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El fantasma de Katrina persigue a Donald Trump

POR JOAQUIM UTSET-. No me atrevería a decir en qué momento fue, pero estoy seguro de que al presidente Donald Trump se le apareció el lunes en la Casa Blanca el espectro de uno de sus antecesores.

Como en el Cuento de Navidad de Dickens, ese enviado del más allá le advirtió de que corría un grave peligro y debía cambiar de conducta si quería evitarse el penar por toda la eternidad, como le tocaba hacer a él.

“Donald, atiéndeme y escucha mis consejos”, le susurró al oído, con acento de cowboy texano, la misteriosa figura. “Mira el tuit que acaba de colgar Marc Anthony”.

Traspuesto en el despacho oval, el presidente se despertó sobresaltado y se frotó los ojos. ¿Podía ser que el mismísimo George W. Bush se le hubiera aparecido?

Vale, tal vez los hechos no ocurrieron exactamente así. Pero algo sucedió para que Trump despertara de su estupor y se diera cuenta de que estaba entrando en el salón de la fama de los políticos arrollados por los desastres naturales.

Un peligro del que aún no se ha librado porque todavía está por verse si estará a la altura del reto que supone socorrer a los 3,5 millones de puertorriqueños a los que el huracán María ha devuelto prácticamente al siglo XIX.

Sin luz, agua potable, comunicaciones o gasolina, con una reserva de suministros básicos menguante y los hospitales funcionando en modo emergencia, esta crisis tiene muy pocos precedentes. Es una catástrofe en toda regla; las imágenes que nos llegan hablan por sí solas.

Un enorme desastre del cual el presidente parecía no haberse enterado casi una semana después, enfrascado como estaba en su guerra particular con los jugadores de la NFL y la NBA por las protestas al himno.

Tras mandar un mensaje de ánimo al gobernador Ricardo Rosselló el mismo día que María tocó tierra el 20 de septiembre, Trump no volvió a mencionar a Puerto Rico en las redes hasta cinco días después, cuando su silencio se había convertido en un escándalo.

Mientras la isla descendía al caos, le dio tiempo para compartir 23 mensajes relacionados con sus críticas a los deportistas profesionales, de acuerdo a un conteo del Washington Post.

Ese mismo diario señaló que le había dedicado unos 70 tuits al paso de Harvey por Texas e Irma por la Florida. No en vano la actuación federal en estos dos casos ayudó a mejorar ligeramente el índice de aprobación del presidente.

En el caso de María no parece que vaya a darse la misma situación. Fuera el espectro de Bush o, con mayor probabilidad, las críticas –como el tuit de Marc Anthony en el que lo mandaba a callar sobre la NFL– el hecho es que el presidente se dio cuenta de la metida de pata.

Tanto, que en un principio rompió su silencio para recordar, primero, que lo había hecho bien en Texas y Florida, y segundo que el “grave problema” en Puerto Rico se debía a las dificultades que arrastraba la isla por su precaria situación financiera.

En otras palabras, quiso decir, “no me miren a mí, yo no tengo la culpa”.

El segundo intento de abordar el problema también fue algo singular por la inesperada lección de geografía que incluyó.

Al anunciar en un breve encuentro con la prensa el martes por la mañana su viaje a San Juan, agregó que la dificultad de ayudar a Puerto Rico se debía a que era una isla “en medio del océano” a la que no se podían enviar camiones.

“Y es un océano grande, un océano muy grande”, agregó el presidente, como si se estuviera refiriendo a la isla de Ascención perdida en medio del Atlántico y no a un territorio que queda a menos de tres horas de vuelo de Miami.

A riesgo de ser malpensado, ese tipo de expresiones denota un distanciamiento, por no decir un desconocimiento, de un territorio que forma parte hace más de un siglo de EEUU y cuyos habitantes han vertido sangre en todas las guerras desde entonces.

No en vano el New York Times citaba una encuesta en la que la mitad de los consultados ignoraban que los puertorriqueños son ciudadanos estadounidenses.

Datos como este ayudarían a explicar la falta de urgencia que se ha visto en relación a la magnitud de lo sucedido.

¿Alguien duda de que si la catástrofe hubiera sucedido en Iowa o Alabama el interés, no ya solo de la Casa Blanca, hubiera sido mayor?

Los mismos grandes medios, también embelesados por la jugosa polémica de la protesta al himno, al parecer no ha sido hasta ahora que se han dado cuenta de la gravedad de la situación.

“El huracán María tocó tierra en la isla el 20 de septiembre, pero no es hasta ahora que la magnitud de la devastación se nos ha hecho evidente”, admitió la web del Columbia Journalism Review.

Allí también se señalaba el dato recopilado por la entidad Media Matters de que los cinco grandes programas informativos de televisión del domingo habían dedicado menos de un minuto a Puerto Rico y las vecinas Islas Vírgenes de EEUU, también devastadas por María. Si es verdad que al presidente le gusta mantenerse informado a través de la pantalla chica, nada extraño que no estuviera al tanto del problema.

En todo caso, el mandatario nos aseguró a lo largo de martes que la respuesta federal ha sido “increíble” y “tremenda”. Como prueba aportó las palabras de agradecimiento que le he transmitido el gobernador Rosselló y la alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín.

Puede que sean sinceras, pero qué le van a decir ellos que están literalmente con el agua al cuello.

Menos entusiasta con la “gran labor” deben estar, por ejemplo, alcaldes como el del pequeño municipio de Comerío, en el centro de la isla.

En una entrevista al diario Primera Hora, Josian Santiago aseguró que la población sigue en el mismo estado de devastación que hace una semana: sin agua, sin electricidad, con 1.200 viviendas sin techo, un hospital sin diésel para el generador y con las carreteras cortadas por árboles y postes caídos.

“Todas las gasolineras están cerradas. Todas. Todo se está quedando en la zona metropolitana. Nadie de Obras Públicas ha venido a ayudar a abrir brecha”, se lamentó.

“El problema es que, entonces, por dónde me llegan los suministros si no hay vías. Los colmados de los barrios, ni los supermercados pueden funcionar”, agregó.

A siete días del paso de María, la única visita que había recibido era la de un equipo de FEMA que llegó en helicóptero para preguntarle qué necesitaba. Pues mucho, mucho más de lo que ha llegado hasta ahora y de la labor, sin duda generosa y profesional, de los 10.000 efectivos federales desplegados en la isla.

¿Cómo puede ser que el aeropuerto internacional de San Juan, en cuyas terminales malviven desde hace días cientos de personas, no haya reanudado por completo sus operaciones siete días después debido a los daños en su sistemas de radar que aún no se han reparado?

Ahí están las preguntas que conjuran los fantasmas de desastres pasados que rondan alrededor de la Casa Blanca.

También los invocan informaciones como la de que el departamento de Seguridad Nacional se negaba a suspender temporalmente la ley Jones, que restringe el acceso de mercantes de banderas extranjeras a puertos estadounidenses.

Su portavoz aludió a razones técnicas para denegar la solicitud de agilizar el tráfico marítimo permitiendo la llegada a la isla de buques de carga foráneos.

El caso es que, como señaló la agencia AP, esas restricciones se habían levantado en el caso de los huracanes Harvey e Irma para facilitar el transporte de combustible. Ya se sabe que con el petróleo no se juega…

 

Fotos/AP

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