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La cultura del “meme”

 

OpiniónErick Zúñiga

Los memes gobiernan nuestra mente. Con la llegada de internet y las redes sociales se comenzó a popularizar el término meme. Pero los memes existen desde antes de internet. Son ideas que se contagian como un virus. Se transmiten a los otros. Pueden tener la forma de viñeta, imagen, video, gif o frase.

Internet es el medio y canal perfecto para transmitirlos. Tiene a millones de personas conectadas, interactuando a través de una interfaz. Ansiosas por compartir experiencias y momentos de cotidianidad. De gritar que están vivas y que también importan. Que tienen una opinión valiosa de todas las cosas.

No es casualidad que las redes sociales sean las nuevas plazas públicas, en las cuales se juzga, se lincha, se expone, se debate, se insulta y se pelea. Los memes han encontrado un medio propicio para propagarse. Estamos ante la era de la Memecracia, así lo afirma la periodista española Delia Rodríguez: “Los memes (virus mentales) convierten a los ciudadanos en sus portadores y transmisores automáticos, lo que en muchas ocasiones acaba convirtiéndolos en sus justificadores desinformados o víctimas”.

Una gran mayoría ignora la existencia de la Memecracia. Es, básicamente, el sistema de información político, social y económico que se caracteriza por la propagación de memes. Ahí radica el poder de los memes, al pasar desapercibidos por la razón.  Se alojan en el área emocional.

El meme apela a los sentimientos y a las emociones positivas o negativas. Cuando algo sorprende, asusta, enfada o simplemente causa risa o ternura, las personas quieren compartirlo con los demás. ¿Viral o popular? Cuando un meme logra propagarse sin cambiar su idea original a miles o millones de usuarios, se logra el fenómeno viral. Todos están contagiados. Se ha compartido la idea.

Viral y popular no es lo mismo. Lo viral permanece. Lo popular es efímero, se posiciona sólo por un determinado tiempo en las conversaciones de internet y en los medios de comunicación.

Incluso, ya existe una página dedicada a investigar si un meme es viral o popular. Su nombre es Know Your Meme. Funciona como wiki: todo usuario registrado puede enviar un meme para su investigación. El análisis se realiza por profesionales de la información. Ha ganado varios premios.

Según el meme, puede cambiar, incluso, la perspectiva o decisión de las personas. De ahí que grandes comunicadores y estrategas políticos utilicen los memes como un recurso para influir en las decisiones.

El ejemplo más claro es Barack Obama. El presidente de Estados Unidos es el Rey de la Memética. Ha logrado generar simpatía y provocar emociones no sólo a los estadunidenses, sino también al resto del mundo. Su célebre frase “Yes We Can” (“Sí se puede”) logró implantarse en la mente de millones que lo llevaron a la presidencia. Todo un fenómeno viral.

Los rumores en internet muestran también la fuerza que puede tener un meme. La idea no se corrobora. No tiene ningún filtro y muchas veces ni un sustento apegado a la realidad. Pero se replica con tanta fuerza que se crea una histeria generalizada en torno a ello. La única forma de competir contra un meme falso es con uno verdadero. Que tenga la fuerza suficiente para mostrar su error. Una forma de antídoto al veneno. Los canales tienen que ser los mismos.

No es casualidad que un trending topic, traducido como tema o tendencia del momento, casi siempre incorpore una idea contagiosa, un meme. Los usuarios están participando en una conversación mundial. Y su leitmotiv son las emociones.

Águila o Sol

De: Prof. Monjardín

¡Qué nacos!

Lo naco es lo que el consenso entiende como opuesto al refinamiento y al buen gusto. Naco significa vulgar, ordinario, de poco mundo y escasa elegancia. Naco es sinónimo de mamarrachada. Tres hechos sobre la naquez:

Los nacos no son un fenómeno exclusivo de México. En todos lados hay gente de pobre criterio, gustos rupestres y nulo interés por toda forma elevada de cultura. El ejemplo más a la mano lo tenemos al otro lado de nuestra Frontera Norte. Conocidos como “red neck”, el lumpen caucásico o los blancos pobres de familias disfuncionales en Estados Unidos son sinónimo de ignorancia y prejuicios, constituyendo así el principal activo para que Donald Trump llegue a la Casa Blanca.

Los nacos no se circunscriben en exclusiva a un solo estrato social. Por supuesto hay nacos pobres pero, muy cercanos a sus aficiones e intereses se encuentra el otro extremo de la escala socioeconómica la gente adinerada que es tan ramplona y ridícula como vestido de quinceañera marginal. El dinero no garantiza tener clase, misma que podríamos definir como la síntesis de la sobriedad y la educación en un sentido amplio.

Lo naco, o mejor dicho, la percepción de lo naco, evolucionó en la última década: de considerarse un insulto, ahora es bastante aceptado y hasta se celebra como una jocosa forma de contracultura, cuya filosofía podría resumirse en las leyendas de las playeras de la compañía NaCo.

El adjetivo y sustantivo, antes peyorativo hoy considerado “chido” (otra palabreja para desmenuzar), supone ser una contracción de “totonaca” (sí, el pueblo indígena mesoamericano) y, hasta donde yo recuerdo, fue popularizado en los años 70 por el comediante Luis de Alba como chiste recurrente de uno de sus personajes más populares, que parodiaba a los juniors de la época junto con su desprecio por la clase media.

El valor otorgado a esta palabra es por todos entendido, pero su uso ha caído en lo políticamente incorrecto. Yo al menos me cuidaría muchísimo de emplearla en público o a la ligera porque se podría fácilmente volver en mi contra, y es que todos en mayor o menor medida abrevamos de la cultura popular y tenemos nuestros gustos culposos. El mío son los Ángeles Negros, refiriéndome a la agrupación chilena formada en la década de los años 60; los Azules no me revisten el menor interés (aquí el color resulta de capital importancia).

¿Cuál es el suyo? ¿Las películas de Zayas o las de “Hangover”? ¿La cerveza light o el brandy con refresco de cola? ¿Ver Sabadazo o el Señor de los Cielos? Por favor, ya que estamos en confianza siéntase libre de compartir.

Por ello decía que es muy comprometedor calificar a algo o a alguien de naco. Y si resulta aventurado para uno, simple pieza del rebaño, imagínese lo que un gobernador se arriesga endilgando este epíteto, en especial si su currículum se adorna con la presidencia de la Comisión de Derechos Humanos en el Congreso de la Unión  y la coordinación de idéntica comisión en la Conago.

 “¡Qué nacos!”, dijo un Gobernador en alusión a los narcocorridos, y la verdad es que no se necesita ser curador de arte para compartir esta opinión, pero en su caso, por ser na imagen pública, luego de ser pronunciada, la palabra en cuestión sólo coge fuerza y como bumerán se regresa para golpearle con gran fuerza.

No sólo su cargo y comisiones en materia de derechos humanos deberían haberle disuadido de emplear un adjetivo peyorativo que no puede limitarse a un catálogo de canciones como si éstas fueran producto de la generación espontánea y nadie las disfrutara.

Después del embargo…

En diciembre de 2014, los presidentes de Estados Unidos y Cuba, Barack Obama y Raúl Castro, sostuvieron una primera conversación telefónica e iniciaron con ello el proceso de “deshielo” de una relación rota hace más de medio siglo.

Quince meses después, el mandatario estadounidense realiza una histórica vista a la isla, convirtiéndose en el primer inquilino de la Casa Blanca en hacerlo durante casi un siglo.

Se trata, sin duda alguna, del esfuerzo más importante que se haya emprendido en más de medio siglo para normalizar las relaciones entre ambos países, esfuerzo que podría poner fin al embargo comercial que Cuba padece desde que Estados Unidos decidió tomar represalias comerciales, a partir de las expropiaciones realizadas por el gobierno de Fidel Castro, luego del triunfo de la Revolución.

No basta, vale la pena recordarlo, que un mandatario estadounidense pise suelo cubano para poner fin al bloqueo. Si bien el presidente Obama cuenta con poderes para aligerar las sanciones en contra de la isla caribeña, sólo el Congreso de los Estados Unidos tiene las facultades para levantar las medidas que impiden a los empresarios estadounidenses invertir y a los ciudadanos de ese país viajar a Cuba.

Siendo optimistas

Pero mas allá de los poderes específicos con los que cuenta el Presidente de Estados Unidos, el simbolismo de su visita a La Habana tendrá, sin duda, un peso específico importante en el desenlace de esta historia.

 “El embargo se va a terminar”, dijo ayer sin ambigüedades Barack Obama, aunque realizó una acotación importante: no puede arriesgar un pronóstico respecto de la fecha en la cual ocurrirá tal hecho.

Optimismo cauteloso el de un Presidente que ha tenido los arrestos para realizar la que, probablemente, pueda calificarse como la jugada política más audaz, para un ocupante de la Casa Blanca, desde que James Carter decidió, en 1977, devolver a Panamá la soberanía sobre el canal construido en su territorio.

Hace muchos años que el embargo a Cuba recibe consistentemente la condena del mundo democrático. Los estragos que en las posibilidades de desarrollo de la isla ha tenido esta acción unilateral de Estados Unidos han sido sobradamente documentados como para que el embargo pueda gozar de la simpatía colectiva.

No es el embargo, desde luego, el único problema que enfrenta la sociedad cubana para mejorar sus condiciones de vida. La ausencia de un régimen democrático representa, al mismo tiempo, un impedimento serio para que los cubanos pueda considerarse un pueblo realmente libre.

Paradójicamente, ambas realidades -el embargo y la ausencia de democracia- se sostienen mutuamente y, de alguna forma, se justifican. Remover cualquiera de las dos basta para que los millones de cubanos que han sobrevivido a la irracionalidad de ambas decisiones puedan acceder a la real posibilidad de decidir libremente su futuro.

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