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No hay casualidades

Opinión-colorERICK ZUÑIGA

Hay un dicho que reza que en política no hay casualidades. La suspicacia se levantó cuando las mesas directivas de las comisiones unidas de Energía y Estudios Legislativos Primera del Senado de la República anunciaron que los dictámenes a las leyes secundarias en materia energética se discutirían y  aprobarían durante el Mundial de Futbol que se realiza en Brasil.

Quienes establecieron los tiempos para la discusión de las leyes complementarias de dicha reforma dieron el pretexto perfecto, a la oposición, para descalificar el trabajo legislativo, evadir el debate y centrar toda la discusión en la falta de criterio, poca madurez y desinterés de los mexicanos en los asuntos públicos del país, pues éstos estarían sumidos en la fiebre del Mundial –y el desempeño de la Selección Mexicana– mientras el PRIAN consuma la “venta de Pemex”. Sin embargo, el Mundial no es el problema.

Guste o no reconocerlo, los mexicanos que tienen un interés real en la política mexicana y en los temas de trascendencia nacional representan un porcentaje mínimo. Ese desinterés no lo provoca el Mundial, lo hemos provocado la clase política mexicana, toda ella.

Diversos estudios de opinión han documentado el desinterés de la sociedad en temas políticos, el bajo nivel de confianza que los ciudadanos tienen hacia los legisladores, las bajas calificaciones que dan al desempeño de sus gobiernos, etcétera. Y en la juventud, en las nuevas generaciones, la situación está peor; en una encuesta elaborada por el Colegio de México, denominada Cultura Política de los Jóvenes 2012, dos datos son contundentes: 32 % de los mexicanos descarta contar con alguna ideología y menos del 1 % tiene interés en las secciones de política de los diarios.

Si bien es cierto que hemos dado pequeños pasos en la consolidación de nuestra democracia, también es verdad que casi nada se ha hecho para acortar la distancia entre el poder del gobierno y el poder de la sociedad; poco, muy poco se ha hecho para pasar de una democracia exclusivamente electoral a una realmente participativa.

Los ciudadanos tienen el poder y la responsabilidad de decidir quiénes serán sus gobernantes y representantes en el Congreso; sin embargo, hasta ese derecho tan legítimo se empieza a tergiversar por la manipulación y “compra” de votos (a través de despensas, condicionamiento en la permanencia de los programas sociales de los gobiernos, etcétera) que hacen los partidos políticos. Con esas actitudes antidemocráticas, ¿cómo pretenden que la sociedad confíe en su clase política?

Esa desconfianza social se incrementa cuando los ciudadanos ven que quienes ocupan los cargos públicos, así como sus representantes populares, muestran un total desinterés en su obligación de informar de su desempeño, de someterse a evaluaciones para ver si cumplieron los objetivos prometidos en campañas; o más aún, cuando ven que no son castigados ni sancionados, con todo el rigor de la ley, cuando toman malas decisiones, su desempeño va en perjuicio de la sociedad y/o del país o sus acciones son poco transparentes. Los límites al ejercicio del poder público han quedado resguardados entre los poderes del Estado; la sociedad ha sido excluida del ejercicio de rendición de cuentas y esa gran responsabilidad debería recaer exclusivamente en ella. De esta manera se abonaría el terreno para restablecer el equilibrio entre el poder de la sociedad y el poder del gobierno.

La participación ciudadana se convoca a conveniencia. Poco se hace para generar confianza en la sociedad, para no desilusionarla, para no condicionarla, para no engañarla, para interesarla en las cuestiones políticas, para cumplirle las promesas. El Mundial no es el problema, el problema está en el desempeño de nuestra clase política.

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