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La forma y el fondo

Opinión-colorErick Zúñiga

“Para morir nacimos”, se dice desde la cultura popular; de ello no hay duda; la cuestión más relevante es cómo morimos. Se puede tener muerte de humano o muerte de perro, nos decía Octavio Paz. Evidentemente la segunda no deja espacio para la dignidad.Se sostiene lo anterior como una primera reacción a la llamada telefónica que hiciera el periodista José Cárdenas a Hipólito Mora, luego de que su hijo fuera asesinado en el enfrentamiento del pasado martes, entre los dos grupos en pugna en la localidad de La Ruana, en el estado de Michoacán.

La voz quebrada de Hipólito Mora, llena de adrenalina, desesperación y dolor por la muerte de su hijo es desgarradora; como debe serlo la de todos los deudos de los miles de muertos que han caído en los enfrentamientos generados por la masiva y siempre perniciosa presencia de las mafias de la droga.“Mi hijo está tirado muerto a 50 metros, y yo me voy a morir peleando”, se escucha decir a Mora en la línea telefónica. Y en ello la imagen auditiva es tanto o más dura que cualquier imagen visual.

“Mexicanos, mueran con dignidad, peleen por sus derechos; no le crean al gobierno”, son sólo algunas de las frases de un hombre que, por lo que se escucha, tenía la perspectiva de que podría morir en unas cuantas horas en medio de un enfrentamiento a balazos.Ésta no es la democracia que México se merece. De hecho, es difícil hablar de un régimen democrático, en un país en el que hay ciudadanos que, con razón suficiente o no, se plantean una revolución de autodefensa del pueblo; y en el que el llamado de quien ha tomado las armas, otorgadas por el propio Estado, es a rebelarse de manera permanente en contra del régimen político.

La crisis por la que estamos atravesando exige lo mejor de todas y todos; exige que nos detengamos a reflexionar, una vez más, con responsabilidad y prudencia, qué país queremos ser; y enseguida, qué hemos dejado de hacer y qué deberíamos estar haciendo para conseguirlo de la manera más acelerada posible.

Lo evidente es que hay una enorme fractura en el país; y que hay territorios en donde pareciera haber una “patente de corso”, con el agravante de que hemos entrado a una peligrosa lógica en la que los enemigos son los propios conciudadanos: pueblo armado por el Estado para la autodefensa, frente a pueblo armado por los grupos delincuenciales, y en no pocas ocasiones mediante el modelo brutal del “levantón” o el reclutamiento forzado.

El llamado de Hipólito Mora es comprensible: “Mexicanos, defiendan con sus vidas sus derechos”; empero, habría que hacer valer, a pesar de todo el dolor y sufrimiento de esta persona, y de los familiares de las miles de víctimas que hay por todo el país, que en México ya pagamos, y con creces, suficiente dolor y derramamiento de sangre como para continuar optando por la ruta de la muerte.

En un escenario así, los únicos que ganan son los perversos; los promotores del caos, la muerte y el desorden. Los barones de la droga y del tráfico de las armas son los únicos que sonrientemente están dispuestos a continuar por los senderos de la destrucción y el sombrío destino del caos y el desorden.

Urge replantearnos el camino a seguir; y como petición de principio, debe exigirse de manera indeclinable la afirmación de la vida en dignidad, teniendo como soporte el cumplimiento universal de los derechos humanos.Nos hace falta más fraternidad, solidaridad, sentido de pertenencia a una nación que puede y debe ser incluyente de todos; y ello exige una nueva lógica de comprensión y conducción de los asuntos públicos, en todos los órdenes y niveles.Hay que decirle sí a la vida; porque debe reiterarse, una y otra vez, la ruta de la muerte es simplemente intransitable.

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