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Todo con Lupe-Reyes

Opinión-colorÁguila o Sol

De: Prof. Monjardín

El verdadero Plan A del gobierno de Peña Nieto para enfrentar la crisis es esperar a que llegue la Navidad. Olvídense de los 10 puntos en contra de la inseguridad pública o volver a intentar un “Todos Somos Ayotzinapa” por parte del Presidente, y mucho menos un “ya supérenlo”. Todas esas intentonas para calmar el descontento popular sólo consiguieron que la indignación se convirtiera en rabia.  Así que no, el gobierno ya decidió que lo mejor es hacer chitón y nadar de muertito en espera de que el limbo de Lupe-Reyes (12 de diciembre a 7 de enero) se lleve el descontento a golpe de posadas, vacaciones y villancicos. Apostar al olvido es siempre el primer gesto de todo aquél que no tiene los recursos morales o la inteligencia para reparar los agravios ocasionados.

Seguramente algo de esta estrategia tendrá éxito. Es probable que a partir de la próxima semana las marchas pierdan su carácter multitudinario y que la convocatoria misma comience a espaciarse. Los festejos navideños tienen una agenda propia entre rutinas familiares decembrinas y la necesidad de evadir y reparar las pesadillas que cada uno enfrenta a lo largo del año.

El problema con esa estrategia es que sólo compra tiempo. Una campana que permite al boxeador noqueado levantarse momentáneamente de la lona para arrastrarse a su esquina a detener las hemorragias. Pero no hay en Peña Nieto una estrategia que vaya a cambiar la golpiza a partir del siguiente round, cuando el descanso termine. La caída del petróleo hace un boquete a las finanzas públicas y a la cotización del peso, lo que impedirá al gobierno aligerar las obligaciones fiscales del contribuyente, como pedían empresarios y clases medias. Más aún, todo indica que los precios tan bajos del petróleo se mantendrán durante un rato, lo cual hace incosteable las inversiones en la exploración en aguas profundas; inversiones que Hacienda esperaba en los próximos meses para reactivar la economía.

Lo anterior significa que no sólo no se resolverán las causas de la indignación de la calle, sino que estamos expuestos a que en cualquier momento se abran nuevas cuarteaduras. Esta semana fue la casa de descanso de Luis Videgaray, ministro de Hacienda, negociada en condiciones favorables con la constructora de Juan Armando Hinojosa Cantú, concesionario de obras multimillonarias en los gobiernos de Peña Nieto (en Edomex y en Los Pinos). Es el empresario involucrado en la operación de la “Casa Blanca” de Angélica Rivera. No hay ninguna garantía de que en las próximas semanas no sigan surgiendo otros casos relacionados al patrimonio de miembros del primer círculo de gobierno. Parecería que allá donde se levanta una esquina de la alfombra hay una fortuna o una propiedad difícil de justificar. Si tal fuera el caso, el gobierno de Peña Nieto estaría condenado a ir dando tumbos, entre un escándalo y otro. Y es que la clase política vive hoy lo peor de dos mundos: mantiene prácticas del pasado en materia de tráfico de influencias y apropiación del patrimonio, pero en un contexto en el que las redes sociales, los escasos medios críticos pero con mucha influencia, y la atención de la prensa internacional lo dejan en evidencia una y otra vez.

La otra fuente de preocupación para el gobierno son los estallidos de inseguridad que surgen de manera cada vez más frecuentes a lo largo del territorio y hacen que se hable de México como un país con un Estado fallido.

Apostar a nadar de muertito es una pésima estrategia porque el gobierno, la imagen del país, las posibilidades de inversión, etcétera, quedan totalmente vulnerables frente a cualquier manotazo de los muchos demonios sueltos. Estamos expuestos a que la ocurrencia de un cabecilla salvaje, de los tantos mini cárteles que pululan en el territorio, tire por los suelos la narrativa que el gobierno se afana en construir.

¿Quién dijo renuncia?

Esta no va a ser una columna del agrado del 62 por ciento de los mexicanos que reprueban la gestión de Enrique Peña Nieto (y sospecho que son mucho más: las encuestas que miden el rechazo al Presidente fueron realizadas hace semanas y todavía no tenían el efecto “Casa Blanca”).

El problema es que a partir del 1 de diciembre se cumplieron dos años de gobierno, lo cual significa que ante la ausencia del Ejecutivo por renuncia o fallecimiento la Constitución establece que éste sea designado por el Congreso de la Unión. Es decir, la decisión no pasa por los ciudadanos ni por las urnas, sino por la partidocracia. Peor aún, el PRI y sus partidos satélite elegirían a uno de los suyos sin necesidad siquiera de que el perfil resulte atractivo a los votantes, como tienen que hacerlo cada seis años.

Se me dirá que la renuncia de un presidente como resultado del repudio de la calle sería un logro histórico; sentaría un precedente y la clase política tendría que enmendarse en el futuro. Asentaría la noción de que el poder reside en última instancia en personas de a pie  y no en los políticos engreídos de sí mismos.

En la práctica, lo que sucedería es que los políticos nombrarían a un colega, cambiarían un rostro por otro, y la gente se iría muy contenta de regreso a casa. La élite asumiría que la pareja bonita que forman Peña Nieto y Angélica Rivera no les funcionó, y optarían por otra mezcla para apaciguar los ánimos y retomar el control. Al final poco habría cambiado, salvo la exaltación popular por el triunfo momentáneo.

Los parámetros

En el régimen de Ernesto Zedillo, luego de la crisis del 95, el repudio generalizado al PRI obligó al gobierno a conceder cambios sustanciales en el entramado institucional. Reconocimiento de la oposición, un IFE ciudadano (aunque efímeramente), mayor autonomía a la Suprema Corte, proliferación de comités de regulación, fortalecimiento de la CNDH, etc. La mayor parte de estos espacios se cerrarían con el tiempo, pero mientras duraron fueron suficientes para dar un vuelco en la historia electoral del país con la derrota del PRI y abrieron una pequeña ventana de oportunidad para una “primavera democrática” mexicana.

Ciertamente desperdiciamos esa oportunidad con Fox y con la apatía ciudadana que nos caracterizó durante los siguientes doce años, pero eso no quiere decir que no podamos abrir otra andanada de modificaciones de fondo. Luego tendremos que hacer la tarea para hacerlas irreversibles, pero esa será una tarea para el segundo tiempo. En el primero hay que meter los goles; en el segundo los defendemos.

El tema de fondo es que este país no va a mejorar mientras sigamos creyendo que la solución consiste en encontrar a la persona adecuada para gobernarnos o, en su defecto, en quitar del poder a la inadecuada, por más que tenga un efecto tan liberador en el espíritu. Prefiero que por ahora sigan los que están y eso alimente la rabia popular y sostenga el pulso de la calle.

No es confiando en la honestidad de la condición humana como habremos de construir una sociedad menos injusta. La única posibilidad reside en la instalación de un entramado de instituciones que permitan muchos ojos y una incesante rendición de cuentas en la cosa pública para que deje de ser la “cosa nostra” de esa casta que ha tomado el poder.

Yo prefiero que Peña Nieto siga allí permanentemente acosado por la opinión pública y por las redes sociales para obligarlo una y otra vez a recorrer las mojoneras y entregar espacios públicos al escrutinio y a la intervención de los ciudadanos. Hasta ahora ha creído que bastaba con el maquillaje de 10 puntos sobre inseguridad y poner ante las cámaras a su esposa para ofrecer una explicación.

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