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Muerte por doquier

 

OpiniónErick Zúñiga

Uno propone, Dios dispone… llega el terrorismo y lo descompone. Como estamos en las primeras horas del periodo vacacional de Semana Santa, pensé dedicar este comentario a los sitios más visitados por los paseantes chilangos en estos días de asueto, pero no. La irrupción del terror generó un cambio de planes.

De hecho, eso es lo que busca el terrorismo: descarrilar la vida cotidiana, meterla a una zona de zozobra, de ansiedad. Busca que se pierda el foco, que la gente se sienta extraviada. El terror obliga a que gente de todo el mundo cambie de planes. Lo dijo el propio Obama en días pasados en Cuba. El mandatario norteamericano se resistió a cambiar de planes. A pesar de las sugerencias de que no lo hiciera, asistió al juego de pelota entre un equipo cubano y otro de las Grandes Ligas. Obama argumentó que eso, alterar la vida normal de la gente, es lo que quiere el terrorismo.

Hace apenas cuatro días se difundió la noticia de que fuerzas especiales de la policía de Bélgica habían logrado capturar al, se dijo, “cerebro” de los ataques terroristas de París, cuando murieron 130 personas y que incluyó el tiroteo dentro del teatro Bataclán. El detenido fue un tipo llamado Salam Abdesalam, a quien los medios internacionales calificaron de “escurridizo”.

La foto del terrorista con la cabeza cubierta, jaloneado por policías, dio la vuelta al mundo. Con el maleante detenido se esparció la sensación de que el planeta era un lugar más seguro, pero no. Fue una sensación equivocada, pasajera, sin más sustento que la ilusión. El mundo, por el contrario, es un lugar cada vez más peligroso.

La mañana del martes, al conectar la computadora para ver cómo iban las cosas, fue evidente que las cosas van de mal en peor. Otra célula del mismo grupo terrorista que atacó París atacó Bruselas. Al momento de escribir estas líneas había 34 muertos, cifra que puede aumentar, pues hay más de 200 heridos. Los terroristas hicieron estallar explosivos en lugares muy concurridos, como el aeropuerto y el Metro, en Bruselas, con la idea de causar el mayor daño posible entre personas de nacionalidades diversas para generar miedo global.

De manera que la pesadilla continúa. Que los asesinos de París hayan sido liquidados o detenidos no supone, como algunos ilusos pensaron, que la rabia haya terminado. Al contrario, el virus de la rabia emerge de manera más despiadada.

Nuevas camadas de terroristas con ganas de superar las atrocidades de sus colegas que los antecedieron entran al escenario. Por supuesto, la respuesta de Occidente volverá a ser despiadada. De seguro alguien ya planea bombardeos sobre campamentos de ISIS en Oriente Medio, de preferencia en sitios donde impera el caos como Siria o Irak. Esa reacción ahondará el resentimiento y la furia para detonar nuevos atentados terroristas. Una espiral de muerte sin fin.

Lo que más preocupa es que Bruselas, sede de los principales organismos multilaterales europeos, y lugar desde el cual viajaron a Francia los terroristas de París, es una ciudad rigurosamente vigilada. Había redadas, intercepción de llamadas, policías vestidos de paisanos, artilugios de última generación. De nada sirvió. A pesar de todo, los atentados se llevaron a cabo. El terrorismo se anotó un nuevo éxito: mata inocentes e infunde miedo. ¿Se puede hacer otra cosa, además de bombardear campamentos? Es muy difícil responder. Las potencias occidentales no se quedarán cruzadas de brazos. Es muy probable que incurran en excesos. Que paguen justos por pecadores. Se dirá que el trabajo de inteligencia es esencial, y lo es. Después de todo, los terroristas son gente de casa. Jóvenes extremistas con pasaporte europeo en un entorno de marginación, ideal para alimentar resentimientos y sed de venganza. Que al menos dos de los terroristas que atacaron Bruselas hayan sido kamikazes, es un gesto estremecedor. Nos pone ante un ataque con nulas posibilidades de defensa. La única opción es provocar que los planes aborten. Cancelarlos antes de que ocurran.

Águila o Sol

De: Prof. Monjardín

Mejorar prácticas

Sin duda, una buena noticia de los últimos meses es la decisión del Gobierno Federal de apresurar la implementación de la Reforma Educativa. Qué bien que así sea, enhorabuena. El asunto es de la mayor importancia para la sociedad.

Sin embargo, hay un tema en que muy poco se ha hecho, que tiene que ver con el cuidado de nuestras niñas y niños. En años recientes hemos visto un aumento en la frecuencia y dramatismo de los reportes en medios de comunicación sobre casos de violencia entre pares en las escuelas, conocida coloquialmente como bullying.

Lamentablemente, no estamos hablando de una percepción, sino de una realidad. Comparto algunos datos que arrojó el Estudio Internacional sobre Enseñanza y Aprendizaje, realizado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE): México presenta los niveles más altos en robos, agresividad verbal y física de los alumnos de educación secundaria entre países de la OCDE; 24% de los estudiantes de primaria sufre burlas; 17% de los estudiantes de primaria ha sido lastimado por otros alumnos.

Por su parte, el informe sobre Violencia de Género en la Educación Básica en México elaborado por la Secretaría de Educación y la UNICEF, ha encontrado que 9 de cada 10 niños han sufrido alguna agresión por parte de sus compañeros.

Estamos ante una situación inaceptable. Como sociedad, no podemos permitir que nuestros niños pierdan su tranquilidad ni que nuestras escuelas dejen de ser espacios de convivencia respetuosa. No podemos rendirnos ante el bullying. La violencia escolar es un fenómeno socio-cultural que exige una respuesta integral de todos los sectores de la sociedad.

La legislación debe de proteger la integridad de niños y jóvenes y, en este tema, deja mucho que desear. Leyes como la Ley General de Educación, la Ley General para la Atención, Cuidado y Desarrollo Integral Infantil o la Ley para la Protección de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, no tienen disposiciones aplicables. Hace falta una legislación específica para combatir la violencia en las escuelas, es un reclamo de la sociedad. Una ley que, sobre todo, deberá enfocarse en la prevención para que contribuya a generar una nueva cultura de la convivencia sana y la paz escolar con un enfoque integral. Además, es bien sabido que la sociedad y la cultura no se modifican sólo con leyes y decretos. Por tanto, es necesario impulsar un cambio de fondo en las escuelas, en los hogares, en la sociedad, para que las escuelas sean centros de convivencia segura.

Los profesores y directivos son fundamentales, de ellos depende guiar con el ejemplo y favorecer una cultura del respeto. Ellos están en contacto con los niños y tienen la obligación y la autoridad para normar su conducta en la escuela. Los padres de familia también tienen un rol muy importante. Es en el hogar donde se inculcan valores como la empatía, el respeto y la convivencia sana. Un niño que puede conversar una vez al día con su padre o con su madre, está recibiendo afecto y no se convertirá ni en víctima ni en victimario de la violencia escolar.

Es necesario revisar las mejores prácticas internacionales, las experiencias y los aprendizajes de otros países donde se ha enfrentado con éxito este problema. La violencia escolar no es un fenómeno aislado que esté ocurriendo sólo en un país o sector socioeconómico. Es un problema que afecta a escuelas de todo el mundo, de todas las clases sociales. Es un reflejo de una sociedad que realmente necesita hacer un alto y preguntarse qué estamos haciendo por cuidar a nuestros niños y jóvenes. Qué estamos haciendo para inculcar en ellos valores y actitudes de convivencia y respeto. Qué estamos haciendo para darles atención, cariño y un ejemplo de vida digno. Por el bien de nuestros niños, tenemos que estar a la altura de este desafío.

El terror como herramienta

Los atentados en Bruselas, Bélgica, son una demostración más de la táctica del Estado Islámico hacia quienes ellos determinan como sus rivales. La adjudicación de los atentados en el aeropuerto y el Metro lleva una connotación que trasciende el hecho como tal, más allá de lo terrible de lo ocurrido.

Hay varios aspectos que se deben resaltar en la política internacional y el papel que está desarrollando el Estado Islámico, sobre todo en los países occidentales de primer mundo. Esto va de la mano de la serie de atentados que han sucedido, sobre todo en territorio europeo. La cuestión con la serie de atentados es que todos vienen precedidos de una amenaza, en circunstancias que se pueden deducir como similares.

Atentados como los dos de París y ahora el de Bruselas, fueron previamente anunciados y después implementados en un tiempo donde parecía que todo había vuelto a un cauce ordinario. El fin es usar la paranoia en las sociedades europeas como su arma principal. La capacidad de amenaza y ejecución hacen que se perciba al Estado Islámico como un grupo terrorista que cumple con sus propósitos.

Por otro lado, después de cada atentado, los países occidentales activan sus protocolos de máxima seguridad, pero el siguiente ataque parece estar determinado a un momento en el que las sociedades europeas vuelven a su dinámica acostumbrada, esa sensación de vulnerabilidad que se genera cuando parece que ya estaba superada, hace que cada atentado siga manteniendo en la mente colectiva la existencia del Estado Islámico.

Sin duda, el poder del Estado Islámico radica en su capacidad de uso de la psicología de masas junto con el uso de las herramientas de comunicación, las cuales provocan que el mensaje que quieren mandar llegue a la población en general. El mensaje de temor e inseguridad, aun en las capitales de los países poderosos del mundo, exhiben una vulnerabilidad de los sistemas de seguridad hacia los habitantes.

Simple radicalismo

La forma de proceder de los gobiernos mundiales hacia este nuevo terrorismo debería ser en primer lugar rastrear las rutas de financiamiento del Estado Islámico. Al igual que lo que pasa con el crimen organizado en México, se busca hacer frente directo con los grupos, en lugar de atacar primero el aspecto económico de las organizaciones.

También es necesario cuidar el aspecto de la xenofobia, que es lo que alimenta tanto al Estado Islámico como a las posibles organizaciones antagónicas al mismo. La forma de reaccionar ante los hechos no es cerrando fronteras o generando un sentido malentendido de nacionalismo. Hoy más que nunca es necesaria la tolerancia hacia las diferentes formas de pensar.

El radicalismo del pensamiento es el caldo de cultivo perfecto para estas organizaciones, no podemos permitir poner en el tema de discusión que los “buenos o malos” están determinados por su nacionalidad, creencia o tono de piel. Querría decir que la humanidad no generó ninguna enseñanza de los hechos de la Segunda Guerra Mundial.

Aunque no se han generado atentados en contra de Estados Unidos, la xenofobia que generan estos ataques es también el cimiento de una campaña como la de Donald Trump, no se puede permitir que la campaña de odio de un sujeto como éste pueda tener oportunidad de ser ante el temor y odio que genera el Estado Islámico.

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