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Para servir a México

Opinión-colorSi en lugar de hacer todo lo que hacemos, bueno o malo, para ocupar un lugar en el mundo, lo hiciéramos para ocupar el nuestro, la situación de la humanidad cambiaría radicalmente para bien. Casi todos los lugares en el mundo ya están ocupados, por eso tenemos que competir para obtenerlos. El único libre, el nuestro, es el que despreciamos. Pero, ojo, sólo desde el nuestro podemos acceder a los demás sin obstáculos, sin desplazar a nadie ni ser desplazado.

Quiero lo que tiene el otro, que generalmente significa: quiero dejar de ser yo, es el síndrome de más alta incidencia en todo el orbe. Casi todos los habitantes de la tierra lo presentamos. La enfermedad que le da origen se llama falta de autoaceptación. O en otras palabras: falta de humildad.

La humildad es un proceso, no un suceso. Desde que nacemos se nos exige desempeñar un rol que nos aleja de nosotros mismos. Podemos cumplirlo hasta morir o podemos darnos cuenta, años después, de que no nos está funcionando. En tal caso tenemos la alternativa de emprender el camino de la autoaceptación.

La verdad sobre nosotros mismos, nuestra verdad, sobre nuestras cualidades  y defectos, habilidades y limitaciones, posesiones y carencias; la admisión consciente de las mismas y una posterior aprobación, nos llevan a la autoaceptación, como pleno acogimiento de nuestra realidad.

Cuando esto pasa, dejamos de sentirnos menos o más que los otros, y por eso dejamos de desear lo que tienen los otros o, lo que es peor, que los otros nunca tengan más que nosotros. Abandonamos, pues, la soberbia y el perfeccionismo neurótico que devalúa todos los logros. Comprendemos que somos únicos y, paradójicamente, iguales a los demás. Adquirimos humildad y dejamos de presumirla. Porque no hay nada menos humilde que presumir humildad.

Entonces, cesamos de pensar constantemente en nosotros mismos, porque ya sabemos quiénes somos. Nos volvemos grandes, tanto en el sentido del crecimiento, como de nuestra importancia ante nosotros mismos, sin tener que irla voceando, porque quien quiere convencer a los demás de ella es que no se la cree.

Debido a que con la humildad obtenemos la tan buscada aceptación de quien realmente interesa que nos la dé, nosotros mismos, adquirimos la capacidad de aceptar a los demás, escucharlos, ayudarlos, ser empáticos y gentiles.

Si cada uno de nosotros fuera así, el mundo sería otro cantar. Como ser humilde implica dejar hacer y dejar ser, orientando desde nuestra verdad sin tratar de imponerla, los seres humanos seríamos mucho más auténticos y centrados de lo que ahora somos, desde edades mucho más tempranas.

Traducido en salud integral, la humildad elimina los pensamientos distorsionados y las consecuentes emociones negativas, como envidia, odio, miedo, ansiedad; por tanto, acaba con el descontento, la insatisfacción  y la infelicidad. Las mentes sanas son felices y las mentes felices hacen cuerpos sanos.

Las personas felices disfrutan las cosas sencillas de la vida, con mayor razón las que no lo son, ven por otros, sirven con alegría, estimulan a los demás y cambian su entorno de manera positiva. Las relaciones buenas y saludables se convierten en oportunidades recíprocas.

Dígame usted cómo esto no podría cambiar la realidad del mundo entero. Si la gratitud es el terreno en el que podemos sembrar todas las virtudes y todos los valores, la humildad es la semilla de la cual las obtendremos.

Águila o Sol

De: Prof. Monjardín

Contra la discriminación

Este principio de semana se conmemoró el Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial, proclamado por las Naciones Unidas en 1966 en recuerdo de la “Matanza de Sharpeville”, ocurrida seis años antes, cuando la policía abrió fuego contra una manifestación pacífica que protestaba por el régimen de segregación racial en Sudáfrica, dejando un saldo de 69 personas muertas, incluyendo mujeres y niños, y 180 heridos.

La separación legal entre blancos y negros formaba parte del tejido social en ese sistema político. El gobierno sostenía con firmeza que “no permitiría la igualdad entre la gente de color y los habitantes blancos, ni en la Iglesia ni en el Estado”. La restricción legal de los derechos de la población negra, conocida como “apartheid”, representó durante años un complejo sistema de segregación racial.

La Conferencia Mundial sobre el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia que se celebró en Durban, Sudáfrica en 2001, elaboró el programa más integral de que se dispone para combatir estos flagelos, sin embargo, desde entonces poco se ha avanzado en el combate al racismo.

En lugar de disminuir, está aumentando y estableciéndose como uno de los fenómenos más persistentes de nuestra vida cotidiana. Radicada en la política y la vida social, la discriminación racial adopta continuamente nuevas modalidades, cambia de rostro y se hace más sofisticada de acuerdo con las circunstancias.

El politólogo y filósofo Pierre André Taguieff, sostiene que el racismo implica una inferioridad atribuida que establece una clasificación jerarquizante entre los grupos humanos. Esto, a pesar del formidable desarrollo económico y científico que hemos alcanzado, del éxito creciente de los sistemas democráticos y del progreso de la circulación de las ideas y la información.

Para promover el bien, debemos saber pensar en el mal. Observamos la discriminación racial en los discursos de odio de Donald Trump, en la barbarie totalitaria y los genocidios que ocurren en el Medio Oriente, en el avance de los fundamentalismos políticos como el Estado Islámico, así como en las manifestaciones extremas de la exclusión social representadas por las migraciones masivas hacia los países ricos.

El racismo es un conjunto de teorías y comportamientos fundados en la suposición de que las manifestaciones culturales y las acciones de las personas dependen de su origen étnico, y que existe una raza superior a la que le corresponde la función de dominio sobre otras razas inferiores.

Prejuicios colectivos, estereotipos y discursos racistas también afectan a México, en donde distintas investigaciones públicas y privadas documentan que más del 50 por ciento de las personas consideran la discriminación y el racismo factores de su vida cotidiana.

La discriminación racial forma parte de la crisis de las sociedades homogéneas. Asistimos a una explosión de la diversidad identitaria de grupos y movimientos sociales, estimulando fenómenos de producción y reproducción de las diferencias que generan conflictos.

Alrededor del planeta el conservadurismo adopta las posiciones del nuevo racismo, por lo que al crecimiento de las intolerancias debemos contraponer la expansión de los derechos ciudadanos y el reconocimiento de la diferencia cultural y política, como esencia del orden democrático.

La gravedad de la desigualdad

A finales del siglo XX ya era una preocupación la desigualdad social, se decía que 85 familias en el mundo poseían la misma riqueza que juntos los 3,500 millones de todos los habitantes de la tierra. Se hablaba de que era imperioso establecer una disciplina económica que garantizara la paz social, se pensaba que esa desigualdad podría generar rebeliones y levantamientos de los desposeídos.

Esos temidos “levantamientos” se han dado como expresiones que pudieran parecer por otras causas, pero en el fondo tienen el sustrato de la desigualdad, como los que actualmente abandonan sus países y buscan emigrar hacia otros más desarrollados,

En nuestro país esa desigualdad tiene altos niveles; cuatro personas posen el 9% del PIB. El 1% controla el 21% de la riqueza; podrían contratar, sólo con sus intereses, a tres millones de mexicanos y ellos seguirían teniendo el mismo capital. Los mexicanos desposeídos no han dado respuestas de levantamientos, que tal vez serían efectivas para lograr la concientización sobre la desigualdad; sus respuestas se manifiestan de múltiples maneras; la más notoria ha sido la adhesión de los jóvenes al narcotráfico por no encontrar otra salida para satisfacer sus necesidades; muchos han visto en esta destructiva actividad, una forma “fácil” de obtener lo que no logran por falta de oportunidades, los deslumbra la obtención rápida de recursos que no ven de otra manera. La violencia con sus múltiples expresiones es otra respuesta ante la desigualdad de oportunidades, los secuestros y los robos en sus distintas modalidades son otras de las falsas salidas para satisfacer carencias.

Es urgente mejor

La desigualdad es natural, pero debe haber acciones de equilibrio. Anteriormente la ayuda mutua era abundante y ahora ha disminuido considerablemente. Quienes pierden el empleo pierden la seguridad social. Los programas sociales que transfieren recursos no resuelven el problema, los comedores, las tarjetas, los regalos, sólo la atenúan temporalmente. El Seguro Popular no abarca a todos. El Seguro Social dice ampliar a los asegurados, incluyó a los estudiantes, pero no aumentaron clínicas ni médicos y si hoy las esperas y filas son tan largas, ¿Cómo atenderán a más?

Las soluciones tienen que ser a fondo, en primer lugar, crear empleos que generen ingresos. Desempeñar un trabajo que permita una manera honesta de vivir y produzca satisfacción personal, es la manera natural para el desarrollo de las personas y de la sociedad. Otra solución la dan los impuestos, los cuales tienen que ser justos; mayores a la parta superior de la pirámide, al capital, y no en mayor medida al consumo, aun cuando sea el más fácil de recaudar, porque con él se afecta también a quienes menos tienen.

La falta de movilidad social es otra de las causas de la desigualdad y esto se debe principalmente a la falta de una educación de calidad. La educación no ha sido una preocupación principal en grandes períodos de nuestra historia y esto ha privado de recibir una capacitación adecuada a las nuevas generaciones. Todavía tenemos un considerable porcentaje de analfabetas; la educación media no está al alcance de todos y menos aún la educación superior y además, quienes logran acceder a esos niveles, no todos tienen la calidad que ahora se requiere. Es urgente mejorar nuestra calidad educativa y ampliar su cobertura.

Para que los recursos puedan ser usados para esos fines hay que replantear su distribución. Se podrían recortar algunos gastos, por ejemplo, en el Poder Legislativo (reducir número de diputados); los de la política y los partidos, etc. y sobre todo, eliminar la corrupción por la que se fugan considerables recursos. México no puede seguir por el mismo camino. Hay formas de borrar nuestra desigualdad, se requiere voluntad política.

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