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Fórmulas mal aplicadas

Opinión-colorErick Zúñiga

Hay adjetivos calificativos para toda circunstancia. El paquete económico presentado por el Ejecutivo Federal es “responsable” y “austero”. Con estos eufemismos, se dibuja en tonos más amables un presupuesto que apuesta a la estabilidad por encima de cualquier otra cosa y deja las posibilidades de crecimiento para el futuro, quién sabe cuándo.Ha sido una lluvia de señales. Todas ellas, dirigidas a un mismo objetivo: dar a entender a la comunidad inversionista, nacional e internacional, que México se va a alinear a la ortodoxia más estricta. Con ello se quiere generar ese intangible llamado “confianza” y que por favor no nos vayan a confundir con otros mercados emergentes, como siempre lo hacen.

¿Cuáles son estas señales? La primera es la reducción del déficit público a pesar de la severa baja en los ingresos petroleros. No sólo absorberemos la caída en los precios, sino que iremos más allá. El déficit de 0.5 por ciento del PIB es fácilmente financiable… como lo sería uno del triple de tamaño.

La segunda señal es la conversión de la deuda pública en anatema, como si fuera la causa de las estrecheces económicas del momento. Incluso se plantea que los sobrantes de las operaciones cambiarias de Banxico, que este año han aliviado un poco las finanzas públicas, se destinen el próximo a pago de deuda por adelantado.

La tercera es el anuncio de algunas razonables deducibilidades para quienes reinvierten sus dividendos y para pequeñas y medianas empresas. Un primer guiño.

La cuarta, el moverse como si el tan anunciado aumento mundial en las tasas de interés (llevan un año diciendo que ya merito) fuera una realidad preexistente (de hecho, el secretario Videgaray habló en pasado de un hecho que, si la Fed se equivoca, podría darse el 17 de septiembre, pero esperamos que no se equivoque y tarde más). Eso es estar a tono con el stablishment mundial de los opinadores de finanzas; es decir, a la derecha de The Economist.

La quinta, la solicitud de ratificación de Agustín Carstens al frente del Banco de México, como garantía de que el banco central seguirá en la ruta de la desinflación a toda costa.Estas señales, sin duda, generan aprobación entre empresarios e inversionistas. No serán suficientes, sin embargo, para evitar que continúen las presiones para echar atrás, aunque sea paso a pasito, la reforma fiscal aprobada en la primera mitad del sexenio. Tampoco serán útiles para la dinámica económica —que seguirá dependiendo del comportamiento de la economía de Estados Unidos—, para la creación de empleos o para el bienestar colectivo.

Al contrario, prometen más del estancamiento estabilizador que caracterizó a las anteriores administraciones, las de los gobiernos del PAN.La inversión pública se mantendrá a niveles similares a los de mediados de la década de los cuarenta del siglo pasado, cuando el país y su economía eran muy distintos a los de ahora. Como se sabe, la inversión púbica estratégica crea condiciones para detonar inversión privada.

En las condiciones actuales, más vale que funcionen los esquemas de asociación público-privada en inversiones de infraestructura, porque de lo contrario, el estancamiento puede convertirse en recesión. Y más vale que el flujo de gasto sea constante.

En resumen, había y hay espacio para tener un déficit un poco más amplio, para no amarrar excedentes al pago adelantado de deuda, para crear más infraestructura, más servicios y más bienestar. Se prefiere ir a lo seguro: garantizar que el peso no se devaluará mucho, que la inflación seguirá bajo control y que seguiremos en el estancamiento estabilizador.

 

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