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Mejorar la educación

OpiniónPara los mexicanos, la educación y su mejora es uno de los temas centrales que debemos atender desde el gobierno. Esto, ya que la educación está asociada a diversos temas, desde esta como una herramienta de desarrollo, a través de la vinculación entre empleo y educación, hasta la creación misma de ciudadanía y civismo. La educación es asimismo uno de los componentes de los diversos índices de desarrollo e igualdad, como el Índice de Desarrollo Humano.

Esto junto con el panorama presentado en el estudio “La Evaluación de la Educación: el contraste de dos realidades latinoamericanas” hecha por Parametría han sido en parte los motores detrás del impulso a la reforma educativa del gobierno de Enrique Peña Nieto. Después de todo, en el citado estudio la sociedad mexicana manifestó descontento con la educación en general y en particular por la educación pública. De acuerdo a la misma encuesta, el 46% de las personas señaló que el principal problema de la educación en México se debía a problemas con los maestros. Este rubro reveló percepciones variadas sobre el problema, desde poca preparación de los mismos, hasta que las y los docentes cuenten con poco apoyo para realizar su trabajo.  Por otra parte, el 48% contestó que la calidad de la educación es más importante que la gratuidad. Aunado a esto, se tiene que en la Prueba PISA de 2012, México se encuentra en los últimos lugares en cuanto a matemáticas, lectura y ciencias.

Este tipo de datos nos dan indicios del tipo de políticas públicas e iniciativas que tenemos que preparar para ir atacando esta situación. La actual reforma educativa plantea escenarios de mejora al escenario tradicional de educación, y es consciente de estos grandes aspectos a mejorar. Además de lo ya planteado, hay campo para complementarse con escenarios no tradicionales. Ese 46 por ciento que señaló como principal problema de la educación a las y los docentes se ve con pocas alternativas en cuanto a la educación. Si bien existe la opción privada, que es mejor evaluada por la sociedad, ésta implica un costo económico, y a veces no es una opción en cuanto a temas de acceso geográfico, o incluso lingüístico.

Considerando esto, el crear la modalidad de tipo educación en casa de educación básica, es decir, aquella que comprende preescolar, primaria y secundaria, se presenta una alternativa que permite una formación integral  educación-familia, y que tenga en cuenta estas barreras de acceso y casos particulares. La educación en casa beneficiaría a la población en edad escolar que se encuentra en situaciones no tradicionales donde el asistir a una escuela no es la mejor opción como: padres de familia, niños y adolescentes en deserción educativo; Familias migrantes, mexicanas en el extranjero, indígenas, de niños y jóvenes deportistas o artistas; niños y adolescentes de casas hogar,  con problemas de acoso escolar y con capacidades diferentes o de educación especial, que no cuenten el método requerido en alguna escuela. Estos escenarios no tradicionales han sido regulados con éxito ya en países como Australia, Canadá, Irlanda, Reino Unido y Estados Unidos.

Más aún, en México brindaría un camino más sencillo y estandarizado para las familias que ya en los hechos proporcionan educación en casa, mediante la presentación de exámenes ante el Instituto Nacional para la Educación de Adultos (INEA). La regulación es clave a manera de garantizar que la educación cumpla con los estándares de calidad solicitados por la Secretaría de Educación Pública (SEP). Igualmente, de acuerdo a los estudios en el tema, este esquema presenta ventajas y desventajas que deben ser analizadas por la SEP, incluyendo que en los casos más exitosos la persona que imparte la educación debe tener conocimientos pedagógicos. Además el éxito implica que esta modalidad cuente con una acreditación oficial que permita la plena integración al modelo educativo post secundario a manera de asegurar que estas familias y niñez puedan acceder al resto del sistema educativo, como lo son las preparatorias y universidades.

Águila o Sol

De: Prof. Monjardín

El olvido de nuestro origen

Administraciones van y administraciones vienen, y la cuestión indígena sigue siendo el gran saldo y deuda histórica para nuestra conciencia nacional. La agenda exige ser abordada con conceptos mayores, porque en su núcleo interno se sintetizan las contradicciones internas de un modelo de desarrollo de suyo excluyente y avasallador de la pluralidad y la diferencia.

Desde una ética de la alteridad, el indígena es “el otro”; pero lo que no se ha logrado entender es que esa figura, “el otro”, no es sino el “yo proyectado” en el rostro del prójimo en tanto que semejante en humanidad y condición de dignidad. Prójimo —del latín proximus—, el que está a mi lado, pero no en un sentido espacial, sino quien discurre y transcurre en sus dilemas existenciales junto a los míos.

La cuestión indígena está caracterizada por datos dramáticos: una niña o un niño que nace en una localidad de hablantes de lenguas indígenas tiene tres veces más probabilidades de morir antes de cumplir los cinco años que una niña o un niño que nace en zonas altamente urbanizadas.

Tales niveles de desigualdad se sitúan en el umbral de lo inaceptable porque literalmente estamos frente a un sistema que construye y margina a millones de víctimas.

Desde el pensamiento cristiano se diría que hoy, como casi en ninguna otra época —por la cantidad de personas que viven el drama de la pobreza y el hambre—, que “los pobres de la tierra claman por misericordia”.

Frente a lo anterior, desde un pensamiento crítico laico se debe agregar que ese clamor no puede tener oídos cerrados —que no sordos— porque aquí son los responsables quienes no quieren oír del dolor y la desesperación de los marginados. Debe recordarse que este mes de febrero se cumplen 20 años de la firma de los Acuerdos de San Andrés, un documento que incluye la que muchos consideramos la más amplia agenda consensada de temas prioritarios para comenzar a restituir condiciones de justicia y vida en dignidad para los pueblos originarios.

En este contexto, debe comprenderse que la cuestión indígena es, en términos estrictos, el eje desde el cual debería replantearse todo el modelo de desarrollo; sin embargo, esto no será posible si no se elimina, comenzando por el Congreso de la Unión, el Poder Judicial y la Administración Pública Federal, el “modelo folklorista” desde el cual se habla ridículamente de una versión idílica de las personas hablantes de lenguas indígenas y desde la que se piensa que son algo así como la versión local de “Viernes” frente a Robinson Crusoe.

El nuevo paradigma constitucional fundado en un amplio conjunto doctrinal relativo a los derechos humanos, exige el replanteamiento de lo que hemos hecho desde la creación del Instituto Nacional Indigenista hasta la actual Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas. Sin duda se ha avanzado, pero lo que se ha conseguido es a pasos muy lentos y de manera muy desigual en todo el territorio nacional. Por ello es urgente replantear los principios y las prioridades desde los que se diseña la política del desarrollo social en el país; y, a partir de una reflexión profunda, redefinir cómo convertirnos en el país incluyente que asume en serio su origen pluricultural y diverso.

Hay paralelamente otras agendas que deben asumirse: los derechos de los pueblos afrodescendientes comienzan a ser apenas visibles, y no podemos continuar ignorando que hay amplias regiones del país sin cuya presencia no podrían comprenderse en su actual configuración cultural, política y social. De acuerdo con el Coneval, sólo 3 de cada 100 personas hablantes de lenguas indígenas pueden ser consideradas como no pobres y no vulnerables. Se trata de un escándalo, en el sentido cristiano del término, y es frente a ese escándalo que no debemos callar, pero, sobre todo, que no podemos cerrar los ojos y pretender que no escuchamos; porque en el clamor de los pobres se encuentra el clamor de la humanidad y de la tierra toda.

Mucho cuidado

Julieta Pérez se topa en Facebook con una imagen de Isaac Newton recargado sobre el árbol metafórico que le permitió formular sus leyes físicas. La imagen es una actualización de estado de su amiga Mónica Miranda que dice: “Según esto en mi otra vida fui el descubridor del espectro de color.” Al pie de la foto de Newton hay una invitación vinculada que interroga: “¿Quieres saber quién fuiste en tu otra vida? ¡Compártelo con tus amigos!”.

Curiosa, juguetona y adicta a Facebook, Julieta le da un clic al enlace que le despliega otra página dentro del propio Facebook que palabras más o menos lanza una amenaza a quienes pretenden peregrinar por los misterios de sus vidas pasadas: “Acepto que la página: ‘¿Quién fui en mi otra vida?’ tenga acceso a mi lista de contactos, asumo que esta página puede contener un kilo de cookies y permito que publiquen noticias de interés en mi perfil.” Ante la disyuntiva de recuadros rojo y verde, que, respectivamente, encierran los verbos cancelar y aceptar, Julieta acepta. Algunos apuestan que es una reacción inmediata por el color verde, aunque es un dato plausible, los especialistas en el tema saben que ese clic es el resultado de una intensa talacha entre mercadólogos, publicistas y editores, denominados con una gama de nombres diferentes que le rinden un culto totémico al lenguaje tecnokisht.

Acto seguido, dos tercios superiores de la pantalla de su celular muestran el anuncio de un curso de liderazgo impartido por el coach (sic) Fermín Buitragueño, master del British no se qué con más de diez años de experiencia formando líderes para el mañana. En la foto aparece un tipo de cuarenta años, cruzado de brazos y con mirada de perro tirador de netas motivacionales para manadas amaestradas y a la vez tristes y encabronadas con el mundo.

En el último tercio de la pantalla aparece la primera pregunta del formulario. Estás al final de una comida de negocios. ¿Eres de los que te gusta pagar en efectivo o lo haces con tu tarjeta de crédito? A la derecha hay un par de recuadros: Pago en efectivo; pago con tarjeta. Una estratagema de los editores presionados por los vendedores de publicidad, es que incluso en el tercio visualmente libre del coach Buitragueño, hay en recuadro sensible con enlace al anuncio.

“Con tarjeta”, responde Julieta. La siguiente pantalla es un anuncio de un viaje a Puerto Vallarta con todo incluido y treinta por ciento de descuento mediante pago con Visa o Master Card. Sólo que esta vez ocupa un tercio vertical derecho de pantalla, porque los dos primeros tercios, divididos mediante una porción superior y otra inferior de iguales dimensiones, le dan prioridad visual a la segunda pregunta: ¿Con cuál de las siguientes imágenes te identificas más? Se aprecian en orden un atardecer, una manada de caballos salvajes, el gráfico de un globo ocular gravitando sobre una retícula y una fogata. Ya no es importante saber qué respondió Julieta, ni conocer el resto de las preguntas o el contenido de los anuncios que tuvo que librar antes de terminar el test.

La moraleja de esta historia hipotética es, si quieres saber quién fuiste en tu otra vida, cáete con nuestras políticas de privacidad.

Impunidad

Sólo uno de cada cien delitos cometidos en México es castigado, reveló un estudio acerca de la impunidad en todo el país.

La investigación, realizada por el plantel de Puebla de la Universidad de Las Américas y por el Consejo Ciudadano de Seguridad y Justicia (CCSJ) reveló que este nivel de impunidad se debe en buena medida a que sólo siete de cada 100 delitos son denunciados por los ciudadanos y, de ellos, sólo un 4,6 por ciento termina en condenas para los presuntos delincuentes.

El rector de la Universidad de Las Américas, el ex secretario de Relaciones Exteriores, Luis Ernesto Derbez, indicó que el bajo nivel de denuncias podría mejorarse a corto plazo y con relativamente poca inversión con el aumento de agencias del Ministerio Público, pues actualmente son muy pocas en prácticamente toda la República, por lo cual los ciudadanos prefieren ahorrarse el tiempo y la molestia de acudir a ellas.

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