el Sistema Nacional Anticorrupción “es la instancia de coordinación entre las autoridades de todos los órdenes de gobierno competentes en la prevención, detección y sanción de responsabilidades administrativas y hechos de corrupción, así como en la fiscalización y control de recursos públicos”. ¿Hay o no similitud?

Pero hay más: durante la Quinta Reunión Plenaria del SNF, realizada el pasado 20 de noviembre, se fijó como uno de los objetivos de este 2015 la creación de un “comité coordinador”, mismo nombre que tendrá el órgano de dirección del Sistema Nacional Anticorrupción.

El SNF creado en el 2010 está conformado por representantes de la ASF, la Secretaría de la Función Pública, los órganos fiscalizadores de los estados, las contralorías estatales y las municipales y los órganos de control interno de los organismos autónomos del Estado.

El Sistema Nacional Anticorrupción tendrá una conformación similar, con la salvedad de que en este nuevo esquema participarán también la Fiscalía Anticorrupción y el Tribunal Federal de Justicia Administrativa, que perderá el carácter de tribunal fiscal que actualmente tiene.

El peligro de la adulación

El culto a la personalidad es un tributo dogmático que busca contactar las pasiones del homenajeado pretendiendo la aprobación absoluta.

Así, a través de la historia este fenómeno se ha repetido por  líderes carismáticos como lo fueron Lenin, Hittler, Mao Tse-tung, Ramsés III y como lo son Fidel Castro y Nicolás Maduro, entre otros.

Es pretender alcanzar la inmortalidad, distorsionando el sentido de la realidad en la mayoría de las ocasiones, aferrándose a la aceptación innegable. Parece absurdo que en este siglo XXI las monarquías sigan subsistiendo y logren incidir mediante las herencias y el linaje, creyendo en el sometimiento de la voluntad de los otros.

Cabe señalar que en la actualidad la única aristocracia valedera es la que trasciende del reconocimiento al intelecto,  mas no de la  adulación.

Así pues, uno de los grandes vicios de cualquier institución es sin duda el Culto a la Personalidad, expresado recientemente por el titular de la Confederación de Trabajadores de México, que a poco más de una década dejó ver que la egolatría sobresale  por encima de las normas democráticas que deben regir a uno de los organismos gubernamentales más importantes de este país.

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