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Injusta clasificación

Opinión-colorErick Zúñiga

Al menos en lo que se refiere a los informadores que como se ha dicho hasta el cansancio, no son los dueños de los medios, por lo que en su labor tienen limitantes muy comprensibles. Por una elemental concepción de lealtad, nunca se debe tocar a quienes están relacionados con el propietario del medio, y eso no quiere decir complicidades o empresas de dudosa actividad.

En tiempos inmemoriales, las instituciones sagradas eran, como todo mundo sabe, la Virgen de Guadalupe, el Presidente de la República y las Fuerzas Armadas, en ese orden aceptando desde luego que eran intocables en serio. Para mencionarlos debía tenerse cierto cuidado en el lenguaje, y mucha precisión en los señalamientos.

Al preciso y a los sardos podía cuestionárseles pero se arriesgaba la publicación a la suspensión de papel, tintas, créditos y publicidad. Eran tiempos de no democracia, de absolutismo presidencial, de Congreso obsecuente que trabajaba y no disfrazaba sus atracos con expresiones como compensación, pago por asistencia, viáticos, gastos personales, apoyos y otros como gratificaciones, estímulos y recompensas.

Un verdadero asalto en despoblado que se justifica con la temporada de elecciones. Dinero suplementario para los participantes, que se las ingenian para obtener más de lo que honesta y legalmente les corresponde. Un caso: un partido que apenas participará en sus primeros comicios, ya integró su “bancada parlamentaria”, pero está sujeto todavía a que los votantes depositen más del 3.5 por ciento para su registro definitivo. Pero ya recibió su primera lanita.

En esta feria de patochadas el más discreto es un cínico que en Guerrero está en preventiva porque en cualquier momento lo incriminarán en los hechos de Iguala; su hijo, diputado local, se fotografía con una pata subida a la mesa de la curul y con la boca babeante –no es una figura literaria: está en redes—mira su teléfono celular. Va por la alcaldía acapulqueña.

En Yucatán los herederos de Emilio Gamboa reclaman su parte y uno de ellos quiere los votos bochitos. No se le conoce actividad política previa, pero está en edad de reclamar lo que le corresponde en el pastel del que su padre es  beneficiario preferente.

En este rejuego los periodistas jalan cobijas, destapan malas famas, publican lo que deben publicar como advertencia a los electores, y la reacción es acusarlos de que fueron comprados para atacar, que responden a los intereses de sus oponentes, misma actitud que observan el resto de los pretendientes al enchufe.

Nunca antes se había visto tan claramente a la mediocracia en acción. Dos sujetos que en circunstancias normales no habrían pasado de ujieres o mensajeros en una oficina pública, ahora son cabeza de dos de las más importantes organizaciones políticas nacionales.

Gustavo Madero y Carlos Navarrete son los aludidos y, por tanto, los responsables de llevar adelante a sus candidatos, conformados por los mismos de siempre: familiares, amigos, compañeros de viaje y toda la fauna nociva con que se han nutrido el PAN y el PRD, ambos de tan bien recordada actuación como verdadera oposición.

Navarrete y Madero echarán las culpas de sus imbecilidades y errores a los periodistas. Ya se vio con el anuncio que le fue retirado al PRD, lo estamos viendo con la publicidad desplegada por los azulinos.

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