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Hartazgo y decadencia

Opinión-colorTengo referencia de personas quienes, teniendo 30 años, o aun menos, se dicen agotadas. Me pregunto: ¿De qué o por qué puede haberse cansado alguien a esa edad?

Es obvio que el cansancio pude ser considerado como sinónimo de hartazgo y con base en ello, de asumir como posición ante la vida una constante rebeldía y acción social que busca ser transformadora ante situaciones intolerables.

Sin embargo, no es a este tipo de cansancio al que se alude; sino al otro, al que lleva al tedio, al aburrimiento existencial, al desgano de construir, pero sobre todo de derruir un estado de cosas caduco, y cada vez más con rostro de putrefacción, o al menos de descomposición orgánica en grado avanzado.

Hay épocas sintomáticas —y la nuestra parece ser una de ellas—, en las cuales los espíritus se encuentran agotados; llenos de hastío, de nostalgia cursi respecto de modelos de vida imposibles de ser realizados. Así ocurre en nuestro caso respecto del modelo de vida de clasemedieros que nos hemos construido, y en el cual el ideal —casi ascético—, consiste en tener una casa, un coche, una pantalla de última tecnología, gadgets al infinito, y en el mejor de los casos, un buen perro.

Lamentable nuestra situación. De verdad estamos atrapados en un círculo existencial terrible; rodeados de muerte y destrucción por doquier, hemos optado por recluirnos en lo que nos queda: la imagen hiperrealista —falsaria casi siempre—, de un mundo proyectado sólo en las pantallas televisivas y cada vez más en las de los dispositivos electrónicos.

La salida a la calle de miles de personas, muchas de ellas jóvenes ejemplares, parece estar dándonos un respiro y bien pudiera constituir una vuelta de tuerca a la derrota cultural que hoy enfrentamos, pues de esa magnitud es lo que hoy nos aqueja: una realidad en donde la enfermedad y la muerte, la ignorancia y la pobreza son la constante cotidiana para la mayoría.

De otra parte y de manera lamentable, hay un estado de ánimo tendiente a la inmovilidad de otros tantos millones de jóvenes que encuentran en el desmadre, la frívola vida en fiestas de ocasión, pero también en la hueva más rampante, un modus vivendi en el que la realidad que les circunda pareciera no existir y frente a la cual no son capaces sino de plantar miradas de vacas hindúes en proceso de meditación.

A esos jóvenes son a quienes se tiene que despertar. El comienzo se encontraría, sin duda alguna, en la apertura de oportunidades para una educación de calidad, a la que únicamente tienen acceso unos cuantos, y a partir de ella, con base en un modelo pedagógico diseñado para la vida, dicho en serio, promover la construcción de una nueva ciudadanía.Se trata de enseñar que ser buena ciudadana o ciudadano no implica una condición ética superior a la de nadie más o una concesión graciosa a la comunidad en la que se vive, sino llanamente una forma de coexistencia armónica entendida como el mínimo exigible a todas aquellas personas que buscan vivir en paz y en civilidad.

Cuando se piensa en estos temas es importante recordar, como un ejemplo clásico, que uno de los cargos imputados a Sócrates en el proceso penal que lo llevó a la muerte fue precisamente el de ser un “corruptor de la juventud”.

La sanción ante ese crimen era inhumana y cruel, sin duda alguna; pero después de más de 2,400 años sí podríamos y deberíamos ser capaces de plantear el tema desde la otra orilla: centrar todos los esfuerzos del Estado en la protección universal de los derechos de las niñas, los niños y las y los adolescentes podría ser quizá el mejor instrumento para recomenzar.Existir entre jóvenes espíritus que viven y actúan como si estuviesen agotados no es el mejor contexto en el que una democracia pueda florecer. Urge reanimarlos ya.

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