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Sin embargo…

Opinión-colorÁguila o Sol

De: Prof. Monjardín

Políticamente la Revolución Mexicana ha muerto. Su agonía comenzó al concluir el periodo de Lázaro Cárdenas, momento estelar de un movimiento que dio extraordinarias figuras, conmovió a todo el continente americano y atrajo figuras del orbe entero, incluida la naciente Unión Soviética. Entra, pues, en un hospital, cuando en 1940 el sucesor de Cárdenas, Manuel Ávila Camacho, se declara católico públicamente, sin importarle las largas luchas entre liberales, conservadores y las fuerzas progresistas.

Lentamente la Revolución desaparece, sus hazañas quedan en las páginas de los libros, en los acartonados discursos de la clase gobernante y en bares ilustrados con fotos épicas de Casasola. Después del general Cárdenas, cada presidente de la República se inclina más a la derecha: cesan las políticas sociales, los logros políticos y económicos. En 1968, con exactitud, el 2 de octubre de 1968, la Revolución muere violentamente cuando fuerzas militares y policiacas, en una maniobra conjunta, asesinan de golpe a más de quinientos estudiantes. Me tocó estar en medio de aquella muchedumbre que corría desesperada de un lado a otro huyendo de las balas, viendo a mis compañeros morir. En esos momentos, México abiertamente se había colocado al lado de Estados Unidos y sólo mantenía relaciones con Cuba a causa de las tradiciones diplomáticas nacionales de no intervención y autodeterminación de los pueblos.

Sin embargo, la palabrería “revolucionaria” no acabaría sino hasta el periodo de Miguel de la Madrid, en 1984. Con él, escuchar hablar de revolución y mirar alrededor resultaba irónico y ofensivo para aquellos que por miles murieron en la gran gesta, mucho más para la memoria de intelectuales y artistas que, como David Alfaro Siqueiros y José Revueltas, sufrieron cárceles y persecuciones. Ya con Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo no existía ni siquiera el recuerdo de la Revolución. Con el PAN, concluyó una larga etapa política y económica del país.

México entra de lleno en el mundo del conservadurismo, en lo que los marxistas llamaron el reflujo; triunfa la globalización, el modelo neoliberal impulsado por Margaret Thatcher y Ronald Reagan se extiende sin importar si coincide o no con las historias patrias y los valores de tantas naciones pobres. Sin el mundo del socialismo real, derrumbado de forma estrepitosa, permite y estimula la era de las privatizaciones a ultranza, de la entrega de los recursos nacionales a empresarios extranjeros. En suma, las viejas políticas sociales y el papel del Estado rector se vienen abajo. De nueva cuenta padecemos una enferma relación entre un puñado de familias multimillonarias y millones de miserables, de mexicanos en condiciones de extrema pobreza. Contradicciones de toda índole provocadas por un capitalismo salvaje.

Sorprende que el PRI siga sintiéndose “revolucionario” o el PRD suponga, nostálgico por el cardenismo, algo semejante con su revolución democrática. Mucho más que los más inquietos jóvenes recurran a figuras simbólicas por décadas, que hoy nada o poco dicen. Tenemos “zapatistas” y “villistas”, parodias de parodias. Hay que buscar no una nueva terminología ni recurrir a figuras irrecuperables, sino pensar una propuesta ideológica lo más seria, responsable y meditada a la luz de la nueva realidad que nos rodea. No podemos seguir dependiendo de las ocurrencias de los partidos y los gobiernos. Tampoco es posible emular a lo que queda del socialismo real: quedó en fracaso completo. Las luchas siguen y muchas son graves y dramáticas.Ignoro si se trata de pensar en una nueva revolución, de lo que estoy seguro es que el actual edificio mexicano es por completo obsoleto. No es tolerable escuchar los llamados de líderes que piensan que su mensaje es divino o de partidos anquilosados como los existentes, que suponen tener alguna novedad o acaso, sí, su cinismo y desfachatez.

Decisión presidencial

El voto del Senado para designar al ministro de la Suprema Corte que llenará la silla dejada por Sergio Valls al morir en diciembre, era totalmente irrelevante en el caso de Eduardo Medina Mora. Si lo elegían o no, quedaría lastimado irreversiblemente porque el cuestionamiento sobre sus méritos para llegar al máximo tribunal mexicano, fue masivo, intenso y demoledor. No se puede hablar de una campaña en su contra, porque sugeriría una conspiración, por lo demás, inexistente. Se debe entender como un repudio generalizado por su pasado en órganos de inteligencia, seguridad y procuración de justicia, y por la forma como, por un decisión del presidente Enrique Peña Nieto, su nombre fue incorporado a una terna para la Corte acompañado de nominados de bajo perfil. La designación a modo, tuvo sus consecuencias.

Medina Mora pensaba en la Suprema Corte de Justicia para dentro de tres años, como epílogo de su vida pública, no ahora. Pero el presidente lo llamó y le dijo que lo iba a nominar. El embajador en Washington tenía, además de su proyecto profesional, una razón personal para no aceptar. En diciembre le detectaron un cáncer muy agresivo a su esposa y en febrero comenzó el tratamiento en una de las dos mejores instituciones en el mundo para atenderlo. La silla de Valls estaba fuera de su imaginario. Intentó decirle no al Presidente, pero lo ignoró. Peña Nieto tenía otras posibilidades, como Raúl Cervantes, que pidió licencia en el Senado para prepararse para la Corte, pero mantuvo su plan de presentarlo en diciembre próximo, cuando otros dos lugares quedarán vacantes.

El traje a la medida que preparaba el Presidente, no contaba con la mala imagen de Medina Mora en México por su paso por los gobiernos panistas. La ONG Change.org abrió a firma en internet una petición para que el Senado rechazara su nominación. La petición sumaba más de 51 mil firmas hasta poco antes de iniciarse la sesión en el Senado para la votación, y había movilizado a otras organizaciones civiles, intelectuales y periodistas en su contra. La Asociación Nacional de Magistrados de Circuito y Jueces del Poder Judicial, que integran más de 500 juzgadores, publicó un desplegado sin precedente donde pidieron al Senado que no votaran por un candidato con motivaciones políticas, sino por quien garantizara independencia.

¿Porqué Medina Mora?

La ausencia de apoyos institucionales –en los países donde hay procedimientos de ratificación similares, se defienden las nominaciones presidenciales-, fue tan extraordinaria como la falta de cuidado de Peña Nieto en escoger a un candidato que no había manera que pasaría sin ser cuestionado. En un texto publicado este martes en el portal ejecentral.com.mx, se detalla cómo la Auditoría Superior de la Federación elaboró cuatro revisiones a la Secretaría de Seguridad Pública y la PGR bajo el mando de Medina Mora, muy críticas de su gestión. En el CISEN, despidió a más de mil 700 personas, incluidos al menos 300 agentes que aportaban inteligencia, durante una época que se utilizó como arma contra varios agentes políticos, como Andrés Manuel López Obrador. En este mismo espacio se afirmó la semana pasada que el paso del embajador por esas dependencias, tuvo más desaciertos que éxitos. La prensa está llena de los tropiezos y desatinos de Medina Mora, retomados de los archivos públicos, que en Los Pinos debieron revisarlos antes de que lo nominara el Presidente.

¿Qué llevó al presidente Peña Nieto a nominar a Medina Mora? ¿Cuáles fueron los presupuestos para moverlo de Washington y meterlo en un debate que no estaba polarizado, sino totalmente volteado en contra de su nominado? ¿Calculó los riesgos de incorporarlo en la terna como el delfín presidencial para la Corte? La decisión del presidente es tan inexplicable como múltiples decisiones que ha tomado durante los seis últimos meses y que sólo le han provocado costos.Medina Mora está políticamente desgastado, desacreditado y deslegitimado. También debe estar resentido. El Presidentelo colocó en esta situación y lo abandonó en medio del campo de batalla.

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