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‘Me pude haber quedado en un closet, pero hubiera sido infeliz’: Ricardo del Real

Ricardo vivió 42 años en el cuerpo de Mónica del Real, aquella taekwondoin mexicana que participó en Sidney 2000. Hoy nos cuenta su transformación

Excélsior/CIUDAD DE MÉXICO.-El que llega a la cita es un hombre de 44 años. Se asoma con ropa deportiva, tiene barba naciente, cara cuadrada, el cabello corto y comenta que le está cambiando la voz. Muestra en su celular fotos de Mónica del Real, aquella taekwondoin mexicana que participó en los Juegos Olímpicos de Sidney 2000. Tienen la misma sonrisa. Él dice llamarse Ricardo del Real y que “Mónica forma parte de mi pasado”.

Ricardo explica que nació hace año y medio, pero “vivía dentro de Mónica desde que era una niña”, aquella que se enamoró de su maestra de kínder y que jugaba a escondidas con carritos en lugar de muñecas. La misma que no quiso aprender a tocar violín, porque prefirió asomarse a un gimnasio donde los chamacos entrenaban taekwondo. La que un día miró un video en el que descubrió que una atleta alemana llamada Ivonne Buschbaum se convirtió en Balian Buschbaum tras una reasignación de sexo, sin morir en el intento.

Ivonne y yo competimos en Sidney”, comenta Ricardo. “Ella en salto con garrocha y yo en taekwondo. Ella se convirtió en Balian y fue el ejemplo a seguir. Ahora que dejé a Mónica atrás para convertirme en Ricardo del Real, quiero también ser un ejemplo para aquellos que quieren cambiar algo en su vida y no se atreven”.

La otrora Mónica del Real, la conocida atleta mexicana, ganadora de medallas panamericanas y una Copa del Mundo, nunca estuvo a gusto con su cuerpo. Lo supo cuando comenzaron a crecerle los pechos, cuando tenía que vestir ropa femenina en eventos de gala y en su atracción hacia las personas de su mismo sexo.

Lo hablé con mi pareja, con la que llevo 22 años, y con mis padres. Para ellos fue un shock decirles hace dos años que me haría varias operaciones para convertirme en un hombre. Les dije: ‘me llamo Ricardo, me identifico como un hombre. Hagan un poco de memoria, siempre fue así. Los visualizo conmigo en cada paso físico que voy a tener. Los amo y sé que ustedes también”.

El cambio físico, sicológico y legal que está sufriendo Ricardo desde hace 18 meses ha sido muy fuerte para él y la familia, la misma que tardó en entender que aquella Mónica que creció con ellos se transformaba en un varón.

Ricardo comenta que “no me arrepiento de lo que he vivido, quiero ser auténtico. Me pude haber quedado en un closet toda la vida, pero hubiera sido infeliz. Hoy me siento pleno”.

La transformación de Mónica a Ricardo se está llevando en tres pasos: Una mastectomía bilateral (le quitaron los pechos), una histerectomía (retiro de la matriz) y por último, la construcción genital masculina.

Ello, sin olvidar el trabajo que le costó cambiarse legalmente a Ricardo del Real Jaime, ya que en Aguascalientes, donde nació, no le permitían un cambio de nombre y sexo en acta de nacimiento y el INE.

Ricardo está casado con su pareja (mujer), con la que lleva 22 años de convivencia, tiene un consultorio como quirofísico en la colonia Del Valle, da conferencias y talleres y señala que “decidí hacer público mi caso”, porque “esto puede ayudarle a mucha gente. Sensibilizar a los que tarde o temprano tienen que tomar decisiones en la vida. Yo estoy tomando las mías”.

Platica el entrevistado que “Mónica y Ricardo siempre han estado, sólo que ahora es el hombre el que da la cara”.

Y canta la letra de una composición que hizo una tía y que Mónica le hizo unos arreglos y la musicalizó, con la que se identifica: “Después de tanto anhelarte/después de tanto esperarte/ después de tanto soñarte/de repente te descubrí”.

Ricardo reconoce que “tenía miedo al rechazo”, pero aquel video del atleta alemán y las ganas de ser auténtico le dieron el valor suficiente para hacer la transformación, algo que aceptaron sus amigos y sus padres, aunque a Antonio y María de Jesús les llevó más tiempo asimilarlo.

Mónica del Real tenía los días contados. En el año dos mil, la atleta sabía que terminando su participación en los Juegos Olímpicos de Sidney le diría adiós al taekwondo. También tenía conflictos de su vida como mujer. “Sufrir el incómodo desarrollo corporal, la frustración de sentir el crecimiento de los pechos. El periodo menstrual”.

Aquel viaje a Australia le tenía sentimientos encontrados. “Era la primera vez que el taekwondo daría medallas oficiales y quería retirarme con una presea colgada al cuello. También tendría que pensar qué hacer tras el retiro y cuánto tiempo más aguantaría manteniendo el secreto de sentirme en el cuerpo equivocado”.

Su aventura olímpica fue breve. Fue ante la inglesa Sarah Stevenson, también debutante. Mónica estaba sicológicamente destrozada debido a que sentía que tenía en contra a la británica, los jueces y su propio entrenador, quien la relegó después de que ella no quisiera ceder el 15 % del apoyo económico que llegó de los patrocinadores.

Llegó a Sidney con su pareja y con ella viajó a Tasmania para pensar en todo lo que venía. “Mirar la película de mi vida”.

Recordó la fiesta de sus 15 años, con vestido, los pesados días de entrenamiento, las medallas que ganó antes de los Juegos Olímpico, su relación con aquella chica tapatía que conoció en San Luis Potosí y las ganas de mostrarse al mundo tal y como era.

Un tiempo me fui a vivir a Vancouver, tratar de encontrarme. Hice de todo para vivir, fui cuidadora de niños y llegué incluso a atender a una mujer de la tercera edad. También trabajé con unos barberos, lavando el cabello a los clientes y poniéndoles toallas calientes en el rostro. Cuando se enteraban que fui atleta olímpica no me lo creían”.

Allá se dio cuenta que personas del mismo sexo podían contraer matrimonio. “Le hablé por teléfono a mi pareja, quien se quedó en Aguascalientes, y le pregunté: ¿Qué dices? ¿Lo hacemos? Ella voló a Vancouver y nos casamos. Se vistió de blanco y yo de casimir negro y una blusa. La juez lloró emocionada, pues era su primer matrimonio gay”.

Nadie, salvo los testigos, se enteró de la boda. Los padres de Mónica lo supieron de labios de su hija y se impresionaron hasta el llanto. “Nos dejamos de hablar por un tiempo. Fueron momentos complicados”.

El padre era ministro de iglesia. “Voy a entregar la cruz”, le dijo a su hija. La mamá, María de Jesús, le contestaba una y otra vez: “yo tuve una niña”.

De eso ya pasó mucho tiempo. Mónica comenzó a vivir con su pareja y los papás a asimilar los cambios. Primero la boda, la transformación a Ricardo después.

***

-¡Quiero ser niño!

-¡Eres niña!

-¡Voy a tener novias cuando sea grande!

-¡Estás loca! ¡Eres una niña!

La discusión de una pequeña de cuatro años y sus papás, Antonio y María de Jesús. Mónica no entendía lo que pasaba dentro de ella, pero estaba segura que lo suyo eran los carritos y no las muñecas. Prefería los pantalones y no los vestiditos de princesa. Demasiado pronto para pensar en un cambio de sexo en el futuro, pero la niña Mónica miraba con amor a su maestra de kínder. “Después se repitió con la maestra Cheli de tercero de primaria”.

La niña odiaba las fiestas porque significaba ir con trenzas y vestido. La primera de cuatro hijos en una familia de Aguascalientes. “Aprendí a ser actriz en mi vida. Jugaba con carritos a escondidas”.

A los nueve años, Mónica descubrió la película Karate Kid y se identificó con el personaje de Daniel San. Entonces aprendió a hacer la posición de la grulla.

-¡Quiero aprender karate!- pidió a sus papás.

-No. ¡Es para niños!- le respondieron.

Para ella tenían decidido que aprendiera a tocar violín, mientras que su hermano, un poco menor que ella, sí tenía el permiso de entrar a las artes marciales. Primero fueron a la escuela de karate y Mónica se bajó del carro para seguir al papá y al hermano. Se dio cuenta que había baños para niños y niñas y se atrevió a preguntar al maestro: “¿También dan clases para niñas?”, a lo que el profesor asintió con la cabeza.

Mónica tenía el futuro en sus manos.

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