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Llega el día

Opinión-colorEste domingo el proceso electoral llegará a su momento culminante. Desgraciadamente viene precedido por campañas de baja calidad que son producto, entre otras cosas, de un modelo de comunicación fallido. Fue un error haberle dado prioridad a los spots por encima del debate entre los candidatos a los distintos puestos de elección popular. Habrá que corregir el gazapo en una próxima y necesaria reforma política.

En esta temporada asistimos también a la irrupción de la violencia tanto social como criminal: por una lado, la CNTE y la CETEG se arrogaron el derecho de vetar, a golpes, los comicios con el argumento de que las autoridades federales debían atender su pliego petitorio: echar atrás la reforma educativa aprobada por el Congreso de la Unión y, además, que aparezcan con vida los estudiantes de Ayotzinapa. Por otro lado, los cárteles de la droga asesinaros a varios candidatos a diputaciones locales, federales y ayuntamientos.

Fueron varios los hechos que, además, llamaron nuestra atención: las candidaturas independientes, las grabaciones de conversaciones telefónicas de candidatos y funcionarios, la presencia de nuevos partidos en la contienda, la división de la izquierda, la promoción del voto nulo, la postulación de personajes de la farándula (Carmen Salinas) y del deporte (Cuauhtémoc Blanco). Igualmente, surgió la discusión del papel que los ex presidentes de la república deben desempeñar en las elecciones, en vista del activismo desplegado por Felipe Calderón en esta contienda.

Sea como fuere, después de la andanada de spots y del tipo de proselitismo desarrollado, queda la sensación de que los ciudadanos hemos sido tratados como conejillos de indias; como objetos de experimentación por parte de los sesudos especialistas de marketing político para ver cómo reaccionamos ante los estímulos publicitarios. Ellos mandan el mensaje y nosotros respondemos a través de las encuestas.

El mundo al revés: la democracia fue pensada para que el ciudadano fuese el actor principal. De hecho el proyecto original del gobierno popular fue convertir súbditos en ciudadanos: el individuo debía dejar de ser un sujeto pasivo (sólo obedecer); en contraste, el ciudadano debía ser un sujeto activo capaz de participar en las decisiones colectivas. Así se planteó la perspectiva de la modernidad (Salvatore Veca). El gobierno al servicio del pueblo y no a la inversa. No obstante, ahora nos encontramos con que el ciudadano ha sido desplazado para poner en el centro de la escena a los gobernantes.

Pese al juego de poder que se lleva a cabo sobre nuestras cabezas, debemos decir que no puede haber democracia si no se respeta el papel central del ciudadano, quien es el que toma la decisión más importante para formar los órganos del Estado.

La idea primigenia de la democracia fue usar el voto para educar al individuo. El sufragio pone en contacto al ciudadano con otros ciudadanos y con los problemas que enfrentan en común. Enlaza las vicisitudes personales con los asuntos colectivos. La paradoja es que, en lugar de eso, hemos hecho del voto una moneda de cambio.

Los conocedores de la democracia sabían que un factor fundamental para la buena marcha de ese régimen es la “virtud”, entendida como la subordinación de los intereses individuales al interés general (koiné). Eso se logra con educación. Convertir a los sujetos pasivos frente al poder, en sujetos activos que participan en el poder. Obviamente, por lo común los gobernantes prefieren a los individuos pasivos (mientras más brutos, más dóciles), en lugar de a los ciudadanos activos que juzgan y critican, con inteligencia, a los hombres del poder.Es hora de que los ciudadanos demostremos que podemos pensar con nuestra propia cabeza acerca de lo que nos conviene como seres individuales y como seres colectivos.

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