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Juntando penas

Opinión-colorErick Zúñiga

Una reunión como la que sostuvieron los presidentes Enrique Peña Nieto y Barack Obama se prepara con meses de antelación; por ello, ni en el peor escenario planteado, se previeron los cambios que sufrieron ambas naciones desde el otoño pasado. Los dos mandatarios sostuvieron este encuentro bilateral en condiciones poco alentadoras; sin embargo, el presidente mexicano fue el más desfavorecido.

Enrique Peña Nieto llegó a Washington en condiciones de debilidad y vulnerabilidad, por los cuestionamientos hechos a su administración. Su popularidad registra la cuota más baja —sólo cuatro de cada diez mexicanos respaldan su gestión—, los casos de Tlatlaya y Ayotzinapa deterioraron la imagen de su gobierno en el mundo, ya que pusieron en evidencia la ausencia del estado de derecho, la corrupción y la colusión de los tres niveles de gobierno con el crimen organizado.

Cuando se planeó este encuentro bilateral, Peña Nieto era un presidente aclamado: había logrado concretar las reformas estructurales que por años estuvieron trabadas e impidieron el desarrollo del país. Hoy ese logro parece haberse esfumado ante la grave crisis social y política que vivimos en México.

Cuando en la Casa Blanca se habló del encuentro, el presidente Barack Obama pasaba por momentos de debilidad y vulnerabilidad gracias a los ataques republicanos en la recta final de las elecciones intermedias. El mandatario estadunidense buscaba en el mexicano respaldo político frente a la comunidad hispana.

Aunque la situación de Obama presenta pequeños avances, no se encuentra en su mejor momento; el Congreso tiene mayoría opositora, razón por la cual el presidente ha realizado acciones ejecutivas para sacar adelante su agenda: la reforma migratoria y la reanudación de las relaciones con Cuba.

Sin duda, esta reunión bilateral ocurre en momentos difíciles para ambos mandatarios; sin embargo, Obama tiene más puntos a su favor, pues aparte de los mencionados, se registra una paulatina recuperación de la economía estadunidense.

Por su parte, Peña Nieto visita la Casa Blanca cuando en los últimos doce meses el peso se ha depreciado 13% frente al dólar. La devaluación detona una inflación en la economía, pues se depende en gran porcentaje de las importaciones al mercado de EU. En un mes la canasta básica subió 15% y los bolsillos de los mexicanos lo resienten. Por si ello no fuera poco, la caída en los precios internacionales del petróleo en poco ayuda para agilizar las inversiones esperadas por la reforma energética.

Aunado a lo anterior, está la denuncia sistemática de organizaciones de derechos humanos en Washington por la violación de las garantías individuales en México. En su visita a Nueva York en septiembre pasado, nadie increpó al presidente Peña Nieto como lo hicieron ahora, afuera de la Casa Blanca, para rechazar su presencia.

En otras circunstancias, la reunión del presidente Peña Nieto con Obama hubiera significado un gran respaldo para el gobierno mexicano en el inicio de un año de elecciones federales intermedias. Sin embargo, en las condiciones actuales de ambos mandatarios, ¿qué puede esperar el uno del otro?

En la visión de salir del compromiso, pactado con meses de antelación, se cumplirá con los actos protocolarios y rutinarios: reuniones de los funcionarios de ambos países para abordar temas de seguridad, migración, economía, etcétera.

En una visión de estadista, esta reunión podría significar una nueva oportunidad para modificar la relación bilateral ahora que el gobierno estadunidense pasa por una crisis. Ambos mandatarios pueden darle la cara a la adversidad y escribir un nuevo capítulo en las relaciones México-Estados Unidos. El tiempo dirá si se aprovechará esta crisis para poder transformar la historia.

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