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Fanatismo

Opinión-colorErick Zúñiga

Al ritmo de la pluma de un sin número de columnistas alrededor de la tierra, el respeto a los dogmas y creencias religiosos lucha contra la prevalencia absoluta de la libertad de expresión en el intento por analizar una serie de eventos calificados como terroristas cuyas consecuencias mortales lamentan tanto las corrientes periodísticas en discordia, como el mundo en su totalidad.

¿Cuál es la opinión más adecuada ante la matanza sucedida en las oficinas del pasquín francés Charlie Hebdo?

Sin duda, la más difundida, aceptada, compartida y pertinente es la condena implacable a la violencia contra el género humano en la modalidad que brota del fanatismo religioso.

Absurdo, indignante, incomprensible, surrealista. Son vastos los adjetivos y sentimientos negativos que saturan la percepción general en torno a tal atrocidad y, sin embargo, existen opiniones que han criticado la martirización de estas nuevas víctimas de la obnubilación religiosa.

Es certeza innegable que la libertad de expresión no debe ser coartada por dogmas cuya moralidad y exiguos beneficios a la construcción de un mundo pacífico e igualitario son evidentemente cuestionables; no obstante, aquellos quienes a su vez empleaban la sátira como arma en contra del statu quo, pudieron haber violentado expresiones culturales cuyo simbolismo y significado debe ser respetado de forma cabal e inteligente.

Criticar las conductas propias de una fe patológica, originaria de un extremismo abyecto, es lícito siempre y cuando la creatividad sea ejecutada de manera adecuada para denunciar sin vulnerar el derecho a practicar cualquier religión; sin estimular la intolerancia y la satanización a otras formas de comprender el mundo o la divinidad.

Desde luego, la caricatura política es una de las formas de expresión más valiosas para la construcción de un diálogo democrático en cualquier estado libre y por ello el ataque a uno de los símbolos europeos de la disrupción y la crítica social es un hecho que debe ser protestado por la comunidad global.

No obstante, a la vez que debe mostrarse solidaridad hacia la denuncia de un hecho que vulnera la libertad de expresión y el derecho a la vida, debe pregonarse igualmente, el inmutable respeto a otras expresiones religiosas enfocando la fuerza de las críticas hacia los actos humanos que no corresponden a una conducta sana para el desarrollo de las sociedades y evitando el fomento de reproches superficiales e insensibles que contribuyen a crear un mundo dominado por el prejuicio, la violencia y la intolerancia.

Se trata de actuar y analizar nuestro acontecer movidos por la congruencia y el respeto: valores cuyos significados hacen posible una democracia más pulcra y benéfica.

Tanto la libertad de expresión como la libertad de religión son dos valores que deben ser protegidos para evitar la ruptura del equilibrio social.

Los países del mundo deben luchar por erradicar la cultura del odio y no por incentivar su evolución.Pelear por un mundo más justo y sin violencia no puede lograrse sin el uso de la razón y un cambio de actitud.

Francia, como México, es hoy un ejemplo de que la decadencia de valores y respeto a los derechos humanos conducen a crisis mayúsculas.Verdaderamente, nada logra justificar un atentado tan despreciable. Sin embargo, nuestra perspectiva del mundo debe cambiar ahora.

Y toda gran transformación comienza desde nuestra actitud hacia la preservación de cada uno de los derechos humanos.

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