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Cosas de la democracia

Opinión-colorErick Zúñiga

Ahora que apenas inicia el proceso electoral federal, es quizá buen momento para preguntarnos sobre el creciente divorcio entre la clase política nacional y la ciudadanía, y ver en esa crisis oportunidades y peligros. No recuerdo unas elecciones que, en principio, hayan atraído tan poco a la población, desde las de 1973, las primeras en que tenía la edad para participar. Pero hay una diferencia fundamental: hace 42 años México vivía la época de “partido prácticamente único”, sólo Acción Nacional fungía como oposición, todo mundo sabía que el PRI se iba a llevar carro completo y las elecciones servían solamente para ratificar un poder preestablecido.

Que tras tantas luchas sociales para abrir espacios de participación, y con la democracia representativa, la competencia electoral y la alternancia, bien instaladas en el sistema político, el desánimo sea similar, debería llevarnos a todos a hacernos muchas reflexiones y preguntas.

La primera es que muchos consideraron que la mera llegada de la democracia iba a resolver una serie de problemas muy enraizados en el país, desde la desigualdad social, hasta la corrupción. Se le dotó de una suerte de poder mágico, capaz incluso de transformar radicalmente a las personas. Ahora se le hostiga por no haber sido capaz de responder a expectativas exageradas.

La segunda tiene que ver con los tiempos. Normalmente, en una democracia, los tiempos para abordar los problemas no son “ejecutivos”, sino que deben pasar por un largo proceso de negociación, que suele generar la impresión de que no pasa nada, de que no se hace lo suficiente, de que los políticos no tienen la misma sensación de urgencia de la población en general.

La tercera está relacionada con nuestra historia y nuestra formación ideológica. A partir del triunfo de la Revolución Mexicana, se generó una cultura que hacía más hincapié en la unidad nacional que en la pluralidad. Ese nacionalismo del que abrevamos todos, apenas en las últimas décadas ha empezado a ser aderezado con la necesidad de reconocer las diferencias, que a fin de cuentas nos hacen más fuertes. Existe en buena parte de la población una suerte de añoranza por un mítico México del pasado en el que existía “el pueblo”, una entidad única, unida y en marcha hacia el progreso. No como ahora, que la política nos divide.

La cuarta tiene que ver con el progresivo alejamiento de la clase política respecto al resto de la sociedad, en un proceso de autorreproducción-exclusión, que genera el concepto equívoco de “nosotros contra ellos” y la sensación de que las divisiones entre los políticos son meras guerras por la repartición de un pastel, en una fiesta a la que no están invitados los ciudadanos de a pie.

Este tema está ligado al anterior: por un lado, los partidos existentes utilizaron la idea de “evitar la división” para cerrar cada vez más la casa, poner barreras a la entrada de nuevos competidores y encarecer las elecciones, para terminar generando lo que buena parte de la ciudadanía ve como una casta aparte.

Por otro, la incapacidad para poner un coto verdadero al mal uso del poder político, terminó por potenciar la corrupción. No hay partido, en estas elecciones, que no haya sido tocado por algún asunto grave de manejo equívoco —y a veces criminal— de los puestos de elección popular.

Esta combinación ha dado pie para que, en 2015, la democracia mexicana esté sometida a fuego cruzado, con peligros muy evidentes.Un peligro es el renacer del populismo de una derecha autoritaria disfrazada de izquierda, que intenta contraponer “el pueblo bueno” a toda la maldad expresada por la diversidad política del país.

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