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Tiempos de oportunidad

Opinión-colorÁguila o Sol

De: Prof. Monjardín

Hablar de elecciones es hablar del símbolo más grande de la democracia. Es hablar de la gente y del futuro de naciones enteras. Es hablar de sueños, de esperanzas, de historia, de cambios y de grandes oportunidades. Es comprender que votar significa el fundamento de las repúblicas democráticas; es asumir que cada individuo tiene el poder inalienable de decidir el rumbo que tomará la evolución del mundo.

Hablar de elecciones es hablar del impulso que reanima una política convaleciente. Es hablar de un encuentro intermitente entre los ciudadanos y sus gobernantes; de un ciclo interminable en el cual la elocuencia política desborda los espacios publicitarios, y una guerra de improperios y descalificaciones entre partidos, es librada en los portales noticiosos.

Hablar de elecciones hoy es hablar también de una degeneración persistente.

Lo que nació como un derecho de la gente se ha convertido en un instrumento para ejecutar una política indolente que normalmente vela por su beneficios particulares para continuar sobreviviendo. Es la realidad: Promesas infundadas y gratificaciones exiguas que denigran el verdadero sentido del derecho popular de solicitar transformaciones mediante la selección voluntaria de nuevos líderes.

Las elecciones son un instrumento que debería purificar la democracia y no una vitrina que exhiba los defectos más lamentables de la política como la designación arbitraria de candidatos, el despilfarro de recursos que viola las leyes electorales o estratagemas tan deleznables como la coacción del voto o la prolífica entrega de despensas, electrodomésticos y tarjetas de ahorro.

Nuestro México necesita que la política proteja su derecho a transformar su realidad, actuando con absoluta ética, justicia y honorabilidad. Necesita que las elecciones sean blindadas para evitar el ataque de los vicios políticos que durante décadas han provocado el rechazo de la ciudadanía hacia sus representantes.

Ejercer el derecho democrático por excelencia merece ser el punto de partida para iniciar verdaderas revoluciones de paz y trabajo y no la triste confirmación de una política que deliberadamente rehúsa evolucionar y construir finalmente, un porvenir diáfano para la población y para sí misma.

Aún estamos en los albores de una gran batalla por el poder en varias localidades de nuestro país y desde este momento, ya sabemos que esta nueva épica política necesita hallar un desenlace amable que le permita apelar a una profunda redención.

Los partidos deben reivindicar el sentido de convocar a elecciones demostrando ética e imparcialidad absolutas en la ejecución de sus campañas; fomentado la contienda justa y centralizando sus esfuerzos en devolverle al ciudadano el lugar que le pertenece como centro del proceso democrático y del deber político. No importan las ideologías disímiles que fundamentan las distintas instituciones políticas del país, el destino es uno solo: Servir a México.

Poder votar necesita ser, de una vez y para siempre, la posibilidad de alcanzar nuestros grandes objetivos como nación; nunca más una exhibición publicitaria de una democracia perecedera que caduca tan pronto concluye el conteo final de votos.

Son tiempos de oportunidad para darle la vuelta a la realidad de México. Es tiempo de demostrar quién tiene las agallas de representar el cambio por el que la gente clama.

El pueblo ya no confía

En los primeros meses del gobierno de Enrique Peña Nieto, la Oficina de la Presidencia diseñó lo que sería el toque de pueblo del presidente: mítines con centenares de personas donde se sintiera en su viejo hábitat mexiquense y en el terreno en el que más cómodo se encontraba.

Así se hizo. Pero no fue espontáneo. Fueron totalmente coreografiados, se depuraban las listas de asistentes, y se hacían acarreos fáciles para el grito pronto y las selfies pintadas de cariño. Cuando las cosas se le complicaron abiertamente en octubre del año pasado, cada vez que había razones para el decaimiento anímico, una gira al estado de México era la solución. Ahí sí lo quieren, dijo hace no mucho tiempo. Pero la realidad no es así. Los mexiquenses figuran entre los estados que más bajo aprueban su gestión presidencial y más alto porcentaje registra de indignados.

¿Cómo recuperar la fe del pueblo? Eso, con otras palabras, se preguntan algunos en Los Pinos desde hace meses. Habría que reformular la pregunta, para recordar que Peña Nieto ganó la Presidencia con seis de cada 10 electores en su contra. Obtuvo 38.15 por ciento de la votación, pero el candidato de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador logró 31.64 por ciento, y Josefina Vázquez Mota, pese la decepcionante campaña que realizó la panista, 25.40 por ciento.

La mayoría de los mexicanos no lo quería como presidente, y no hay que olvidarlo en el análisis. A casi dos años y medio de gobierno, su votación en 2012 es casi idéntica al nivel de aprobación actual de su gestión. Es decir, mantiene a los votantes pero nunca convenció a quienes optaron por otra opción. Peor aún, alienó aún más a ese grupo, que crecientemente lo desaprueba como mandatario.

Su problema, por tanto, es bastante más complejo de lo que piensan. La fe se puede recuperar mediante el advenimiento de un líder con perfil teológico –López Obrador, que todo lo ve en un universo de buenos y malos, es el único con esas características en el paisaje nacional-, o con uno que administre expectativas –algo que Peña Nieto no logró durante los primeros 18 meses de gobierno y sus reformas fundacionales, cuando sus positivos seguían a la baja y subían sus negativos-. Quienes recuerdan el esplendor de ese momento –agosto y septiembre 2014-, soslayan que la propaganda y la mercadotecnia escondieron la realidad del descontento, pero no la cambiaron.

¿Dónde quedó la CNDH?

El caso Alondra colocó por enésima vez el tema de la violación a los derechos humanos en México y evidenció la acción tardía con la que actúan los responsables de garantizar su respeto, en los tres niveles de gobierno.  Una vez más en el extranjero nos enmendaron la plana, mientras el presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, Luis Raúl González Pérez, departía con los senadores que lo invitaron a platicar. Por cierto, mañana acudirá a una reunión con  diputados. Nada trascendente a tratar, nos dicen, en ambos casos.

González Pérez heredó una estructura anquilosada y burocrática con la que operan en la CNDH, enfrenta el reto de reinsertarla en el proceso de procuración e impartición de justicia, para darle celeridad a la exigencia ciudadana de emitir recomendaciones en tiempo y forma.

Además tiene el desafío de recuperar el lugar del ombudsman en México y el extranjero, las frecuentes intromisiones de los organismos internacionales y de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos hacen circular en radio pasillo que el verdadero defensor es Emilio Álvarez Icaza.El presidente Enrique Peña convocó a mejorar la justicia cotidiana, dijo que se encuentra rezagada, olvidada y en muchos casos rebasada. Sin duda, los derechos humanos forman parte de este exhorto y llegó la hora de dar resultados. Menos café y más acción.

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