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Fuera de la realidad

Opinión-colorErick Zúñiga

El uso intensivo de las redes sociales ha llevado a una especie de esquizofrenia entre una buena parte de quienes, dedicados profesionalmente a la política, no comprenden el alcance e implicaciones que tiene el tipo de mensajes que envían, y la imagen que se está construyendo a través de los comentarios allí publicados.

Si bien es cierto que las redes sociales son un poderoso instrumento de comunicación política, lo es también el hecho de que no lo son por sí mismas; es decir, no se trata sólo de estar publicando mensajes de todo tipo, todo el tiempo, sino de ser asertivos y generar comunidades de opinión en respaldo de propuestas de relevancia.

Desde esta perspectiva, debe destacarse que el “caso Obama” ha generado una distorsión en la manera en que muchas personas dedicadas a la política entienden las redes sociales. De acuerdo con las y los expertos, quienes tienen mayor número de seguidores en redes sociales han tenido también mejores resultados políticos.

Sin embargo, lo que no se dice es que las personas con más seguidores y contactos en redes son quienes también tienen una mayor exposición en los ahora llamados “medios tradicionales”. Esto quiere decir que quienes tienen mayor número de horas o minutos en espacios de televisión, radio y en menor medida en prensa escrita, son quienes logran una mayor presencia y penetración en redes sociales.

Así, lo que debe considerarse es que no se trata sólo de tener una presencia importante en las redes, sino que se debe asumir que éstas son cajas de resonancia que tienen un efecto amplificador de los mensajes que se emiten en los medios informativos tradicionales.

De ahí que un mal manejo de las redes sociales puede resultar contraproducente para muchas y muchos políticos. En ese sentido, se equivocan rotundamente, por citar sólo un ejemplo, quienes utilizan a las redes como espacio para la presentación pública de las efemérides personales.

En efecto, resulta de suma frivolidad que las personas dedicadas a la política utilicen al Facebook o al Twitter para enviar mensajes de felicitación por su cumpleaños u onomásticos a otras personalidades del ámbito de la política, confundiendo con ello lo que podría denominarse como el “ciberespacio público” con el tablón de avisos parroquiales.

¿Es relevante para la ciudadanía que un diputado o diputada felicite a otro legislador por su cumpleaños? ¿Qué importancia tiene para el diálogo público el hecho de que algún político felicite a otro por la inauguración de una calle o por llevar a cabo algún evento que, además debe decirse, se ha construido o financiado con recursos públicos?

Peor aún resultan las oprobiosas fotografías que suben a sus perfiles relativas a las fiestas de fin de año; a sus reuniones con amigas o amigos o con grupos de interés; como si ello no fuese profundamente agraviante para la ciudadanía porque, otra vez, hay que decir que todo eso se financia con recursos públicos.

Lo que parecen no haber comprendido las personas dedicadas a la cosa pública es que tienen la responsabilidad de actuar con prudencia, mesura y vocación republicana, porque en ello nos va la posibilidad de consolidar a la democracia como un régimen de verdad promotor de la pluralidad y el diálogo público de altura, y no de las frivolidades con que están saturadas las redes sociales.

Lo que las y los políticos deberían entender es que las redes sociales deberían tener un uso estratégico para el planteamiento de propuestas, para democratizar la información de que disponen y para conocer qué piensa en realidad la ciudadanía de ellas y ellos.Por ejemplo, sería interesante que en los blogs y páginas de los políticos abrieran módulos de encuestas para que la gente, abiertamente, pudiera decirles lo que perciben respecto de su trabajo.

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