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Flojo el arranque

Opinión-colorÁguila o Sol

De: Prof. Monjardín

Luego de la gran probadita que nos han dado en las precampañas, el desinterés de los ciudadanos es manifiesto al inicio pleno de las campañas de candidatos a las elecciones intermedias del 7 de junio, donde estarán en juego 500 diputaciones federales, 598 legisladores de 16 congresos locales, 9 gobernadores, 887 presidentes municipales y los jefes delegacionales del DF. De inicio, y a pesar de los indudables avances logrados cuando menos desde 1977 a la fecha, se extiende la sensación de que nuestra democracia está actualmente en un punto muerto, tanto en el aspecto electoral propiamente dicho como en la estructura y funcionamiento institucional y de gobierno en sus tres niveles.

Los partidos, sean de izquierda, centro o derecha —o de una mezcolanza que nos trajo la pluralidad, muy difícil de definir aparte de ser meramente oportunista, empezando por el PVEM— alejados de los ciudadanos, borradas sus diferencias ideológicas y de propuestas; manejados por cúpulas partidarias y hasta familiares cada vez más cerradas, buscando siempre proteger sus propios intereses. Un ejemplo claro fue la superficial forma en que definieron a muchos de sus candidatos a esta elección, tanto de mayoría como plurinominales. El INE, la institución a cargo del desarrollo de las elecciones, también se ve sujeto a los jaloneos de los principales partidos políticos, pese a su carácter de autónomo.

A nivel institucional y de gobierno las cosas no andan mejor. Cómodos esquemas de gobierno, inerciales o mucho más cercanos de los poderes fácticos, nacionales y extranjeros, y también de los pequeños grupos de poder dominantes en algunos estados, que del interés general de los mexicanos por un desarrollo acelerado, igualitario, sustentable, basado sobre todo en el empoderamiento de las fuerzas internas, sólo con el complemento natural de factores extranjeros del mundo global en que vivimos. Como resultado, la economía mexicana sigue en el estancamiento estabilizador, la corrupción se enseñorea de muchas instituciones, la fuerza de trabajo, desafortunadamente en primer lugar la juvenil, no encuentra oportunidades dignas de empleo, y la violencia y la inseguridad persisten en niveles inadmisibles. Un gobierno federal dedicado sobre todo al optimismo propagandístico de sus supuestos logros, y los locales que tampoco se quedan atrás al respecto.

¿Y qué nos están ofreciendo los políticos y sus partidos en estas campañas? Aprovechándose de un financiamiento electoral cada vez más costoso, nos recetan 26.5 millones más de absurdos spots televisivos, radiales o en los cines, anuncios y carteles en las calles, en tanto que olvidan las discusiones y los debates serios entre ellos sobre sus respectivas posiciones. Olvidan el principio democrático de que en las campañas los partidos no deben caer en las groseras descalificaciones de sus contrincantes; que lo prioritario deberían ser las mejores propuestas de gobierno y administración para sacarnos de la crisis y la desconfianza actuales. Propuestas que se diferenciaran de acuerdo a los principios del ideario de cada partido; el PRI apartándose de la autocomplacencia para hacer honor a su lema de “democracia y justicia social”; el PAN, olvidando toda la retórica de la “dictadura perfecta” y haciendo hincapié en los valores políticos y democráticos que propagaban sus fundadores; el PRD y Morena aportando el enfoque más social del desarrollo. Y todos comprometiéndose de manera clara y efectiva con el combate a la corrupción hasta su total erradicación.

Pero también está claro que México es mucho más fuerte que unas elecciones intermedias; la solución está a la vista: una mayor participación de los ciudadanos, que deberán estar asumiendo cada vez más el poder de decisión que les corresponde.

El renunciado y los que vienen

Nueve días después de darse a conocer fotografías según las cuales el ahora exdirector de la Comisión Nacional del Agua, David Korenfeld, habría dispuesto de un helicóptero de la dependencia para que su familia y él fueran trasladados de su domicilio al aeropuerto de la Ciudad de México, el funcionario se vio obligado a renunciar al cargo.

El hecho constituye un precedente importante en al menos dos sentidos: El primero es que la sociedad civil pareciera haber conquistado definitivamente -al menos en el plano federal- una posición como auténtico evaluador de la conducta de sus funcionarios públicos y que, desde la misma, es capaz de premiar o castigar el desempeño de sus funcionarios a partir de hechos concretos, de conductas específicas.

El segundo es que, contrario a la intuición generalizada, quienes detentan el poder parecieran haber modificado su posición respecto del ciudadano de a pie y están más dispuestos a reaccionar frente a las manifestaciones de la sociedad, particularmente cuando ésta desaprueba una determinada conducta.

Es cierto: la renuncia de Korenfeld constituye el ejemplo de la conducta deseable en cualquier funcionario decente, un hecho que él mismo sintetizó de forma adecuada en la conferencia de prensa en la cual hizo pública su dimisión al cargo, señalando que “como seres humanos siempre seremos susceptibles a equivocarnos, pero debemos tener la valentía de aceptarlo, ofrecer disculpas y asumir las consecuencias de ello”.

Pero siendo la conducta deseable, todos sabemos que hasta ahora la regla ha sido exactamente la contraria; es decir, que nuestros funcionarios nieguen la existencia de actos reprochables en su conducta e incluso que actúen con cinismo ante el descubrimiento de estos.

Parteaguas

Por ello, la renuncia del hasta hace unos días titular de la Conagua debiera ubicarse como un parteaguas en la historia del comportamiento de nuestros servidores públicos, e instalarse como el parámetro a partir del cual deben juzgarse a todos los que ocupan una posición en el organigrama gubernamental.

La dimisión de Korenfeld no puede -no debe- ser un hecho aislado ni un episodio para el anecdotario. Debe, por el contrario, marcar la frontera entre dos narrativas distintas del actuar en el servicio público mexicano.

Que de aquí en adelante, a todo aquel que abuse de su posición —en cualquier forma— le cueste el puesto actuar de espaldas a la máxima jurista según la cual los funcionarios públicos “no pueden disponer de las rentas sin responsabilidad; no pueden gobernar a impulsos de una voluntad caprichosa, sino con sujeción a las leyes; no pueden improvisar fortunas ni entregarse al ocio ni a la disipación, sino consagrarse asiduamente al trabajo resignándose a vivir en la honrosa medianía que proporciona la retribución que la ley haya señalado”.

Que de aquí en adelante la “caída” del extitular de Conagua constituya la aduana por la cual deban pasar todos aquellos que han decidido hacer del servicio público una forma de vida, a fin de que demuestren que lo suyo es una vocación y no sólo ambición vulgar.

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