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Por la paz y la reconciliación

 

Opinión-colorErick  Zúñiga

Estamos sedientos de paz y reconciliación. Como nunca en nuestra historia reciente, la muerte nos acecha a todos. Nadie escapa hoy a la posibilidad de ser abatido por las balas asesinas, ya de un grupo delincuencial, ya de un criminal común que busca no sólo despojarnos de las pertenencias que portamos, sino saciarse en un mal instinto sangriento y sádico.

Las fosas clandestinas descubiertas y abiertas en el estado de Guerrero son el reflejo de un proceso de descomposición de proporciones inéditas en nuestro país. Ahí lo macabro tiene una expresión aterradora, pues nos arroja directamente al rostro la sonrisa más siniestra que puede dirigirnos la muerte.

No son los huesos ni los cráneos exhumados lo que más temor nos generan, sino el imaginarnos el miedo, el sudor frío, el cúmulo de angustia de quienes fueron dirigidos, a pie, hacia el final más atroz.

Lo de Ayotzinapa debe constituir un punto final en la tétrica escena de la violencia nacional. Porque el sinsentido de las fosas malditas debe conducirnos a la pregunta fundamentalísima: ¿qué significa morir cuando nuestra muerte es producto de la práctica desquiciada del mal?

En las fosas de Guerrero, en las que se han descubierto en Tamaulipas, Durango, Michoacán y otras entidades, y en las que al parecer todavía faltan por ser encontradas en todo el territorio nacional, lo que estamos descubriendo es, como habría sostenido el filósofo Lévinas, que el mal ahí perpetrado es simultáneamente el mal de todos los tiempos.

Dice Lévinas: “La violencia no osa ya decir su nombre… siempre se muere solo y en todas partes las infelicidades son desesperadas. Y entre lo solos y los desesperados, las víctimas de la justicia son en todo lugar y siempre las más desoladas y las más solas”.

Nuestra cultura –en el sentido más amplio del término– está fragmentada y partida por la mitad. Por ello debemos asumir que la celebración del Día de los Muertos viene cargada de una pesada losa en la que nuestros difuntos, miles de ellos, no tienen una morada en la cuál descansar en paz.

Si hay una cultura que rinde culto a la muerte y ha asumido milenariamente el carácter sacramental de sus muertos es la nuestra. Por ello cobra sentido lo que don Miguel de Unamuno nos decía hace más de medio siglo: “… cabe en rigor decir que lo que más al hombre destaca de los demás animales es lo que guarde, de una manera u otra, sus muertos sin entregarlos al descuido de su madre la tierra todoparidora; es un animal guardamuertos”.

A lo anterior agrega: “Antes se empleó piedra para las sepulturas, que no para las habitaciones. Han vencido a los siglos por su fortaleza las casas de los muertos, no las de los vivos; no las moradas de paso, sino las de queda”.

Y eso es lo que les ha sido negado a todas aquellas y aquellos que, luego de ser salvajemente asesinados, son arrojados sin más al descuido de la tierra, que termina por quitarles no sólo la dignidad del cuerpo, sino que les hunde en la más profunda oscuridad del ser olvidados en sus nombres.

Frente a esta situación salvaje, se ha desatado la furia de la gente: quema de palacios de gobierno y saqueos amenazan con marcar el otro rostro de nuestros días.

Y eso es lo que urge mantener intacto: el rostro que portamos y que nos sitúa de frente a los otros y mediante el cual nos revelamos y se nos revelan los demás, como sinónimo de responsabilidad absoluta. Esto podría cimentar una nueva paz, pero para conseguirla debemos aprender a estar hambrientos de ella.

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