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Un insólito terremoto en México podría haber liberado presión en una brecha sísmica

Cuando Vlad Manea supo del mortífero terremoto de magnitud 8,2 que asoló la costa del estado mexicano de Chiapas el 7 de septiembre, se quedó sin palabras pero no se sorprendió. Geofísico de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en Juriquilla, Manea es uno de los pocos científicos de la tierra que estudian la actividad sísmica en la región. Durante más de un siglo había habido poca actividad que estudiar, y precisamente por esta razón Manea pensaba que podría haber un evento importante en la zona.

El epicentro del terremoto, que tuvo lugar justo antes de la medianoche hora local, se situó justo al sureste de la brecha de Tehuantepec, en un tramo de 125 kilómetros de la costa mexicana del Pacífico que se ha mantenido sísmicamente silencioso desde el inicio de los registros hace más de un siglo. A lo largo de esta costa, las placas tectónicas del océano se encuentran con la placa norteamericana continental, viéndose forzadas a deslizarse bajo esta última. Los violentos terremotos indican la liberación de la presión acumulada entre placas en fricción. Pero las rupturas han evitado de algún modo la brecha de Tehuantepec y la brecha de Guerrero, a más de 500 kilómetros al noroeste.

Durante décadas, los científicos han supervisado la brecha de Guerrero, dada su proximidad a Ciudad de México. Una ruptura podría devastar la capital, levantada sobre el lecho de un lago drenado que amplifica las ondas sísmicas. En 1985, un terremoto de magnitud 8,1, que se produjo cerca de la brecha de Guerrero, causó miles de muertes, algo que llevó a la ciudad a instalar un sistema de alerta sísmica y a endurecer la normativa de construcción. Estas medidas parecieron ser de ayuda la semana pasada: la capital sufrió daños leves, pese a la violencia de la sacudida.

La brecha de Tehuantepec ha recibido mucha menos atención. “Esta brecha fue el hermano pequeño”, afirma Manea, quien comenzó a estudiarla a principios de la década de 2000 junto con su esposa, la geofísica de la UNAM Marina Manea. Ahora, su prioridad número uno es descubrir qué proporción de la brecha de Tehuantepec se liberó en el terremoto de la semana pasada, que costó la vida a más de 90 personas y destruyó o causó serios daños en los hogares de otros 2,3 millones, especialmente en los estados de Chiapas y Oaxaca. Si bien el epicentro se situó justo fuera de la brecha, se han registrado más de 1000 réplicas, muchas de ellas en la propia brecha. Vlad Manea afirma que algunas pueden haber sido lo suficientemente fuertes para liberar la presión almacenada y cerrar la brecha, reduciendo la probabilidad de futuros terremotos en la región.

Sobre terreno inestable

El temblor de la semana pasada puede haber aliviado la presión en una de las dos “brechas sísmicas” de la zona de subducción de la costa de México, donde las placas tectónicas entran en fricción.

Sin embargo, admite que el efecto del terremoto sobre la brecha es difícil de juzgar, dado su inusual origen. La mayoría de los grandes terremotos mexicanos se producen justo a lo largo de la interfaz entre la colisión de la placa de Cocos y la norteamericana. Pero esta ruptura comenzó 70 kilómetros más abajo, en el seno de la propia placa de Cocos, ascendiendo hasta detenerse a unos 40 km de profundidad, probablemente en la interfaz de la placa. “No es la misma falla que están esperando [que cierre] la brecha de Tehuantepec”, afirma Joann Stock, sismóloga del Instituto Tecnológico de California en Pasadena.

Esto arroja incertidumbre sobre los riesgos futuros de la brecha de Tehuantepec. De hecho, según afirma Stock, el terremoto de la semana pasada podría incluso haber aumentado la presión en la brecha, incrementando la posibilidad de un futuro deslizamiento. No obstante, añade, la profundidad de la sacudida tuvo al menos un beneficio: la ruptura no siguió su recorrido hasta el fondo del océano, amortiguando así los tsunamis. Las olas que se produjeron en Chiapas y Oaxaca tan solo presentaron una altura de entre 2 y 3 metros.

Vladimir Kostoglodov, sismólogo de la UNAM en Ciudad de México, apunta que está solicitando datos a investigadores de todo el mundo que quieran estudiar este terremoto “rarísimo” y sus secuelas. “Vale la pena hacer concentrar todos esfuerzos para aprender que está pasando”, asegura. “Eso puede ocurrir en otras zonas de subducción” de otras partes del mundo.

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