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La decisión

Opinión-colorErick Zúñiga

Respeto mucho los argumentos empleados por compañeros de este diario o de otros medios a favor de la anulación del voto. Me parecen razonables. Anular es una opción tan democrática, dadas las terribles similitudes entre quienes aspiran a cargos de elección popular, como la de votar por algún partido o varios de ellos.

El dilema entre votar o anular implica una decisión difícil porque la oferta política es lúgubre y los resultados de gobierno o de gestión en cámaras de los distintos partidos son un desastre que tienen al país sumido en varios conflictos locales y nacionales que le bajan la guardia a cualquier ciudadano. Ahí tenemos, por ejemplo, la tiránica propuesta de una verificación y revista federal para poder circular por carreteras impulsada como tábula rasa para todos los vehículos con una antigüedad mayor a tres años. Los promotores de esta ocurrencia despótica, Eloy Cantú Segovia y Salvador Romero Valencia, del PRI, no son representantes populares, sino gángsters de curul que atentan contra el derecho a la movilidad y la economía de las clases media y baja.

Pero todos los partidos son réplicas o mini réplicas del PRI: corruptos, demagógicos y con más de un pie metido en el crimen organizado.

A pesar de que muchos promotores del voto “libre y secreto” meten en el mismo saco anulación y abstención de manera torpe o maquiavélica, son dos aristas del régimen electoral completamente diferentes. La abstención implica ir a formarse a la casilla y decir de manera explícita, o con una cruz que tache toda la boleta: “Anulo porque creo en la democracia, pero la oferta es pésima”.

Abstenerse de votar es otro boleto. Aquí también hay que irse con cuidado. Ciertos tipos de abstención pueden ser otra forma de protesta. De hecho, varios ciudadanos que han empujado cambios favorables en el país desde la trinchera cívica, pertenecen a esta porción que promueve la abstención y a la par le abre espacios de gestión más efectivos a la sociedad, que los derivados del entramado partidocrático en el que dejaron de creer por razones más que plausibles. Tampoco soy partidario de descalificar a los promotores de esta específica forma de desalentar el voto en las urnas.

Cabe decir que entre los promotores del abstencionismo, también hay grupos que piensan que sólo por la vía armada se impondrá un cambio verdadero. A este segmento (en algunas regiones infiltrado por el narco) hay que verlo como un termómetro del grado de descomposición política causado por los propios partidos y sus protagonistas:  desde alcaldes y primeras damas multihomicidas, hasta charlatanes mesiánicos. Yo no avalo estas acciones porque una vez sumergidos en la dinámica del cambio armado, las fuerzas desatadas podrían ser impredecibles y llevarnos a niveles de retroceso político todavía peores, pero comprendo el enojo y la rabia emergida de varias regiones del país utilizadas y amenazadas por toda clase de agentes de la explotación o la banalidad como en el caso chiapaneco.

Los apáticos, promotores involuntarios de la abstención, son una especie aparte. De ellos ya escribí hace algunos días: “El elector apático es la peor cara de la moneda de la seudo democracia participativa que tenemos. Gracias a estos energúmenos muchos ciudadanos tienen que hacer la chamba que inútiles representantes populares o funcionarios de gobierno están obligados a realizar de manera honesta y callada”.

Sin embargo, yo sí voy a votar y mis razones son muy particulares. Parten de mi entorno inmediato. Ya estoy harto de la falta de autoridad en Oaxaca, de que quienes gobiernen sean los grupos de choque que han respaldado campañas políticas de ineptos acogidos por el sistema para enriquecerse, en otras palabras no votarè por el partido, sino buscando en las personas las caracterìsticas necesarias para un buen representante.

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