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Ni para donde hacerse

Opinión-colorErick Zúñiga

Sí, lo sabemos. Los partidos políticos mexicanos son una porquería. No hay ni para dónde hacerse. Los partidos son catálogos de todas las bajezas de la condición humana. Un moderno Dante Alighieri podría usarlos para una nueva Divina Comedia, cuyo infierno no se limitara a 33 círculos, sino que acumulara 333 o incluso 666 círculos, el número de la Bestia misma, en el infierno. A ello contribuyen las tragedias que hemos vivido en los últimos años: Salvarcar; San Fernando; Ayotzinapa y Chilapa y, la más reciente, Tanhuato. También contribuyen las historias de súbitas fortunas, del despilfarro expuesto en las páginas de Facebook, de la arrogancia de los líderes y legisladores.

Muchos derraman océanos de tinta en estos días hablando de lo impresentables que son los partidos y tiene poco sentido defenderlos. Necesitamos reconocer que aunque los partidos son todo eso, hay personas en ellos o en candidaturas independientes que no se ajustan al patrón; personas que hacen esfuerzos serios por no caer en los lugares comunes de la política mexicana.

Quizás sería necesario que dejáramos de pensar el voto como una acción en bloque y pensáramos nuestros votos como actos separados: si votamos por un partido en la elección de diputados federales, no atamos el voto en la elección de presidentes municipales, de gobernador o diputado local en los estados que celebren ese tipo de elecciones.

Pensar más en términos del aspirante que del partido, quizás nos ahorraría la decepción que resulta de votar en bloque y pensar que los partidos avalan o tienen la capacidad para formar cuadros que nos garanticen algo. Incluso, podríamos pensar en una especie de etiqueta: política o democracia post-partidista.

Si nos liberamos por completo de la ficción del partido político nacional como garante de la democracia, quizás nos sentiríamos con mayor libertad y más responsabilidad para preguntarnos qué piensa o propone cada candidato. Quizás ello nos obligaría a contactarlos por medio de sus cuentas de redes sociales, a acudir a uno de sus mítines o invitar a esos candidatos a una reunión con vecinos o familiares y conocerlos.

Y otra cosa, los partidos están muy mal, pero ¿qué tanto eso es reflejo de nuestra propia apatía, de nuestra propia indisposición a participar en los partidos mismos o en otras organizaciones sociales que nos permitieran defender nuestros intereses y puntos de vista? Es una posición que corre en sentido contrario a las actitudes que uno encuentra en muchos mexicanos hoy, pero quizá la crisis de los partidos sea reflejo de una crisis más amplia que nos involucra a todos. Quizá en lugar de huirle a los partidos, deberíamos buscar formas de participar de manera más activa en ellos o de crear otros, que nos representen mejor.

Y si, de plano, no queremos tener que ver con los partidos, quizás sería bueno que más personas se prepararan desde ahora para ser candidatos independientes en 2018. No está claro quiénes ganarán como independientes este año, pero ojalá alguien gane para que, si no queremos saber de los partidos, al menos no caigamos en el exceso maximalista de decir que tampoco queremos saber de la democracia. Si caemos en ese extremo, ¿qué haremos para garantizar la operación y funcionamiento del gobierno nacional y los gobiernos estatales y locales? ¿Cargos hereditarios asignados a perpetuidad a un puñado de familias? ¿Un todopoderoso gurú que designe a todos los funcionarios? ¿Una lotería? ¿Disparejos?

Hay que ejercer el derecho a votar porque es el primer y más importante componente de la ciudadanía. No es el único, pero es el más importante.

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