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Nueva enfermedad

 

Opinión-colorLa política mexicana se ha hecho más que una ciencia, una patología. El transmisor fundamental es el PRI, la manera en que condujo por décadas al país y la manera en que la oposición fue naciendo y desarrollándose bajo su amparo. Sé que son palabras fuertes, pero basta con mirar detenidamente los últimos setenta u ochenta años para comprobar que su caso es único.

Los partidos, todos hechos a imagen y semejanza del PRI, en manos para colmo de ex priistas de no muy buena reputación, pueden tener diferencias aparentes, en el fondo concuerdan: todos oprimen a la sociedad y para ello coinciden en lo fundamental: el célebre gatopardismo: cambiar para seguir igual. O cambiar no para ser semejantes sino empeorar. En la tarea de democratizar y hacer que México avance, el PRI no tiene salvación, sus muchos epígonos, como el PAN, el PRD, Morena, el Verde Ecologista y demás, son sus mejores colaboradores. Ahora, en vista del creciente desprestigio, el sistema hace dos discutibles aportaciones: las alianzas y los candidatos “independientes”. Males que se complementan para una auténtica estafa nacional.

Las alianzas no son ninguna novedad, en Francia, por ejemplo, los partidos Socialista y Comunista fueron juntos en varias ocasiones tras el poder. Tuvieron éxito y no aparecieron los grandes cambios políticos, sociales y económicos. En el campo internacional fue más visible el atraso. Pero eran alianzas digamos naturales. Como en Chile para que Salvador Allende triunfara y llegara el socialismo marxista por la vía democrática, electoral. En México, lo grave no es que sean antinaturales, sino que se llevan a cabo con fines perversos, sólo electoreros. Por regla general, El PAN y el PRD, llevan a cabo alianzas para, eso dicen, sacar al PRI. No obstante, al ponerse ellos, queda una mescolanza peor que la que llevan a cabo PRI y Verde Ecologista, partido que nació apoyado por Acción Nacional. En Puebla, por ejemplo, y ésta es la regla habitual, los extremos aparentes unifican votos, masacran sus “ideologías” y apabullan al antiguo régimen, con un candidato que viene del más rancio oficialismo priista.

Ahora las alianzas PAN-PRD se multiplican bajo la órdenes de un pequeño caudillo berrinchudo y pretencioso: Agustín Basave, formado, obviamente en el PRI y cuya estructura digamos ideológica es la de un panista común y corriente, pero con mal carácter. El PRD, a la baja ya sin López Obrador, caudillo que ha ganado varias batallas y también formado en el PRI, convirtió a la “izquierda” en puro cascarón, el mayor sueño priista desde los tiempos de Manuel Ávila Camacho, dejó de ser la “izquierda”. No más PRIAN, ahora hay que buscar las nuevas siglas que permitan ver los despojos de dos partidos que hoy han perdido identidad.

El único principio que mueve tales alianzas es el rencor, al no obtener los cargos anhelados dentro del ex invencible, buscan mostrarse ante el país como “independientes” o “ciudadanos”. La ciudadanía que está harta del PRI, vota por ellos, no obstante, en la mayoría de los casos, fracasa, porque en el fondo es más de lo mismo pero con ropajes diferentes. En todo caso, cada instituto político quiere pintar su estado o municipio o al propio país con sus colores usuales, sólo que no buscan en ningún caso oponerse al sistema, a la globalización ni al capitalismo salvaje que nos consume material y moralmente.

La corrupción, una actividad tan antigua como la prostitución y la comunicación, florece: ningún partido, ninguno, está libre de ella. A veces es velada, cautelosa, otras es cínica, pero siempre surge al amparo del irresistible poder. Para eso es el servicio público, para hacer negocios, para enriquecer el erario personal de cada político. La mejor frase al respecto es la muy conocida de uno de los mayores soportes del fantasmal Grupo Atlacomulco, Carlos Hank González: Político pobre, pobre político. O la idea generalizada de que si hay por allí uno decente y honrado, es pobre y en consecuencia es idiota. La corrupción no es un invento nacional, pero de qué manera se ha extendido en México. La nueva patología, la de celebrar alianzas a toda costa, no es más que un mal que se suma a la lista de los ya conocidos.

Águila o Sol

De: Prof. Monjardín

Un país enfermo

Aunque es un argumento un tanto egoísta, sostengo que los migrantes mexicanos son héroes nacionales. Sin ellos, el país enfermo por tanta torpeza política, entraría en fase terminal, y muchos de nosotros, clasemedieros o burgueses, seríamos (más) víctimas de la violencia propia de la desesperación de quienes con dificultad sobreviven. Ignoro si siguen ocupando, después del petróleo y del turismo, el tercer lugar en el rubro economía. Lo ignoro porque el gobierno no ha informado el sitio que ocupa el narcotráfico y porque la devaluación de nuestra moneda, y del precio del petróleo son realidades cuyas consecuencias modifican el lugar que ocupan las remesas de los migrantes mexicanos en nuestra maltrecha economía.

Lo que no ignoro es el ascenso de los Trumps vecinos y el hambre de justicia de las patrullas civiles en la frontera estadounidense que buscan cazar mexicanos. De triunfar alguno de ellos, el número de connacionales forzados a regresar a la tierra que los parió y los escupió, aumentará. Bastan los Trumps y sheriffs racistas como Joe Arpaio para maltratar y regresar a tantos mexicanos como puedan. Migrantes, indocumentados, refugiados, desplazados y apátridas representan un conglomerado actual muy complejo, cuyas causas y realidades amenazan su propia salud, la de sus países de origen y la del mundo. No hablo del Apocalipsis, ni del fin del mundo, hablo de verdades.

En nuestro gobierno, donde ética, planeación y eficiencia son palabras huecas, el retorno de los indocumentados agravará la Enfermedad México. La Enfermedad México se refiere a la miseria de la mitad de la población y a las magras esperanzas de curación producto de las políticas del gobierno actual y de todos los previos. ¿Exagero? Basta leer los periódicos y releer las alarmantes cifras sobre la pobreza recientemente publicadas por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social. ¿De qué hablamos cuando hablamos de ética y política en México?

La vida y la capacidad política actual en México continúa reproduciendo la frase que inmortalizó a uno de los grandes del PRI, Gonzalo N. Santos, ex gobernador de San Luis Potosí: “La moral es un árbol que da moras”. Malos tiempos presagia el retorno de migrantes. Peores aún, si los hacedores de la Enfermedad México siguen pensando en las moras como moral, y en la ética como conducta innecesaria.

Medios de comunicación han alertado sobre la futura crisis de salud que afrontará nuestra patria por el retorno de migrantes. Dos razones: Dejarán de enviar dinero a sus hogares y algunos regresarán enfermos. Una más contribuye a profundizar la Enfermedad México: Quienes emigran lo hacen porque en sus sitios de origen la posibilidad de empleo y de manutención, personal o familiar son nulas o insuficientes. El regreso forzado, de por sí triste —una especie de fracaso—, conlleva victimización, estigmatización y la dificultad de reinsertarse en el ámbito familiar. Esos argumentos siguen vigentes: las razones por las cuales abandonaron el país —la falta de oportunidades— persisten.

Imposible saber cuántos migrantes regresarán si algún fanático trumpista triunfa. Lo que sí se sabe, de acuerdo al Pew Research Center, organización estadounidense sin ánimo de lucro, es que el número de mexicanos deportados ha aumentado. En 2005 fueron repatriados 169 mil 31 personas; en 2013, el número aumentó a 314 mil 31. Rodolfo García Zamora, doctor en Ciencias Económicas, investigador de la Universidad Autónoma de Zacatecas, y estudioso de los procesos de migración y remesas de los migrantes, estimó que “en los próximos 15 años, seis y medio millones de migrantes volverán a México. El 80% de ellos enfermos o envejecidos prematuramente”.

Medir la corrupción

La detención preventiva de Humberto Moreira en España puso de nuevo en las primeras planas el tema de la corrupción política y sus efectos de largo plazo. Es decir, recobramos súbitamente la conciencia respecto de la forma en que los malos manejos y el desvío de recursos, entre muchos otros elementos, dan al traste con el bienestar y el desarrollo.

Más allá del escarnio que generó la detención y la posterior liberación del ex gobernador de Coahuila, lo que me parece importante recordar es la necesidad de cambiar nuestra pobre visión acerca de la corrupción. Para ello, propongo una visión más responsable y útil que comience por cobrar conciencia respecto de los alcances de la corrupción, en términos de intentar medirla aunque sea de forma parcial.

Para nadie es extraño que la cuestión de la medición de los fenómenos sociales se haya vuelto central no sólo para entenderlos, sino fundamentalmente para combatir aquéllos que resultan particularmente perniciosos e intolerables, como la pobreza. En el caso de la corrupción, la adopción de metodologías y modelos de medición está implicando un cambio radical en la forma de entenderla y de combatirla, a partir de políticas y programas específicos.

El punto de partida de esta nueva visión de la corrupción se ubicó en los esfuerzos encabezados por Peter Eigen y James D. Wolfensohn, que a la larga darían forma y sustento al importante trabajo de Transparency International. En particular, estos esfuerzos llevaron a la aceptación generalizada del Índice de Percepción de Corrupción (IPC) como la herramienta más eficaz para medir la intensidad con que se presenta el fenómeno en las operaciones de organismos internacionales y gobiernos de todo tipo y signo ideológico.

Desde su temprana adopción en las operaciones del Banco Mundial, hasta su utilización en ámbitos locales, nacionales y subnacionales, el IPC ha servido para establecer una referencia clara respecto a lo que sucede con la corrupción en ámbitos específicos de política pública, como las compras gubernamentales o la asignación de grandes contratos de obra pública.

La raíz del problema

Ahora bien, como cualquier herramienta de análisis y evaluación, el IPC ha debido enfrentar las críticas que derivan de sus propios límites analíticos. Al tratarse de un instrumento que mide percepciones y no hechos, el IPC ha sido considerado parcial e insuficiente para conocer los verdaderos alcances de la corrupción y, sobre todo, para identificar instituciones y personas que incurren en actos contrarios al interés público.

De esta forma, la cimiente dejada por el IPC ha debido ser ampliada para incorporar nuevas herramientas para responder a las interrogantes que su uso produjo y que demuestran, una vez más, su enorme utilidad y trascendencia. Entre las metodologías desarrolladas para abordar las dimensiones emergentes en el trabajo de medir y combatir la corrupción se encuentran aquellas que han sido producto de las convenciones internacionales auspiciadas por la OCDE, las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos. Desde mi perspectiva, la relativa a la Medición de Riesgos de Corrupción constituye la más valiosa y útil en las actuales circunstancias.

Lo que hoy se perfila como prioridad es la instrumentación de sistemas de trabajo que permitan identificar todos los elementos de riesgo en los trámites, servicios y procedimientos en los que se aplican recursos o facultades de carácter público y gubernamental. Y se deben incluir, por supuesto, todos aquellos de la Sociedad Civil.

Sólo en la medida en que insistamos en conocer a fondo las raíces de la corrupción, estaremos en condiciones de combatirla eficazmente y eliminar los efectos nocivos que produce en nuestra vida pública.

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