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Festivos y contentos

Opinión-colorNos vinieron otra vez con la encuestas sobre la felicidad de las personas; y en las bases de datos presentadas, aparecemos como entes festivos y contentos con nuestro destino. Al respecto, hay que sostener que una encuesta que pregunta por la felicidad en un planeta sumido en la violencia, la desigualdad, el desempleo y la pobreza es, más que un diagnóstico, un síntoma.

Aquí nada tiene que ver el rigor del diseño estadístico de la muestra ni el rigor conceptual del instrumento de captación, ni la precisión de los estimadores ni la exactitud de los factores de expansión. Se trata, hay que decirlo con todas sus letras, de la pertinencia sociológica que tendría el andar preguntando canalladas.

¿Qué nos quieren decir con estos instrumentos?, ¿que somos los suficientemente idiotas y pusilánimes como para aceptar que, en medio de tanto dolor y sufrimiento, somos capaces de declararnos felices? ¿O de verdad la intención es que nos traguemos el cuento de la “sabiduría facebook” relativa a que no importa lo que pase a nuestro alrededor, debemos ser felices y contentarnos con lo que tenemos?

Lamentablemente no contamos con encuestas serias y recientes sobre epidemiología psiquiátrica; la última de ellas, coordinada por la doctora María Elena Medina Mora en el año 2000, nos dice que —sin tantos muertos, desaparecidos,  pobres y excluidos como los que se han acumulado desde entonces—, el 28% de la población ha padecido, alguna vez en su vida, uno de los 23 trastornos psiquiátricos considerados en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE).

Los trastornos reportados con mayor frecuencia son la ansiedad y la depresión, trastornos por uso de sustancias y trastornos por cuestiones afectivas. Con base en esta evidencia habría que preguntarse en serio si tiene sentido una encuesta sobre la felicidad en un país de ansiosos y deprimidos.

Los estudios de que disponemos nos dicen que las mujeres reportan una mayor prevalencia global en todos esos padecimientos; ¿y cómo no?, si más del 65% de ellas, desde que son niñas y hasta que mueren, viven en un entorno de machismo y violencia y agresiones y tratos injustos.El país está trepado en un barco maltrecho que navega por un mar de desilusiones. Ante eso, algunos recitarían como acólitos del cinismo: “que no haya ilusos para que no haya desilusionados”. A pesar de ellos, la transformación que debemos exigir no puede sustentarse en otra cosa sino en la esperanza y en la ilusión de un futuro digno para todas y todos.

De manera lamentable, ya comenzó la diatriba diaria de la propaganda partidista de una clase política que, parafraseando una de las canciones de Joaquín Sabina, “es maestra en confundir al diablo y al rey de los altares”. Y en esta marea de sordidez comunicativa, los vendedores de ilusiones se llenan la boca de virtudes, mientras que a espaldas del pueblo se llenan los bolsillos con los recursos públicos.

Frente a ello, hay quienes pensamos que a los mexicanos nos han roto tantas veces el corazón, que ya ni siquiera nos importa si vuelven a hacerlo. Pero eso no se llama felicidad, sino renuncia. Porque las y los ciudadanos tenemos derecho a todo menos a perder la esperanza de un país incluyente, equitativo y justo, y de hacer todo lo que esté a nuestro alcance para edificarlo.

Hay que ser suspicaces y preguntarnos por qué tanta insistencia en presentarnos como un pueblo feliz. Hay mucha indignación, mucha rabia acumulada, mucha frustración y mucha desesperanza; y jugar con eso es como sentarse a fumar encima de un barril lleno de gasolina.Por eso, andar preguntando por la felicidad es un hecho ocioso; o quizá quienes pensamos así estamos rotundamente equivocados, y quizá la gente simplemente sí es feliz.

Erick Zúñiga

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