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Prevención y trabajo conjunto

 

Opinión-colorPocas cosas son más tristes que las personas a las que les importa tanto tener la razón que se refocilan en las desgracias, si éstas contribuyen a consolidar su visión de las cosas.  Entre esas cosas más tristes, está el ver su reacción cuando las desgracias que anhelaban no ocurren.

Es el caso de cierta prensa mexicana y ciertos actores de las redes sociales que, en el afán de ser críticos hacia el gobierno, se obnubilan cuando a México le va bien, como fue el caso en la emergencia causada por el huracán Patricia. El mejor ejemplo de ello es la revista Proceso, que insistió —pasadas las aguas, por supuesto— que se trataba de “un huracán mediático de Peña Nieto”, dando a entender que se había exagerado la peligrosidad del fenómeno para que el gobierno federal se llevara las palmas por sus tareas de prevención.

La revista y otros críticos minimizaron el hecho de que la Organización Meteorológica Mundial calificara al huracán como el más fuerte registrado jamás en el Pacífico, que el Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos le asignara la máxima categoría en la escala Safir-Simpson, que ambas organizaciones midieran la descomunal fuerza de sus vientos o que los astronautas enviaran imágenes de un monstruo de tamaño nunca antes visto.

Era impensable para ellos que, a la hora de la verdad, el gabinete se pusiera a trabajar de manera coordinada, que se hubiera informado a la población con antelación de los peligros que corría, que las autoridades de todos los niveles hubieran cooperado y que la población de las zonas afectadas haya entendido la gravedad de la emergencia y se hubiera puesto a salvo.

Con Patricia resultó que, a diferencia de muchas otras ocasiones, el gobierno federal sí se puso las pilas. Adicionalmente, tuvo la suerte de que la velocidad de desplazamiento del huracán ayudara a su pronta degradación —tras un primer, fuerte, golpe, que ha dejado daños no catastróficos—. Se combinaron la buena fortuna, una correcta actitud del gobierno y la determinación de parte de casi todo mundo a realizar las evacuaciones cuando era necesario. Esta conjugación feliz evitó muchas muertes… y desencadenó la molestia de quienes esperaban medrar políticamente con la tragedia anunciada. Ya me imagino la cabeza de Proceso si las muertes se hubieran contado por cientos: “Peña… La Imprevisión”.

Afortunadamente, en las redes sociales fue una minoría la que se hizo eco de las visiones conspirativas y banalizadoras. Muchos usuarios —incluyendo a la gran mayoría de quienes se expresan cotidianamente en la oposición al gobierno y al Presidente— se dedicaron a informar e informarse sobre lo que estaba sucediendo, y aislaron a quienes insistían en escatimar el reconocimiento a quienes contribuyeron a minimizar los efectos del huracán.

Pero esa minoría no es exigua: apuesta a la polarización maniquea a como dé lugar. Nada que provenga del gobierno puede ser bueno. Y si no hubo daños de consideración, también es su culpa. Mi impresión es que quienes apostaron a la descalificación por sistema perdieron en esta ocasión. Perdieron credibilidad. Perdieron público. Perdieron fuerza política.

Pero también considero que esas actitudes facilonas y demagógicas perjudican, en lo general, a la crítica necesaria que deben recibir los gobiernos. Si nos vamos por la fácil, sin análisis ni argumentos; si nos la jugamos por sacar las cosas de contexto, no va a haber una crítica de fondo hacia lo que se está haciendo mal. Y esa crítica es necesaria.

Y a propósito, precisamente cuando el gobierno federal ha estado recibiendo toda suerte de comentarios positivos, de adentro y afuera del país, por su trabajo coordinado ante el huracán, una frase desafortunada lo echa todo a perder. Resulta que las tareas de protección civil en todos los niveles, la labor dedicada y valiente de las Fuerzas Armadas, la reacción rápida de las autoridades y de los medios de comunicación, el comportamiento cívico de la población en su autodefensa palidecen frente a las cadenas de oración en las redes sociales. Resulta que, más allá de las explicaciones de los científicos, la buena vibra nacional ayudó a degradar a Patricia.

Águila o Sol

De: Prof. Monjardín

Confundidos y confundiendo

Engañarse para distraerse, para dejar de conmoverse ante el dolor y la tragedia. Engañarse para confundirse, para abstraerse de la realidad y confiarse de la percepción. Engañarse políticamente para justificarse socialmente. Engañarse es resignarse, es dedicarse a suplir la decisión por la suposición, por la intriga que desgasta el fondo político y de paso arrastra el contenido ético que requiere la obligación pública.

Engañar es inducir una falsa apariencia, es reducir la expectativa de cambio con señales que calman momentáneamente una necesidad o un sentimiento, pero que con el paso del tiempo acaba por desgastar la credibilidad de quienes prefieren voltear la mirada cuando el conflicto invade la vida institucional. Cuando la política engaña, empeña sus principios mientras la impunidad se adueña de sus facultades, cuando la política engaña la dignidad pierde peso y lugar en la vida democrática.

Cuando la política engaña crece la desigualdad, y ésta limita el rango de opciones con que cuenta el ciudadano para participar eficientemente en la vida pública de su país. Si la política se engaña, entonces el poder no recae en el Estado para cumplir las funciones que la sociedad le ha delegado y la legitimidad de sus acciones se cuestiona alterando sus resultados.

Un Estado sin poder, hace que la democracia pierda su capacidad de transformar los derechos en realidades, hace que la representatividad sea un trámite electoral y no una responsabilidad permanente, consistente y consciente. Si la política quiere engañar, entonces, se privilegia más el escándalo que la sustancia, se festeja más la abundancia discursiva que la responsabilidad ineludible que implica la labor legislativa.

Por eso, el engaño político hace que los conflictos rebasen el marco institucional, hace que nos preocupemos más por las luchas internas partidistas que por tomar en cuenta lo que sucede con la sociedad. Acostumbrarse al engaño político por omisión o comisión es resignarse a construir una democracia sostenible, que logre consolidarse desde su origen, mediante su ejercicio y su finalidad, para que no solo viva de la ilusión, sino que parta de la inclusión política-social para restablecer ese diálogo ciudadano que ha sido suspendido por el exceso de monólogos políticos.

El engaño político fomenta una sociedad que cree poco en quienes la representan, incrementa la inseguridad no sólo hacia el exterior sino también hacia el interior de las instituciones. El engaño político hace que su ejercicio se refleje más en términos monetarios que en argumentos ideológicos y constructivos. El engaño político es olvido ético, es inhibir voluntades y dividir las razones para convertirlas en indefiniciones e indecisiones. El engaño se despoja de la verdad, se desentiende de la realidad para preferir la distracción mucho antes que la rendición de cuentas. Nuestro país debe de reconocer su realidad, comprender que la violencia ya no es la excepción, que se ha convertido en regla, que se han invertido los patrones de justicia, que los indicadores muestran retrocesos y no mejorías, que los reflectores mediáticos no iluminan los espacios de desigualdad y pobreza.

Por eso, para defender el Estado de derecho primero se debe reconocer que la falta de Estado es la que explica el porqué poseemos tal tasa de homicidios, y porqué hay amplias zonas de nuestros territorios que están fuera del alcance de la ley, territorios que son espejo de una democracia pobre dentro de un Estado pobre, limitado y dependiente. El engaño político es el origen de la ruptura entre gobierno y sociedad, es destino para el olvido, es camino firme para quienes subsisten gracias a la ausencia de autoridad, es abstenerse, desistirse, resignarse a reconocer una política que carece de memoria y que al mismo tiempo seduce a la realidad a través de simples mentiras…

 Alerta y previsión

Previsto como el huracán más peligroso de la historia, Patricia de categoría 5 en la escala Saffir-Simpson con vientos de más de 300 km por hora, golpeó el occidente del país el viernes por la tarde. En la víspera se esperaba un escenario catastrófico, particularmente, en los estados de Colima, Jalisco, Nayarit, Michoacán y la parte alta de Guerrero. Afortunadamente, en escasas horas el ciclón se deprimió y pasó a tormenta tropical. Patricia sólo dejó una estela de devastación material sin que se hubieran registrado pérdidas humanas. Ciertamente, aún sigue activada la alerta porque las lluvias podrían generar deslaves, inundaciones y más afectaciones a la infraestructura, pero todo indica que lo peor ya pasó. Al parecer los esquemas de prevención, protección civil y coordinación interinstitucional funcionaron, pero sobre todo, la colaboración de la población, gracias a ello, se pudo evitar que los negativos vaticinios tuvieran lugar.

México es un país que ha sido azotado por la naturaleza recurrentemente. Dentro de las tragedias que más dolor han sembrado, se encuentran, por supuesto, el terremoto de 1985 en la ciudad de México, desgracia que cambió para siempre el rol de la sociedad ante las contingencias y sobre todo, precipitó las medidas y protocolos de protección civil. Empero, es oportuno recordar que en fechas relativamente recientes otros huracanes han tenido efectos devastadores. En octubre de 2005 Stan dejó alrededor de 2 mil muertos y desaparecidos. Paulina, en octubre de 1997, causó la muerte de más de 400 personas, según cifras de la Cruz Roja, y más de 150 mil damnificados. Gilberto, en septiembre de 1988, azotó Cancún y ocasionó la pérdida de 327 personas. En realidad, se pueden citar muchos otros desastres naturales y la consecuente estadística negra que a su paso dejaron.

Se hicieron bien las cosas

En contraste con lo anterior, sencillamente hay que reconocer que algo se hizo bien para atender la emergencia que generó Patricia. Todo indica que con la debida oportunidad se alertó a pobladores y turistas. ¿Qué pasó entonces con el terror causado por el denominado huracán más peligroso de la historia? Las explicaciones son varias, desde las científicas, que sugieren una disipación gracias a la barrera orográfica natural de la Sierra Madre; hasta las opiniones más suspicaces, mismas que apuntan hacia una eventual deliberada exageración gubernamental para salir con la frente en alto y con ello obtener dividendos políticos. Precisamente esta última “hipótesis” ha encontrado amplio eco en las redes sociales desde el fin de semana, lo cual es muestra del descrédito que pesa sobre el gobierno federal, haga bien o no su trabajo.

Pensar que la comunidad científica internacional se prestó para sobredimensionar la fuerza de Patricia parece un despropósito. El New York Times, que no ha sido precisamente un medio que aplaude al gobierno de Peña Nieto, destacó:

“… gracias a una planificación capaz y a haber aprendido la lección de desastres pasados, México logró evitar fatalidades y daños a su infraestructura…’’. No obstante lo anterior, amplios sectores de la población seguirán apriorísticamente cuestionando toda aquello que tenga que ver con el accionar gubernamental.

Por lo que a Patricia respecta, es plausible que no se estén lamentando numerosas muertes. Por lo que toca al gobierno federal, con razón o sin ella, desde hace un año, es lugar común escuchar que se encuentra inmerso en el ojo del huracán. En suma, es innegable que la credibilidad y confianza hacia el gobierno del presidente Peña Nieto no atraviesa su mejor momento. Por algo será. Revertir esa circunstancia no va a ser fácil y no bastará con fotografías del gabinete en pleno reunido a la medianoche para atender la emergencia.

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