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La institucionalización de la razón: el derecho a la pereza

Carlo Gilmar Padilla Santana 

FCPyS-UNAM, UPIICSA-IPN

 En días pasados leí un texto de Paul Lafargue titulado justamente así: el derecho a la pereza. Yerno y contemporáneo de Marx, simpatizante del socialismo, crítico de Proudhon, desempaña el polvo negro que cubre la realidad del trabajo. “La clase obrera con su buena fe simplista, se dejó adoctrinar, puesto que, con su impetuosidad natural, se precipitó ciegamente en el trabajo y la abstinencia, la clase capitalista se vio condenada a la pereza y al disfrute forzados, a la improductividad y al sobreconsumo” (Lafargue, 2010:33).

A muy grandes rasgos Lafargue sostiene que el trabajo es equivalente a la esclavitud moderna, consolidada a través de mecanismos ideológicos que provocan en los obreros y su descendencia, el sentimiento de anhelo de trabajo y más trabajo; para él las tecnologías emergentes deben ser el medio por el cual se llegue a la emancipación del trabajo.

Y sobre esta tesis en mi ocurrencia cotidiana entrelacé la misma idea que se aplica para el trabajo, pero para los ambientes escolares. Pienso que esta idea puede aplicarse para mejorar la calidad del aprendizaje y relación alumno-profesor. Hablando exclusivamente de la educación superior, de la cuál formo parte, tenemos situaciones como la excesiva demanda de tareas e información, así como la inoperante “evaluación continua” (gracias al modelo de competencias), que limitan la calidad del aprendizaje.

Lo que propondría para mejorar esta realidad, es un cambio en manera de operar la educación, no puede ser posible que hoy así como hace diez, veinte, treinta, cuarenta años, sigan etiquetando el desempeño escolar, que así llaman a la habilidad de memorizar y responder cuestionarios, con numeritos del uno al diez, que a su vez provocan estrés y preocupación en el alumno, que nunca deja de sentir su responsabilidad con la materia, se trata de “aprobar”, no de aprender. Y es curioso que la universidad deje de recibir ese rol, puesto que es su esencia.

El cambio debe estar orientado así una educación más interesante, de menos trabajo, de menos institucionalización del conocimiento, soez y aburrida, de menos profesores con actitud ególatra y altanera, con métodos desinteresados de aprendizajes, con bases sólidas. Si preguntaran a un estudiante sobre qué piensa hacer después de terminar sus estudios, la respuesta más próxima es: trabajar. No ayudar a quien lo necesita. No disfrutar de la vida. Y ni locos de encontrar a alguien que diga: ¡a ser feliz! Esa es la radiografía de la educación, estudiamos para trabajar, no para aprender.

Es un hecho que el rol de la universidad y la educación ha cambiado. ¡Y lo que ha de seguir!

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