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Entendiendo las palabras

 

Opinión-colorErick Zúñiga

En el glosario político nacional hay dos palabrejas tan abominadas que bien podrían ser postuladas para su ingreso al Diccionario de Palabrotas, Sandeces, Blasfemias y Majaderías. “Fuero” y “plurinominal” le caen al ciudadano promedio como patada huérfana. ¡Y cómo no! Si la primera significa impunidad institucionalizada y la segunda beca para la estulticia.

Pero tanto el fuero constitucional de que gozan algunos “desfuncionarios”, como las representaciones parlamentarias proporcionales que disfrutan algunas lacras, tuvieron sendas razones para incorporarse a nuestro sistema político.

Claro, sucede que en México tenemos un especial anti-don para desvirtuar prácticamente cualquier buena idea. No obstante, el fuero se instituyó para salvaguardar a funcionarios públicos de posibles acusaciones infundadas, motivadas por enconos políticos y hasta personales, es decir, para mantener la Gobernabilidad.

Tiene su lógica: digamos que el mítico Lic. Fulanez alcanza una curul, pero sus detractores y adversarios no dejan de atosigarlo con demandas y necedades. Para que Fulanez cumpla las tareas de su cargo, en vez de pasarse toda la gestión preocupado de que lo metan en el bote por puras rencillas políticas, fue que se creó el fuero.

El fuero no fue ocurrencia de ningún connacional, sino que tiene su antecedente en legislaturas más avanzadas como la francesa, nomás que allá se llaman “le fueré”  (se pronuncia “le fuegué”). Que hoy la inmunidad sea excusa para la impunidad es lo malo del asunto.

Lo mismo ocurre con las Diputaciones plurinominales. Uno escucha este pentasílabo y se siente como rimbombante eufemismo de la desvergüenza. Pero la verdad es que estas posiciones parlamentarias también fueron creadas con una loable finalidad: que ciertos sectores minoritarios tuvieran voz en el Congreso.

Desgraciadamente, en la práctica sirven para que Carmen Salinas pedorree una curul y créame, no es “La Corcholata” lo peor que ha llegado por esta controvertida vía a San Lázaro, tan sólo es, de entre lo peorcito, lo más célebre.

Y allí tenemos otra buena idea que se fue directo al queso por culpa de la partidocracia que nos rige (ésta no se la vamos a achacar completa al PRI, ya que todos los partidos tienen su cuota de porquería humana que aportar al servicio público).

No basta el abuso generalizado de estas herramientas políticas para desaparecerlas. Debemos atender y entender el espíritu original con que fueron adoptadas: sin fuero probablemente tendríamos instituciones permanentemente paralizadas, porque los funcionarios se la pasarían respondiendo ante la Ley por acusaciones mutuas, lo cual admito que como espectáculo sería divertido, pero para los propósitos de la nación sería muy poco práctico.

Tampoco me parece del todo idóneo reducir el número de representantes legislativos, de hecho me resulta incongruente para una población en constante crecimiento.

Una nutrida tribuna parlamentaria, que además se da el lujo de tener legisladores de minorías, garantiza en la teoría que nuestros intereses se representen como es debido (dije “en la teoría”, deje de reírse por favor).

Que los partidos políticos hayan convertido todo esto en un pasaporte a los excesos y una forma de embutir en las cámaras representativas a gente sin méritos, puede ser. Pero lo que corresponde es pugnar por adelgazar las prebendas de nuestros representantes; los regidores ni siquiera deberían gozar de salario; los legisladores quizás, pero no tan obsceno, y deberíamos tener más altos estándares para acceder al Congreso (estándares, no requisitos, porque luego se volvería excluyente).

 

Águila o Sol

De: Prof. Monjardín

Historia de película

Hace 523 años Cristóbal Colón, el navegante genovés, pisaba tierras americanas, en lo que el mundo conmemora como “el descubrimiento de América”. No fue en realidad un descubrimiento, porque ya el continente (que tampoco es nuevo, sino tan antiguo como los demás) estaba poblado por diferentes culturas y civilizaciones. Fue el inicio de una conquista que marcó la historia para siempre. Viéndolo bien, no fue hace tanto. Nos parece mucho dado el avance del conocimiento humano en estos cinco siglos, pero en términos geológicos es un parpadeo.

Hoy seguimos con lejano interés las noticias sobre una posible misión tripulada a Marte. Los científicos dicen que estamos a unos 15 años de lograr esa meta. Todo dependerá de los presupuestos que gobiernos o particulares estén dispuestos a invertir, pero en 15, 20 o 30 años estaremos colocando a humanos en Marte. Es nuestro destino como especie. Y es, también, nuestra única posibilidad de supervivencia, porque tarde o temprano la Tierra dejará de ser el planeta de suave clima y condiciones perfectas para el desarrollo de la vida.

Andy Weir es un joven estadunidense que comenzó a trabajar a los 15 años como programador en un laboratorio médico. Desde niño le apasiona la física cuántica, la ingeniería de mecánica orbital y la historia de la exploración espacial.

Weir empezó a publicar en su blog la historia de un astronauta varado en Marte, y los problemas que enfrentaba para sobrevivir, mientras se montaba una operación de rescate. Iba capítulo a capítulo, y escribía en forma de un diario.

La historia comenzó a interesar a varios científicos de la NASA y otras instituciones dedicadas a la ciencia espacial, que regularmente le señalaban a Weir errores en sus planteamientos científicos y, a veces, hasta soluciones posibles a los líos que enfrentaba su protagonista. Así, poco a poco, la novela fue tomando forma hasta que finalmente quedó lista.

Ya completa, Andy Weir primero la bautizó con el nombre The Martian (no sé si hay ya traducción al castellano, ni si se llama o llamará “El Marciano”). Luego, la publicó como un libro en línea, o ebook. Ante el éxito, rápidamente vendió los derechos a una editora grande, y lleva vendidas millones de copias, además de la edición digital.

 Ahora, ya es película, y está en cartelera en este momento bajo el nada imaginativo título de Operación Rescate (nunca sabré por qué los traductores de Hollywood nos consideran retrasados mentales, y piensan que no somos capaces de captar un título que no sea primitivamente descriptivo. Además, usualmente revelan el final. Tan fácil que hubiera sido ponerle “El Marciano”. En fin).

Desde luego que la novela no ganará el Premio Nobel de Literatura, aunque la película bien puede llevarse un Oscar. Si se quiere pasar un buen rato,  vale la pena. De lo que puedo hablarles, que es el libro, me resultó, además de entretenido, novedoso en el sentido de que el protagonista, en lugar de luchar dramáticamente contra la adversidad y ganar la épica batalla contra la naturaleza, toma las cosas con humor y filosofía, y por ello resulta un personaje con quien uno se identifica fácilmente, lo que permite ponerse en sus zapatos sin tirarse a la tragedia.

Pero a lo que voy: esto ya no es ciencia ficción. Es un escenario y una historia no sólo plausible, sino probable, no en el detalle, pero sí en las condiciones. Y una cosa queda clara: llegar a Marte y más allá costará vidas, tal vez muchas. Para la humanidad, acabará valiendo la pena.

Cosas que suceden

Este día, en México, algún político —en colusión con algún empresario— hará un arreglo ilegal. También algún policía se entenderá con quien no debe. Algún dirigente engañará a sus bases con promesas y propuestas demagógicas. Alguien intentará privatizar un espacio público. Otro gritará mentiras y vandalizará lo que pueda. Y no suele faltar quien asesinará con sevicia a otro ser humano a quien considera un obstáculo para su actividad criminal.

Todo eso sucede en México y —cuando se puede averiguar— es dado a conocer por los medios de comunicación. Así debe ser, porque parte de la tarea de los medios es vigilar, denunciar y criticar las cosas que están mal.

Pero también en este día, millones de mexicanos —muchos más que los de la primera lista— trabajarán y estudiarán honestamente, dando lo mejor de sí. Habrá miembros de las fuerzas del orden que enfrentarán con decisión a la delincuencia. También muchos se lo pasarán elaborando planes para que la gente viva mejor.

Cientos de médicos y enfermeras salvarán vidas irrepetibles. Miles expresarán con libertad sus puntos de vista, y seguirán organizándose en defensa de intereses legítimos. Habrá quienes generen proyectos capaces de dar empleo a otras personas y quienes pongan en acción su creatividad, para que entendamos mejor nuestra vida. Habrá científicos que escudriñan la realidad con las armas de la inteligencia y maestros que pasen sus conocimientos a las nuevas generaciones.

Todo eso sucede en México, pero es poco común que los medios de comunicación le den la importancia que merece. Lo estridente suele ser más atractivo, más entretenido, más “vendedor”. El cristal negro se confunde con el “México real” (como si fueran irreales los millones de ciudadanos que contribuyen a sostener este país) y un cristal realista y equilibrado es confundido, a veces, con insuficiencia de sentido crítico.

Esperanza ante la realidad

Si los medios de comunicación deben entenderse, al menos parcialmente, como conciencia de la sociedad a la que sirven, deben ser capaces de ejercer la crítica directa sobre los problemas, las carencias, los errores y las atrocidades que la afectan. Pero, precisamente para servir como conciencia efectiva, deben también notar los éxitos, los avances, las cosas positivas que la ayudan a salir adelante.

Ese es el sentido último del Premio Crónica. De los millones de mexicanos que todos los días trabajan para hacer de la nuestra una sociedad mejor, esta casa editorial distingue a unos cuantos de ellos, que se han destacado durante años en diversas áreas del quehacer humano. Los presenta como ejemplo de lo que somos capaces de hacer y de construir.

Muy pocas veces estos mexicanos han sido objeto de la atención que se merecen en los medios. Su trabajo suele ser callado y discreto, aunque sus frutos sean muy ricos.

Suelen preferirse el escándalo, los dimes y diretes, las denuncias al por mayor, a los que suele travestirse de valentía periodística. El resultado —a veces intencionalmente buscado— es la formación de una suerte de coraza desmovilizadora en la sociedad, de una cultura del cinismo y de la desesperanza (o la esperanza en soluciones mágicas, que es casi lo mismo).

Precisamente porque pensamos que, entre otras cosas, México requiere de esperanza, basada en la crítica de la realidad, pero también en la construcción de una nueva realidad, es que se estableció el Premio Crónica. Cada año, se ha reconocido con él a quienes portan consigo, a través de su trabajo fecundo, la esperanza de una nación más justa, más abocada a las cosas relevantes, más conocedora de sus valores y, por ello, más capaz de afrontar sus retos y dificultades.

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