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Miedo y culpa enfrentan personas con depresión

CIUDAD DE MÉXICO.- Al inicio de sus terapias, Alicia lo vio divertido, lo complicado empezó a la luz de los primeros diagnósticos y algunas pruebas psicológicas; había muchos datos buenos, pero la depresión borraba cualquier cosa. Apareció también la palabra psiquiatra y, con ella, la culpa, el qué dirán, el miedo.

Luz María Sosa sabe de esto. Una de sus hijas, Alicia, vive con ese padecimiento. La de en medio, la rebelde y desobediente, la de gran inteligencia, pero pocas ganas de salir adelante, a la que nada le gustaba. Al menos, ése era el diagnóstico familiar. Años tardaron en darse cuenta de que se trataba de un problema de salud.

Al principio, confiesa, le daba pena hablar sobre el tema. Recuerda que cuando era pequeña a su tía Ángeles la tildaban de loca y problemática, porque ocasionaba conflictos entre sus hermanos, gritaba, peleaba, se golpeaba, y cuando la situación crecía, hacía como que se desmayaba, con lo que distraía la atención.

Señala que al ver en su hija una conducta complicada, por decirlo de alguna manera, no podía evitar pensar en su tía, en lo que se decía de ella y en la impresión que le causaba todo eso.

“La verdad estaba llena de prejuicios, lo que viví en casa fue difícil y, en esos tiempos, no existía todo lo que ahora, no se hablaba abiertamente del psicólogo y psiquiatra, eso era para locos, y no es que esté hablando de muchos años -aclara-, pero sí que han cambiado las cosas desde mi infancia”.

Luz María relata que su hija era muy introvertida, buena estudiante, aunque cuestionaba mucho a los profesores y a sus compañeros, lo que propiciaba que visitara la dirección con cierta frecuencia, pero “no eran problemas mayores”, al menos eso pensaba.

La secundaria transcurrió con relativa tranquilidad, “aunque me daba cuenta que no se le daba tener amigos” y eso, de alguna manera, la frustraba.

La Prepa empezó bien, pero las cosas fueron cambiando con el tiempo. Las calificaciones bajaron por las ausencias a clase y se volvió difícil platicar con ella, obtener respuestas; después de algunos minutos de diálogo, si algo no le agradaba, empezaba a gritar, a veces lloraba con gran desconsuelo; otras, lanzaba acusaciones sin parar, relata.

La bulliciosa sala de espera de un edificio de consultorios es el marco de esta plática, en la que Luz María habla bajito para que nadie más escuche. Subraya que los problemas crecieron y “no me animaba a plantear la visita a un psicólogo, pese a que algunas amigas y familiares (los pocos que conocían alguna parte de la historia) lo habían sugerido”.

“No podía pensar que mi hija fuera como mi tía, eso era de locos, Ella no podía estar mal. Aunque algo me decía que debía hacer algo, alejarme de mis prejuicios, olvidar mi pasado, el mal aprendizaje y actuar. Entonces apareció July, prima de un compañero de trabajo, psicóloga de profesión, me dio confianza y le pedí ayuda”, expone.

Luz María acepta que el miedo lo tuvo mucho tiempo. De hecho, en varias ocasiones tuvo que dejar a su hija sola en casa y pensando en que podría hacer una “locura”, la llamaba varias veces para comprobar que sólo estaba “agüitada”.

A la distancia, Alicia ha confesado que pensar en suicidio no le resultaba ajeno, pero realmente nunca intentó materializar sus ideas.

La culpa también ha estado presente y “no se ha ido del todo”. A veces se pregunta qué hizo mal. La tristeza de su hija es la propia. Lo que no termina de entender es la rabia, porque hizo todo para que su vida fuera bella. Es cierto, gritó, regañó y a lo mejor en alguna ocasión el castigo no correspondió a la falta, pero qué mamá no hace eso y no comete errores, se cuestiona.

Luz se congratula que su hija ya está en tratamiento a base de medicamentos, acude al “gym” y se prepara para regresar a la escuela; y aunque hay días “que no ve claro”, tiene mucha fe en que todo va a pasar.

Mientras, lee y escucha todo lo que puede sobre la depresión. Sabe que no es un camino fácil, esta enfermedad incapacita no sólo al que la padece, sino a todos aquellos que están alrededor.

“Hemos pasado épocas difíciles, por ignorancia, prejuicios y hasta desidia. Qué complicado es entender de qué se trata y que nos puede pasar a todos. Es más, creo que le sucede a más gente de la que imaginamos”.

“Lo peor es quedarnos con nuestras viejas ideas, pero así estamos muchos. Es increíble ver cómo en pleno Siglo XXI todavía hay personas que te ven raro cuando les platicas que uno de tus hijos va al psiquiatra”, señala.

La depresión es un trastorno mental frecuente que se caracteriza por la presencia de tristeza, pérdida de interés o placer, sentimientos de culpa o falta de autoestima, alteración del sueño o apetito, sensación de cansancio y falta de concentración.

Puede llegar a hacerse crónica o recurrente y dificultar sensiblemente el desempeño en el trabajo o la escuela y la capacidad para afrontar la vida diaria. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), en su forma más grave, puede conducir al suicidio.

Si es leve, se puede tratar sin necesidad de medicamentos, pero cuando tiene carácter moderado o grave serán necesarias medicinas y psicoterapia profesional.

De acuerdo con el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) hay tres tipos de depresión: leve, moderada y grave. En el primero hay baja del estado de ánimo, fatiga, alteraciones del sueño y del apetito, de la atención o concentración. Pero no afecta las actividades de la vida diaria.

En el segundo tipo de depresión se manifiesta por la disminución del estado de ánimo en forma importante, asociada a llanto fácil, agotamiento, molestias físicas, alteraciones del sueño y del apetito.

Se presentan pensamientos como “no valgo nada”, “todo me sale mal”; se da aislamiento familiar o social; también se puede asociar con ansiedad y nerviosismo. Se diferencia de la leve porque afecta actividades de la vida diaria.

En el tercer tipo, hay una severa baja del estado de ánimo, llanto, tristeza, aislamiento, pérdida de sueño, apetito, desinterés en todas las tareas. Quienes la padecen piensan que no deben seguir viviendo porque afectan a los demás, que no son capaces de hacer nada. Por lo tanto, comienzan a planear cómo quitarse la vida y afectan sus actividades de la vida diaria.

A su vez, el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía “Manuel Velasco Suárez”, señala que este padecimiento actualmente es el cuarto problema de salud mental en el mundo, y en nuestra nación la padece 10 por ciento de la población.

La Clínica de Depresión y Ansiedad del Hospital Ángeles, menciona que en la mayoría de los casos la angustia y la depresión van de la mano; sin embargo, existen algunos síntomas que pueden alertar al paciente, como tristeza extrema, pérdida de interés en las actividades, cansancio sin motivo aparente, disminución de peso, falta de concentración.

También irritabilidad, indecisión, disminución del apetito sexual, sensación repentina y sin justificación de miedo. En algunos casos, refiere, se pueden presentar algunos síntomas físicos, como náuseas, estreñimiento y dolor de cabeza. Cuando éstos persisten por más de dos semanas, es recomendable acudir con el especialista.

A esos síntomas, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) añadió alejamiento de la familia y amigos, disminución del rendimiento en la escuela o trabajo.

Ahora, Luz María sabe que la depresión no es algo malo -su tía, por ejemplo, no estaba loca, sino enferma, y otra cosa hubiese sido si la hubieran llevado a un especialista-, se puede prevenir y tratar.

Comprender qué es, sin duda contribuirá a reducir la estigmatización asociada a la enfermedad y permitirá que un número mayor de personas pida ayuda.

Hablemos, pues, de la depresión, como propuso la Organización Mundial de la Salud a propósito del Día Mundial de la Salud 2017, en abril pasado.

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