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La ruina del PAN

Opinión-colorErick Zúñiga

Con Fox nacieron los organismos dizque controladores de la corrupción, los vigilantes que prometieron pescar escualos y apenas pudieron capturar unos cuantos charales, a la vez que creaban mecanismos para  la separación, de hecho huída, de los grandes ladrones.

Si hubiese que poner fecha al deceso del Partido Acción Nacional (PAN), no dudaría en proponer diciembre de 2000, cuando en representación falsa de esa organización política llegó al gobierno un ranchero atrabiliario, agresivo, de muy pocas luces y menos lecturas, contumaz violador de leyes constitucionales.

Ése fue el momento, la clarinada para que oportunistas, derechosos clandestinos y alguno no tanto, y sinvergüenzas con la mirada puesta en el erario, se hicieran presentes y se apoderaran de lo que iba a ser el gobierno del cambio. Las nuevas formas y estilos que llevarían como divisa la honestidad por la que en casi siete décadas había luchado el partido.El descaro con que Vicente Fox lució imaginería religiosa católica en su toma de posesión, el discurso “republicano” dirigido a sus tres hijos adoptivos hizo saber a quienes se enchufaban en esa novedosa etapa del país, que podrían caminar en los senderos que se les ocurriesen, así fueran vedados, sin temer a las consecuencias y sin siquiera hacer caso a las críticas.

Con Fox nacieron los organismos dizque controladores de la corrupción, los vigilantes que prometieron pescar escualos y apenas pudieron capturar unos cuantos charales, a la vez que creaban mecanismos para  la separación, de hecho huída, de los grandes ladrones.

Se cumplió el dicho que en el PAN repetían como mantra sagrado: ganar el gobierno para perder el partido. Y sí, ganaron dos gobiernos y remacharon los clavos del ataúd del partido. Primero el hombre que en calidad de coyote de trasnacionales no ha tenido empacho en declararse priista, no como tal sino elogiando hasta la ignominia a Enrique Peña Nieto, sin juzgar si merece o no los ditirámbicos reconocimientos que le hace en público.

Lo sucedió el que, en su calidad de militante desde la cuna, heredero de uno de los fundadores del partido, ex presidente blanquiazul, rebelde ante el ranchero que degradó a ojos vista a su partido, se convirtió en la esperanza de que ahora sí llegaría el cambio. Todo se concretó a un mayor autoritarismo, más impunidad en el saqueo de las arcas públicas y una matazón sin fin. Felipe Calderón fue el autor de tales hazañas.

Tras la tempestad viene la calma, dicen los marineros. La calma en la que estamos inmersos, con asesinatos por todos lados, terror desatado ante cámaras de vigilancia –para que quede claro quiénes mandan—y eso sí, con la culpa en los hombros de quienes gobiernan. Como si todo fuese llegar y transformar automáticamente lo que dejaron pudrirse los anteriores.

Pero a nadie le importa. Los panistas, antes la consciencia pública, el freno de mano de las corruptelas tricolores, decidieron la muerte de la organización a cambio del reparto de los despojos: un presidente perdedor a niveles nunca antes registrados en la historia azulina, que se ausenta del cargo para treparse al carro legislativo donde pretende pastorear a sus correligionarios y de allí, en franca desvergüenza, saltar a la candidatura presidencial en 2018.Gustavo Madero compite en cinismo con quienes desde el Congreso pidieron “moches” y comisiones para adjudicar presupuestos a los municipios panistas; que se exhibieron en pleno derroche de recursos en una fiesta con señoras de alquiler, que son ligados con los nuevos reglamentos y leyes para el manejo de los energéticos, donde están buscando acomodo; sólo quieren aprovechar el casi nulo poder panista para seguir haciendo negocios.

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