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Las aristas de la crisis griega

Opinión-colorErick Zúñiga 

La crisis griega tiene muchas aristas, y es un verdadero laberinto, que vale la pena intentar explicar de raíz. Una parte del problema fue que a Grecia la metieron a chaleco en la zona euro a finales del siglo pasado, aun cuando su economía no tenía las condiciones para hacerlo.

Hace dos décadas, Grecia tenía una productividad muy inferior al promedio europeo y podía competir, en parte, debido a un tipo de cambio castigado. El dracma era barato, y eso ayudaba a que los salarios fueran bajos en comparación a otros países, además de sus efectos benéficos sobre el turismo.

Al mismo tiempo, tenía un sistema fiscal poco desarrollado, un esquema de pensiones demasiado jugoso desde entonces, gasto público elevado y, por lo tanto, un déficit fiscal que, a fuer de ser honestos, no cumplía con los requisitos del Tratado de Maastricht, que fue la base de la unión monetaria y de la creación del euro.

En ese entorno, y tomando en cuenta que la mayor parte de los intercambios financieros y comerciales de Grecia eran —y siguen siendo— con los países de la Unión Europea, quedar fuera del euro era una apuesta perdedora: tendría que seguir compitiendo por la baratura de su mano de obra, se habría obligado a mejorar su sistema de recaudación fiscal y, sobre todo, no habría gozado de los subsidios —una suerte de Plan Marshall II— con los que los países más desarrollados del continente entonaban un auténtico canto de sirenas hacia los demás.

Los griegos no fueron como Ulises, quien tapó con cera los oídos de sus marineros y se amarró al mástil para no caer en la tentación mortal de arrojarse a ser devorado por las sirenas. A cambio, recibieron felices los excesos de liquidez —el capital excedente siempre busca una colocación rentable— que detonaron un crecimiento económico rápido, pero con pies de barro, porque no había cambiado en lo fundamental el andamiaje fiscal-presupuestal del país, como más tarde se supo, de golpe y muy feo.

Para decirlo con otras palabras, Grecia entró de cachirul al euro. Como, en menor grado, también lo hicieron Portugal, Italia y España, otras naciones que han vivido recientes apretones de cinturón. ¿Por qué lo hizo? En parte, como hemos dicho, porque le convenía en el corto plazo. En parte, porque fue convencida de las bondades de la unión monetaria en una época de euroeuforia, que no fue capaz de prever que el modelo se agotaría en poco más de una década.

Durante los años de alto crecimiento —y de reiterada mala conducción económica en Grecia— no hubo, de parte de la Unión Europea, ningún intento serio por meter al redil a los miembros que obviamente habían incumplido las normas. Esa laxitud correspondía a las necesidades de colocar capitales, que eran superiores a la de mantener un equilibrio financiero: de hecho, el equilibrio financiero estorbaba.

Cuando explotó en 2008 la crisis del modelo de capital, las cosas se vinieron abajo. Y a todo mundo le llegó el momento de hacer la parte de la tarea que no había sido realizada. Sólo que el pensamiento económico ortodoxo se ha centrado en una parte de esos deberes omisos: la relativa a tener un déficit financiable. Faltó y sigue faltando la relativa a un control más estricto de los movimientos financieros. En un mundo en el que lo que más abunda es capital en busca de su realización, esa es una de las herramientas más necesarias.

¿Hay salida de ese laberinto? La respuesta no está en el oxi o el nei del referéndum del domingo. Ambos implicaban, con definiciones políticas distintas, medidas severas de ajuste a las condiciones de vida de los griegos. El oxi les da al menos la posibilidad de hacerlo de manera soberana, en vez de echarse a los brazos y dientes filosos de las sirenas de la Troika, pero dista de ser la solución.

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