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Fenómeno populista

 

OpiniónErick Zúñiga

Vidulfo Rosales, representante de los padres de familia de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos, anunció la conformación del Frente Amplio para la Transformación Radical del País. Este anuncio lo hizo en el marco del primer aniversario de la llamada noche de Iguala, la del 26 de septiembre de 2014. Vidulfo justificó la formación del Frente Amplio con las siguientes palabras: “Porque ya no queremos gobiernos oligárquicos, porque ya no queremos sátrapas que nos sigan pisoteando y despojando”. Entre las organizaciones que se unirán a la convocatoria están: la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), y los sindicatos Mexicano de Electricistas (SME), de Trabajadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (SITUAM) y de Telefonistas de la República Mexicana (STRM), también los comuneros de Atenco, los estudiantes de la UNAM, el Politécnico y la UAM. Representantes de algunas de estas organizaciones tomaron la palabra en el Zócalo durante el evento conmemorativo. La demanda fue unánime: la presentación con vida de esos jóvenes.

Demanda imposible de cumplir porque bien se sabe que esa misma noche los asesinaron y los incineraron. Así y todo, la exigencia sirve para mantener en pie una lucha que, desde las primeras semanas, pasó de ser una exigencia de justicia a convertirse, primordialmente, en un proyecto político. Es más, lo que se ha ido conformando alrededor del movimiento de Ayotzinapa cumple con todos los requisitos para ser catalogado como un fenómeno populista.

En efecto, Ernesto Laclau, en el texto canónico sobre el tema, On Populist Reason (London-New York, Verso, 2007), destaca que el populismo se construye a partir de: la formación de una cadena de equivalencias, es decir, el paso de demandas fragmentadas de los distintos movimientos de protesta a la unificación de esos movimientos en torno a una causa común; la apelación al “pueblo” como fuerza opuesta a la oligarquía dominante; la formación de un discurso en el que se echa en el mismo saco a toda la “clase política” con la promesa de erradicarla y sustituirla por una “nueva” dirigencia nacional; el discurso populista habla de crisis de representación para desacreditar a las instituciones de la República y resaltar el valor de la democracia directa, de la llamada “democracia de base”; una de sus tácticas es el boicot a las elecciones; al populismo le es indispensable la ubicación de un enemigo sobre el cual descargar el descontento y el odio, inventar un enemigo al cual echarle la culpa de las desgracias nacionales y coyunturales. Pero sobre todo, el populismo no puede ser explicado sin la presencia de un líder mesiánico.

En mi opinión, el populismo es antagónico a la razón ilustrada, y más cercano al voluntarismo y la pasión. Por eso, el neopopulismo tiene más similitudes con el nazi-fascismo que con el marxismo que, en algunas de sus mejores expresiones culturales, fue la versión más aguerrida del pensamiento iluminista.

Otra característica del populismo es que se construye a través de mitos. Hoy en México, tenemos constancia de esta estrategia: los publicistas interesados han propalado la versión de que lo que pasó en Iguala fue un “crimen de Estado”. Esos publicistas insultan nuestra inteligencia al ocultar a los verdaderos culpables: Los Rojos, Los Guerreros Unidos, el contubernio del PRD estatal y nacional, y los padrinos políticos del matrimonio Abarca-Pineda.

Algunos de estos publicistas no saben para quien trabajan (los “tontos útiles” de los que hablaba Lenin), pero otros saben perfectamente quiénes son sus patrones políticos y empresariales.

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