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Y un pueblo dijo no

Opinión-colorÁguila o Sol

De: Prof. Monjardín

Una campaña electoral exitosa es la que logra que el electorado se haga la pregunta relevante para los intereses del partido en cuestión. En muchas ocasiones los resultados de las elecciones políticas dependen de la pregunta que se haya generado al respecto en la mente de la ciudadanía.

En las recentísimas elecciones griegas, la pregunta que terminó siendo la vencedora es: “¿Quién manda aquí: los mercados, la canciller Merkel y el FMI, o manda la polis griega?”. La Coalición de Izquierda Radical (Syriza, por sus siglas) fue la organización capaz de hacer la pregunta que galvanizó a buena parte del electorado. Y la polis gritó: “¡No, mandamos nosotros!”.

Hace poco más de tres años, cuando la crisis financiera-presupuestal en Grecia movilizó a la Unión Europea para forzar una serie de ajustes sociales como contraparte de un paquete de rescate, el entonces primer ministro, el socialista YorgosPapandreu, propuso un referéndum para ver si la población aceptaba mayoritariamente las condiciones.

Era una propuesta aventurada, ya que lo previsible, por no decir lo seguro, era el rechazo (a quien le quitan pan que no llore). Pero no hubo tal consulta. Antes siquiera de que se organizara, la reacción de los mercados fue furibunda y amenazaba no sólo con pulverizar el valor de la deuda griega, sino la de otras naciones europeas. El primer ministro fue obligado a echarse para atrás, y su gobierno terminó por deshacerse.

El domingo, de cierta forma, se volvió a hacer esa consulta en Grecia (así es esto de la democracia representativa) y los resultados son contundentes. Perdieron votos las fuerzas tradicionales, que habían gestionado el crecimiento de Grecia dentro de la Unión Europa, pero también su fracaso: los conservadores de Nueva Democracia, pero sobre todo los socialdemócratas, ahora divididos y casi insignificantes. Ganaron los novedosos, los nacionalistas, opuestos al Memorándum de Entendimiento entre el FMI y Grecia: a la izquierda, mayoritariamente, Syriza; y a la derecha, con el concepto de que hay una “conspiración internacional” en contra de su país, la agrupación Griegos Independientes.

Se alzó el pueblo y dijo “¡No!” a la austeridad y al dictum de la Unión Europea. La gran pregunta –que seguramente no fue la que cautivó el imaginario colectivo en esas elecciones- es a qué dijo que sí.

Si vemos el programa de Syriza, encontraremos muchas cosas loables e interesantes: hay cosas como subir el impuesto de la renta al 75% para todos los ingresos por encima del medio millón de euros anuales, subir el impuesto de sociedades para las grandes empresas al menos hasta el promedio europeo, adoptar un impuesto a las transacciones  financieras y otro especial para los productos de lujo, prohibir los derivados financieros especulativos, como los swaps y los CDS o abolir los privilegios fiscales de los que disfrutan la iglesia ortodoxa y los armadores de barcos, así como varias medidas sociales esenciales y la abolición de privilegios para los parlamentarios.

Pero junto con esto están cosas como utilizar los edificios del gobierno, la banca y la iglesia para alojar a las personas sin hogar, ayudas de hasta el 30% de sus ingresos para las familias que no pueden afrontar sus hipotecas, subir las prestaciones de desempleo, aumentar la protección social para las familias monoparentales, los ancianos, los discapacitados y los hogares sin ingresos. Todas estas cosas tal vez estarían muy bien, de no ser porque la deuda pública griega es del 174% del PIB y no se alcanza a cubrir los costos ni aún suspendiendo pagos hasta la hipotética recuperación de la economía.

 Nueva batalle electoral

Ante nuestros sentidos se desarrolla la nueva batalla electoral.    Impulsada por la acostumbrada parafernalia mediática y el propio deber cívico, la población ejercerá pronto el máximo derecho de toda república democrática: votar para elegir a los nuevos líderes de su nación, aquellos cuya labor determinará el rumbo de los grandes proyectos sociales, políticos y económicos actuales.

Obligación y facultad tan trascendente como el voto, representa uno de los signos vitales que anuncian a nuestra democracia aún viva y abierta a toda posibilidad de gran transformación; por ello, la difusión imperecedera de mensajes consiste en el poder de la esperanza y en el anhelo de derruir el pasado para construir un porvenir distinto.

Pero nuestra democracia, que vuelve a mostrar indicios alentadores de vitalidad, está siendo amenazada por la inseguridad, la violencia y la desconfianza sufridas en algunas regiones de los estados de la República.

Hoy, las oportunidades de todos pueden sucumbir nuevamente ante las consecuencias de administraciones corruptas; ante el encono de un país que se alza en contra de quienes ha considerado culpables de una decadencia innegable.

Esta situación no puede permitirse más.Son millones los que desean cambios efectivos, pacíficos y duraderos a la situación que viven sus comunidades.

Son millones los que saldrán a las urnas en junio para vincular su preferencias y convicciones con la posibilidad de modificar la realidad a través de nuevos representantes de un poder que, desde luego, le pertenece al pueblo.

Por esto, es imprescindible hacer garantía del derecho ciudadano a unas elecciones libres y seguras y fomentar un reencuentro con la gente a partir de un cambio en el modo de hacer política en tiempo de elecciones.

Evolución, la salida

El país no necesita más problemas, sino soluciones que levanten nuestra democracia y nos demuestren signos de un verdadero aprendizaje en torno a la difícil situación que, como sociedad, hemos vivido en los últimos tiempos.

El secreto de una democracia sana es la preeminencia incondicional de los derechos humanos.

Si las autoridades y partidos involucrados en este proceso electoral logran garantizar una contienda en paz y, asimismo, transparente, existirá la ocasión de liberar, por un instante, el ejercicio político que durante los últimos meses se ha visto atrapado en una vorágine de corrupción y muerte.

No es el triunfo de un candidato o partido, sino el triunfo de México, lo que facultará nuestra máxima evolución. Jamás será más importante obtener una victoria que poder dar fin a toda una guerra.

El país tiene ganas de triunfar, tiene ganas de crecer; de acabar con la violencia que empantana sus grandes oportunidades de salir adelante.El reloj avanza y la contienda crece en intensidad.

Por el bien de todos, hagamos tangible el compromiso de luchar por una democracia que nos ayude a romper nuestras propias ataduras y nos lleve a disfrutar de un presente donde las promesas sean juramentos y los planes, proyectos en desarrollo.

Nuestra democracia está viva y hay que luchar por darle libertad y bienestar a un país que, diariamente lo ha dado todo.

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