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Para pensar

Opinión-colorErick Zúñiga

De acuerdo con diversos análisis del Instituto Nacional de Salud Pública, nuestro país pierde anualmente, entre costos directos e indirectos, entre 80 mil y 100 mil millones de pesos en la atención de enfermedades y problemas epidemiológicos generados por el consumo de bebidas edulcoradas, comúnmente conocidos como “refrescos”.

La industria que los elabora y vende podrá decir lo que quiera, pero sus productos son altamente obesigénicos; es decir, su consumo constituye un elevado factor de riesgo de padecer sobrepeso y obesidad, y por supuesto, enfermedades asociadas, las cuales constituyen a su vez las principales causas de muerte en el país.

La evidencia científica muestra que las niñas y los niños que consumen de manera cotidiana refrescos tienen 2.4 veces mayores probabilidades de enfrentar sobrepeso y obesidad, y aquellos que ya tienen este problema en la niñez, desarrollan una tendencia a la obesidad a lo largo del ciclo de la vida.

La diabetes y su atención nos cuestan, ya se dijo, miles de millones de pesos al año; sin embargo, nos cuestan más en términos de pérdidas de vidas humanas, pues en 2013, de acuerdo con las estadísticas de mortalidad del INEGI, hubo más de 83 mil defunciones a causa de esa enfermedad, a los que habría que adicionar alrededor de 75 mil defunciones por enfermedades hipertensivas y del corazón, asociadas a la obesidad.

Como puede verse, prácticamente una de cada cuatro defunciones en el país son causadas por enfermedades asociadas a factores estrictamente prevenibles y evitables, pues dependen directamente de los hábitos de consumo y a la prácticamente inexistente cultura física que tenemos en el país.

De acuerdo con las Encuestas Nacionales de Gasto (INEGI, 2013) y de Ingreso y Gasto en los Hogares (INEGI, 2014), en nuestro país se gasta en la compra de refrescos y bebidas alcohólicas (otro de los factores asociados a la obesidad y la diabetes) hasta 30% más dinero que en leche y 75% más que en huevo de gallina u otros productos de mayor calidad nutricia.

De ahí que desde distintos institutos y asociaciones médicas, organizaciones de la sociedad civil y del propio Congreso de la Unión, se impulsó imponer cargas impositivas a las bebidas edulcoradas y otros productos “chatarra”, ante la evidencia adicional de que el comportamiento del consumo de estos productos es “elástico”, es decir, que a mayor costo de los mismos, su consumo tiende a disminuir.

De acuerdo con Juan Rivera, Subdirector General Adjunto del Instituto Nacional de Salud Pública, la evidencia muestra que el impacto que ha tenido este impuesto enlos niveles de consumo de refrescos ha sido positivo, pues se ha generado una reducción importante (de alrededor del 12%) en los últimos años.

A pesar de ello, la convocatoria que hacen los especialistas es regresar a lo que podría considerarse como la “dieta tradicional mexicana”. Es decir, una dieta basada en altos contenidos de hierro, minerales, vitaminas y aminoácidos esenciales, que históricamente nos había mantenido sin problemas de obesidad hasta la década de 1970, en la cual comenzó a generarse una acelerada tendencia en el consumo de bebidas edulcoradas y alimentos de alto contenido calórico.

Debemos regresar al consumo de agua; a la ingesta de alimentos como el huevo, los frijoles, las tortillas, las papas, el jitomate, el aguacate y la inmensa variedad de alimentos de que disponemos, porque además, nuestra cocina es de las más exquisitas del planeta.

Al no hacerlo estamos perdiendo patrimonio cultural, y, sobre todo, estamos hipotecando nuestro futuro en aras de las ganancias de los dueños de las refresqueras.

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