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Partamos de lo sustantivo

Opinión-colorSi algo hay que agradecerle a José Woldenberg es la claridad con la que expone sus puntos de vista. Podemos o no estar de acuerdo con el diagnóstico que hace de la transición democrática, pero sin duda sabemos lo que dice y lo que piensa. La conversación que sostuvo en Crónica, en la que explica las tesis principales de su nuevo libro, no es la excepción.

Retomaré dos de las cuestiones más importantes comentadas por Woldenberg, dejando de lado el debate sobre el carácter inacabado o no de nuestra transición democrática y subrayando el hecho de que los problemas torales de nuestra democracia no están en el mundo de lo electoral.

La primera es el déficit social y económico de la democracia mexicana. La segunda, el déficit de ciudadanía, que se refleja en una incomprensión profunda de los cambios llevados a cabo hasta la fecha.

Es cierto que entre las expectativas sociales que se generaron en torno a la democracia había algunas desmedidas. Pedirle a la democracia cosas que ésta no da, de por sí. Pero también es un hecho que, de manera análoga a como los años de crecimiento generaron un consenso pasivo respecto al autoritarismo de entonces, los años de estancamiento están generando un desencanto –pasivo, por ahora– respecto a la democracia de hoy.

Efectivamente, el discurso común a los jóvenes, en las generaciones de antes, era que los regímenes emanados de la Revolución habían conseguido paz y crecimiento, que había movilidad social y que el progreso era inevitable. Ahora uno tiene que andar insistiendo en que en el país en que vivíamos sí había crecimiento y empleo, pero que no había las libertades que hoy gozamos; que se predicaba el unanimismo forzoso y que hoy existen contrapesos ante el poder político que en aquel entonces eran inimaginables. Pero uno sabe que su propio discurso no puede ser recibido con claridad cuando las expectativas de las nuevas generaciones se ven nubladas por la situación económica, de casi nulo crecimiento y social, de creación de compartimentos estancos, que dificulta la movilidad social y perpetúa la desigualdad y la pobreza.

¿Qué significa esto? Que para defender a la democracia mexicana hay que trabajar por mejorar la economía mexicana: hacerla más dinámica y más redistributiva. Si las fuerzas democráticas del país, claramente mayoritarias, no se esfuerzan en ello, será el turno para las que tienden al autoritarismo, sea institucionalizado o caudillista, que tendrán en el malestar social un buen caldo de cultivo para su demagogia.

El otro tema es igual de grave: el déficit de ciudadanía. Ha habido actores políticos que han insistido en que México sólo es democrático cuando ellos ganan. Subsiste una cultura que rechaza la política aun en su sentido más noble: cuando es capaz de poner de acuerdo, en un punto intermedio, a quienes piensan diferente. Existe la tendencia en los medios a cebarse en los escándalos, en las fallas más clamorosas del sistema, pero no para acabar con los primeros y mejorar el segundo, sino para sacar raja política o comercial de ello. Se mantiene la idea popular de que una ley es buena si se aplica en los bueyes de mi compadre, pero no en mí ni los míos. También persiste el concepto, heredado de los tiempos predemocráticos, de que el Presidente es todopoderoso.

Este humus cultural reacio a la democracia también tiene que ser considerado como problema. Y es válido identificar a quienes son sus mayores portavoces, porque suelen ser personajes o grupos de interés verdaderamente interesados en que la población no se apropie de la transición democrática. Que no la haga suya para que ellos puedan presentarse como los salvadores (del pueblo bueno, de la gobernabilidad, del orden público, etcétera).

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