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Otra de tantas lecturas

Opinión-colorErick Zúñiga

Hay muchas maneras de leer el importante informe sobre medición de la pobreza 2014, presentado recientemente por el Coneval. Creo que la mejor es hacerlo sin aspavientos, pero con el realismo necesario para entender la gravedad de la situación. El primer dato duro es el aumento en el número de pobres en el país, tanto en números absolutos como en porcentaje de la población. Es un indicador de que el crecimiento económico ha sido claramente insuficiente para disminuir un problema estructural. Pasan las décadas y la pobreza, como el dinosaurio de Monterroso, todavía está aquí.

En términos de pobreza por ingresos, estamos como cuando se empezó a medir, en 1992. Hace 23 años, el 53.1% de la población tenía ingresos por debajo de la línea de bienestar; el año pasado, el porcentaje era de 53.2%. Tantas vueltas para llegar al mismo lugar. Y, en términos de combate a la pobreza, otra generación perdida.

Al mismo tiempo, en estas dos décadas han descendido casi todas las otras carencias sociales medidas en Censos Nacionales o en la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH): hay menos rezago educativo, mayor acceso a la seguridad social, mejores servicios y espacios de vivienda y mucho mayor acceso a los servicios de salud. Está estancado el problema de acceso a la alimentación, aunque allí quizás haya un problema de medición.

¿Qué significa esto? Que una serie de servicios ofrecidos por el Estado y una política de subsidios focalizados han paliado parcialmente un problema que sería dramáticamente mayor si nos hubiéramos atenido al puro comportamiento de la dinámica económica.El informe del Coneval distingue con toda claridad los dos efectos en el periodo 2012-2014, correspondiente, grosso modo, a los primeros años de la administración de Peña Nieto. La caída en los ingresos reales de las personas explica todo el aumento de la pobreza, que sería aún mayor si no existiera el efecto de las transferencias gubernamentales.

En otras palabras, si no hubiera caído el ingreso, el porcentaje de pobres hubiera bajado al 44.8% y, si no hubiera habido transferencias gubernamentales, la población en situación de pobreza sería de 48.3%, y tendríamos casi 12% de pobres extremos.

Esto nos dice que el problema mayor no está en la insuficiencia de las políticas de desarrollo social, sino en la política de ingresos de las personas. En la política salarial del sector formal, que es el determinante principal de la estructura de ingresos familiares.El otro elemento crucial para la pobreza es la política de empleo y de oportunidades de inversión. Allí donde se crean empleos formales y crece el mercado interno, la pobreza —y, en particular, la pobreza extrema— tiende a mitigarse.Parece una verdad de Perogrullo, pero Perogrullo no era economista. Y creo que político tampoco.

El informe del Coneval debería entenderse como un aldabonazo en las conciencias de quienes hacen política económica en este país para no caer en esa tentación. Hay que hacer un ajuste sensato. No basta con apretarse el cinturón, porque existe el riesgo de que se lleve hasta los magros avances en el combate a las carencias sociales.Es insensato festinar los resultados en el combate a la pobreza extrema, sin ver que la coyuntura nos dice que la situación puede empeorar, y que puede ser masiva. Más aún, atribuir esos resultados a reformas que todavía no tienen efectos.

Finalmente, un comentario sobre la evolución de los ingresos por decil. En la lógica del vaso medio lleno, se hace hincapié en que el decil I —que agrupa al 10% más pobre— fue el único que vio crecer sus ingresos reales en el bienio analizado. En la del vaso medio vacío, llama la atención que los deciles más afectados hayan sido los que van del VI al IX: las clases medias y trabajadoras que están entrando en el tobogán que las lleva directo a la pobreza.

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