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Panorama poselectoral

Opinión-colorErick Zúñiga

El panorama que dejaron las elecciones del pasado 7 de junio es de enorme complejidad. Tanto así que los expertos en numerología política siguen haciendo toda clase de elucubraciones y combinaciones sobre los resultados arrojados por las urnas. Pero una cosa es cierta: el votante mexicano ha comprendido que la concentración del poder lleva al abuso. Lo mejor para la democracia liberal es establecer un sistema de pesos y contrapesos. El voto sirvió para tal propósito.

Por ejemplo, en la Cámara de diputados ningún partido político, por sí solo, alcanzó las 251 curules necesarias para legislar en solitario. Luego entonces, habrá que hacer alianzas. En las entidades federativas y municipios pasó algo similar. ¿Cómo vamos a garantizar la gobernanza en medio de esta complejidad política? La respuesta ya no puede ser, como antaño, “de eso se encarga el Presidente”. La gobernabilidad democrática, por el contrario, implica corresponsabilidad de los actores políticos. Para entender esta nueva realidad, es preciso tomar en consideración los cuatro rubros en los que se divide el estudio de la gobernanza:

1.—Gobernar significa conducir. De acuerdo con el pensamiento autoritario, en los estados hay una sola persona (el monarca) capaz de guiar los destinos de la comunidad política. De allí la metáfora del timonel (Platón) como aquél que tiene la destreza suficiente para manejar la nave. En contraste, la teoría democrática cambió esta manera de ver la política: sentenció que los dueños del barco somos todos los ciudadanos y que, por tanto, nosotros somos los que decidimos el rumbo.

2.—Gobernanza como capacidad de formar mayorías estables. En la época de oro del Régimen de la Revolución, y como el partido gobernante tenía la mayoría absoluta en los órganos de representación ciudadana, lo que decía el Presidente era lo que se hacía a pie juntillas. Pero ahora, como los congresos ya no están dominados por alguna fuerza en específico, la única forma de sacar adelante las leyes es ponerse de acuerdo con otras corrientes.

Convengamos en que el número mágico de la democracia es cincuenta por ciento más uno. En nuestro caso, el PRI sumó los votos del Verde Ecologista y de Nueva Alianza para alcanzar ese porcentaje. Pero tal cosa no proporciona, en automático, el mando, sino sencillamente la capacidad de negociación con otras fuerzas políticas, fuera de su coalición, para construir acuerdos más amplios.

3.—Gobernanza como garantía del orden público. Las elecciones del 7 de junio estuvieron bajo asedio. El narcotráfico asesinó a cerca de 26 candidatos. Por su parte la CNTE y la CETEG boicotearon los comicios al grado que, afirmaron, los impedirían a como diera lugar. Con todo y esos amagues, se lograron instalar el 99.8 por ciento de las casillas electorales. Funcionaron, por un lado, los operativos montados por las autoridades federales y estatales y, por otro, la organización del INE y los Organismos Públicos Locales Electorales. ¿Pero qué hay por delante? Ciertamente, la determinación de los ciudadanos de dirimir las diferencias por la vía pacífica, fue un descalabro para la delincuencia organizada y para la CNTE y sus adláteres. El ejercicio del voto ciudadano es un llamado al restablecimiento del orden público a lo largo y ancho del territorio nacional no por medio de la represión, sino mediante la estricta y expedita aplicación de la ley. Estado de derecho y democracia caminan de la mano.

4.—Gobernanza como satisfacción de las demandas sociales. En este enunciado seguramente está la mayor percepción de los ciudadanos acerca de sus gobernantes. Si, vemos que los de arriba acumulan riquezas medrando del erario público y traficando influencias, lo más seguro es que cobremos la afrenta en las urnas con el voto de castigo. “Sufragio efectivo.”

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