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Reconciliación

Opinión-colorErick Zúñiga

Dejemos descansar por una semana a Monsieur Piketty y abordemos un tema que puede cambiar, en el mediano plazo, la faz del continente americano: la normalización de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos.

El anuncio, hecho simultáneamente por Barack Obama y Raúl Castro, es una señal de que los tiempos están cambiando y que, efectivamente, el siglo XX es cosa del pasado. Las dirigencias de ambas naciones dejan de lado una retórica que, a estas alturas, a ninguno le convenía.

Del lado cubano, la cosa es relativamente fácil de explicar. Los años creativos de la Revolución hace rato que pasaron, y el resultado natural del sistema económico implantado en la isla ha sido el de un estancamiento secular, en el que se han secado la iniciativa, la productividad y hasta las ganas mismas de trabajar. Ya ni siquiera tenemos aquellas improvisaciones absurdas —la zafra de los diez millones, la batalla de los cítricos— a los que nos tenía acostumbrada la vieja guardia.

Casualmente, las tres principales fuentes internacionales de subsidio de Cuba, Venezuela, Rusia e Irán, dependen fuertemente del peso del petróleo. Todo indica que los antiguos precios del energético, como las oscuras golondrinas, no volverán. En el caso venezolano, además, los errores en la conducción económica han causado desastres cuyos efectos todavía están por desplegarse a plenitud. Eso significa que Cuba está obligada a cambiar de modelo económico, porque ya no puede depredar a sus aliados sin perderlos (la ideología tiene sus límites objetivos).

El camino escogido por el grupo pragmático que encabeza Raúl es el modelo chino, que tiene la ventaja de que no implica un cambio radical de régimen político. Los comunistas cubanos pueden aspirar a una economía que se abre al mundo y compite con base en la baratura de su mano de obra, al mismo tiempo que se mantiene el control político autoritario (con una que otra purga al interior del Partido) y se desechan coqueteos con revoluciones ajenas. En todo caso, si acaso el Capitolio se decidiera a acabar con el bloqueo, se acabaría un pretexto para explicar las carencias de la población… pero se podrían vender más esperanzas.

Del lado estadunidense hay una chispa de realismo. La admisión de que hay una profunda incoherencia en tener lazos diplomáticos y económicos con las más variadas dictaduras y no tenerlos, tajantemente, con otra, nada más porque el pleito es más viejo.

También es realista admitir que el embargo fue inútil —cuando no, contraproducente—, porque significa entender que, más allá de la disputa ideológica propia del Siglo XX, no golpeó tanto a la economía de la isla como para tirar el régimen (al contrario, le dio excusas: si no hay papel de baño es por culpa del imperialismo) y sí afecta los intereses competitivos de las empresas estadunidenses en una economía cada vez más globalizada.

También hay un cálculo electoral. La mayoría de la población de Estados Unidos, incluidos muchos conservadores, está a favor de normalizar las relaciones con Cuba (y de poder viajar libremente a cualquier país, como lo dicta su cosmovisión). Obama ha sido un presidente que ha prometido mucho y entregado poco. Este gesto histórico puede ser visto como una de las pocas promesas cumplidas.

Se habla mucho de la oposición de la comunidad cubana en Florida. Eso es un mito, al menos si pensamos en unanimidad. La generación más amarga y activa con respecto a la isla, la del primer exilio, la que calificaba a Jimmy Carter de comunista, supera los 80 años y está más que diezmada. Los jóvenes de origen cubano —que no son exiliados, sino americanos de segunda o tercera generación— apoyan de manera aplastantemente mayoritaria el reinicio de relaciones y el fin del embargo.

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