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Lucha por el poder

Opinión-colorErick Zúñiga

Comenzó el año y con él inició el desfile de precandidatos para los puestos de elección a disputarse en junio próximo. Los medios de comunicación se saturan con los spots de los partidos, que ya hacen uso de los tiempos oficiales. Poco a poco empezarán a cambiar los temas de discusión de la agenda nacional, los cuales se centrarán en partidos políticos y candidatos.

En la lucha de los partidos políticos por ganar la preferencia del electorado y conseguir el mayor número de victorias electorales —máxime ahora que existen más partidos y que tienen que conservar su registro— los candidatos son la parte medular. No es gratuito que en algunos partidos prevalezca el criterio de dar preferencia, en la elección de sus representantes, a quiénes estén mejor posicionados en las encuestas.

Otras instituciones políticas optan por elegir a sus candidatos, no por sus cualidades, aptitudes o trayectoria política, sino bajo el criterio de quién o quiénes le pueden representar más votos; quién puede contar con el carisma suficiente para seducir a un electorado indeciso o desilusionado.

Gusten o no los medios que utilizan los partidos políticos para la elección de sus candidatos, no podemos dejar de reconocer que estas instituciones —con todo y los problemas internos y fallas en su dinámica, estructura y funciones— son indispensables para la existencia y desarrollo de toda democracia.

Para algunos politólogos, los partidos políticos son organizaciones diseñadas con el propósito explícito de obtener el poder. Bajo esta premisa, resulta entendible (más no justificable) que estas instituciones políticas estén dispuestas a sacrificar sus ideales y los ideales mismos de la democracia que les da sustento, con tal de obtener el poder.

La pregunta que surge después de ver a los precandidatos y candidatos que han postulado los partidos, ¿de quién es el problema? ¿De los partidos que ponen a esos candidatos y candidatas, o de los electores que votan por ellos?

Porque los partidos políticos pueden traicionar sus ideales pero cumplen a cabalidad con las reglas que impone la democracia; una de ellas, es postular un candidato, sea hombre o mujer.

Si partimos del hecho de que sin elecciones simplemente no habría democracia, quizá dimensionaríamos más la importancia del voto. Como ciudadanos tenemos derecho al voto y es nuestra responsabilidad ejercerlo.

En toda democracia, los ciudadanos tienen para elegir entre todas las opciones que les proponen los distintos partidos políticos (y en estas elecciones puede entrar el factor de las candidaturas ciudadanas, tema que en su momento abordaremos); dar el voto a un partido, aunque no se esté de acuerdo con el o la candidata, es tolerar, solapar, estar de acuerdo, con los medios que utilizó el partido para la elección de sus representantes.Vivir en una democracia plena es responsabilidad de todos, tanto de los órganos e instituciones democráticas como de los ciudadanos en general, hombres y mujeres por igual.

Si la ciudadanía no encuentra, en las opciones que proponen los partidos políticos, personas que les generen confianza, que los escuchen, que les sean cercanos, para que verdaderamente los represente en las instancias de decisión, la opción no es abstenerse. La opción es manifestar su descontento en las urnas, pero también fuera de ellas. Si bien es cierto que sin elecciones no hay democracia, también lo es que la democracia no se acaba en ellas.El abstencionismo no es la vía para manifestar nuestro descontento con la democracia, con el gobierno, con los partidos políticos, con la clase política en general. Ejercer un voto responsable, consciente, crítico puede ayudar más a cambiar el estado actual de nuestra democracia.

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