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Suena a “tres patines”

Opinión-colorEs una pena que en México, la Suprema Corte de Justicia de la Nación esté en boca de todos por las peores razones posibles. Por una parte, un grupo de jueces y magistrados le pide al Presidente de la República no politizar los nombramientos de nuevos ministros del supremo tribunal del país.

Ello, ha dado pie a una interesante iniciativa: “Sin cuotas ni cuates” que, en la época que vivimos, tomó la forma de una petición que circula prolijamente en las redes sociales y que, como en el caso de los jueces y magistrados, pide al presidente que, cuando integre las ternas para proponer nuevos ministros, esas ternas no sean para cumplirle promesas a sus cuates, ni sean el reflejo de cuotas a los partidos políticos o algún otro grupo de presión.

Pero las razones por las que la Suprema Corte anda en boca de todos no se acaban ahí. Por estos días, al ministro Arturo Zaldívar se le ocurrió la puntada de proponer que las “visitas domiciliarias” del Servicio de Administración Tributaria, el temido SAT, sean equiparables a los cateos y allanamientos que otras autoridades practican. Ello permitiría que el SAT entre cuando quiera a la casa o negocio de quien quiera y que las personas estuvieran indefensas ante esos cateos.

Si México fuera un país con autoridades confiables, no habría razón para preocuparse. Pero no es así. Basta ver lo que distintas organizaciones civiles, nacionales e internacionales, organismos multilaterales e incluso gobiernos de otros países dicen de la procuración y administración de justicia en México para palpar qué tan grave sería que la puntada del ministro Zaldívar se convirtiera en realidad.

Ahí están las demoledoras recomendaciones tanto del Grupo Internacional de Expertos Independientes sobre el caso Ayotzinapa, como las observaciones que más recientemente hizo la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, o los fallos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, además de los resultados de la última visita de observadores de la ONU en materia de tortura y ejecuciones extra-judiciales, como ejemplos aterradores de los excesos que, en nombre de la procuración y administración de justicia se cometen en México.

Prácticas como el sembrado de evidencia son comunes en los juicios por causas penales e incluso civiles en México, ¿quién garantizaría que esa práctica no ocurriera también en el ámbito del derecho fiscal? La tortura también es frecuente como medio para que la autoridad “resuelva” casos rápidamente, como ocurrió en el caso Ayotzinapa, ¿qué impedirá que la autoridad fiscal se resista a incurrir en prácticas de tortura para lograr sus objetivos?

Es claro que México tiene problemas muy serios de cumplimiento con las obligaciones fiscales, pero la inmensa mayoría de las personas con problemas fiscales los tienen por la manera en que el sistema fiscal mexicano abruma al pequeño contribuyente mientras que a grandes empresas les condona o difiere el pago de millones de pesos por promesas de “crear empleos”. Es necesario recordar, además, que la Corte ya había desechado esa posibilidad en 2003, ¿qué los hizo desandar el camino?

Y algo peor, dada la irresistible tentación de las autoridades civiles para insistir en el uso de las Fuerzas Armadas en operativos, ¿también participará el Ejército y la Marina en cateos fiscales? ¿Se darán cuenta los señores ministros de la Corte de lo que eso haría con las tasas cada vez menores de confianza en las fuerzas armadas? Quizás no, porque si uno revisa casi todos los estudios de opinión pública disponibles en México, los jueces y la Suprema Corte misma aparecen con niveles todavía más bajos de confianza, por algo será.

 Águila o Sol

De: Prof. Monjardín

El primer hombre en el continente

Se tambalea una de las certezas más cara de la historia y de la antropología: quizás, el continente americano no se pobló —nuestro primer hombre no llegó— por el estrecho de Bering.

Los últimos descubrimientos y las investigaciones recientes (en la última década) ponen un duda esta vieja idea formulada por primera vez en 1589 por un misionero jesuita: el padre José de Acosta.

Durante más de cuatro siglos, la larga caminata por Bering ha sido la hipótesis dominante que no hacía más que confirmarse hallazgo tras hallazgo, hasta canonizarse como verdad científica gracias al sagaz barón de Humboldt. Pero resulta que las nuevas piezas del rompecabezas arqueológico no encajan, y lo que es más, la contradicen, y multiplican el misterio.

Resulta que Lucía, el esqueleto más antiguo encontrado en tierras americanas, no está en el norte, sino bien al sur del continente: en un yacimiento brasileño cerca del Océano Atlántico llamado Lapa Vermelha.

Esta Lucía (no confundir con Lucy de Tanzania) tiene 13,500 años y no se parece en nada a los nativos asiáticos que se supone cruzaron el continente por primera vez. Su reconstrucción facial recuerda más bien a los aborígenes de Australia.

Pero eso no es todo. El más viejo poblado que se conoce en estas tierras —unidad habitacional para treinta personas— está al sur de Chile, en una ciénega llamada Monte Verde.

Pisadas humanas, piedras y maderas labradas, instrumentos de trabajo, pieles y restos de animales que datan de 14 mil 700 años atrás, pueden contemplarse el día de hoy, gracias a las excavaciones realizadas desde los años setenta por Tom Dillehay, arqueólogo de la Universidad de Kentucky.

¿Cómo es posible tal antigüedad, si creíamos saber que la caravana humana de Bering había andado su epopeya hace sólo 14 mil años? Pero no: los datos, las evidencias, las explicaciones modernas, necesitan ir mucho más atrás en el tiempo.

Según los lingüistas, sería imposible tener una variedad de idiomas o dialectos como los nativos de América si la presencia humana no se data por lo menos 20 mil años ha. Y los genetistas son todavía más quisquillosos: las coincidencias entre el DNA de siberianos y americanos implica un vínculo común de por lo menos 30 mil años hacia el pasado. O sea: los primeros americanos andaban tan perdidos como los primeros habitantes de Oceanía.

La cosa es tan compleja que la arqueología moderna permite hablar, ya no de una sino de varias migraciones hacia América: no solo la del puente de hielo formado en Bering, sino una expedición que navegó por el Atlántico norte, bordeando los glaciares de Groelandia y Terranova, hasta Meadowcroft, Canadá.

Otra que llegó de China o de Japón en pequeñas embarcaciones, siguiendo la costa Norte de Alaska. Y una más, de antiquísimos marineros que desde Australia, realizaron una travesía fantástica, sin tierra de referencia, por el Pacífico sur hasta Chile, tal vez hasta los pantanos de Monte Verde.

Para cada una de las cuatro hipótesis hay evidencias, restos, datos y dataciones. La explicación del arqueólogo Dillehay —resumida en un trabajo publicado por la revista Science el mes pasado— ha dado pie a una acalorada discusión científica de nuestro origen.

Para él, es muy posible que los americanos no seamos descendientes de una oleada de hambrientos cazadores que perseguían mamuts por tierra, sino de otros pueblos navegantes, pescadores y viajeros, armados tempranamente de un espíritu de misión, de aventura y de imaginación.

 Deterioro de las instituciones

Existe insatisfacción social sobre el desempeño y eficacia de las instituciones del Estado. Éstas, entre el azoro por los nuevos contextos en que deben actuar, una cultura administrativa saturada de prácticas anacrónicas y un Estado de Derecho frágil parecieran naufragar.

Es evidente, diversas instituciones sufren anquilosamiento, deterioro, desviación o corrupción en su quehacer sustantivo. La añoranza por el modo directo y supuestamente eficaz como se tomaban las decisiones gubernamentales en el pasado autoritario, las rutinas burocráticas centradas en el procedimiento administrativo, el crecimiento inercial y desordenado del gasto corriente en los presupuestos, la pérdida o incapacidad de adaptación de la misión de cada dependencia gubernamental, y la no generación de bienes públicos y atención esmerada de las demandas ciudadanas entre otras, son a mi juicio las causas de incapacidad para dar respuesta oportuna y cabal a las crecientes demandas de una ciudadanía cada vez más autónoma y exigente.

Por ejemplo, la socialmente urgente lucha contra la corrupción, en sus diversas facetas, no se combate de modo efectivo mediante una suerte de policía anticorrupción. Es un asunto transversal que requiere medidas profundas y de largo aliento que involucran a toda la sociedad. Lo mismo puede decirse de la indiferencia que muchos servidores públicos de todo nivel suelen mostrar hacia los derechos humanos. Poco se avanzará si no se induce un entorno social basado en la cultura de la legalidad, como sustento de una actitud realmente democrática, que guíe la acción cotidiana.

Urge una transformación

Frente al déficit institucional. Algunas voces apuestan por la “transformación desde fuera”, pidiendo la intervención de tal o cual organismo externo para producir resultados que suponen inmediatos. Me temo que ese enfoque tiende a debilitar, aún más, a las instituciones nacionales.

Me inclino a considerar que la respuesta estructural, eficaz y efectivamente democrática al debilitamiento de nuestras instituciones consiste en su transformación positiva, desde dentro de país. Impulsando la responsabilidad colectiva institucional y social para construir una conciencia común sobre los problemas nacionales.

Creo necesario un profundo cambio institucional que sustituya estructuras caducas y se reconfiguren conforme a la misión que cada institución tiene encomendada; que rearticule sus quehaceres en función de los bienes públicos que produce o debiera producir; que en su presupuesto disminuya racionalmente el gasto corriente para ampliar el gasto operativo y con ello las capacidades de acción institucional; que organice a su personal conforme a modelos de servicio de carrera.

Materializar lo anterior promoverá el cambio cultural necesario para hacerlos servidores públicos del Estado, profesionales, empáticos con su labor y el servicio que brindan y no proclives a actuaciones en favor de intereses de grupo; que se articule con la sociedad para el desarrollo de políticas públicas; que con transparencia se someta al escrutinio público permanente y lo entienda como un poderoso factor de mejoramiento. Es la mejor manera de combatir la corrupción, pero la todavía más grave impunidad.

La búsqueda frenética del interés personal o de grupo, por encima del interés colectivo, siempre han estado presenta en la historia humana, aunque parecen ser signos acentuados de nuestra época. Las instituciones importan, son las que permiten la convivencia social civilizada. En su actuación profesional, eficiente, apegada a derecho y proclive al cumplimiento de su misión, que no es otra que la satisfacción de las demandas sociales y el respeto a los derechos de las personas, reside la posibilidad cierta de superar la actual situación de desconfianza social.

Lo que beneficia a todos, es el fortalecimiento de nuestras instituciones. La crítica es un elemento esencial de su fortalecimiento.

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