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En voz de todos

Opinión-colorErick Zúñiga

El voto electrónico llama la atención de propios y extraños. Promete eficientar y abaratar las elecciones. Su adopción generalizada representa retos y oportunidades de entidad superlativa que merecen reflexión seria, principalmente en materia de fiabilidad en su desempeño y uso amigable para el votante.

Esta expresión de los comicios modernos apareció con fuerza inusitada en los Estados Unidos un poco después de la controvertida elección presidencial del 2000, con la aprobación de la ley denominada Ayuda a América a Votar, que ofreció fondos por cerca de 3 mil millones de dólares a los estados que modernizaran sus equipos receptores de votos.

A partir de la elección intermedia norteamericana de 2002, los estudiosos empezaron a revisar la vertiente electrónica de los comicios. Desde entonces, la investigación y la bibliografía han crecido exponencialmente pero sobre todo las relativas precisamente a la seguridad de los sistemas y a la interfase entre el elector y el equipo receptor de su sufragio.

En el reciente libro Haciendo las preguntas correctas sobre el voto electrónico se nos presentan 74 preguntas relevantes que cualquier autoridad electoral debería estar haciéndose. Según el prefacio, el Consejo Nacional de Investigación (CNI) realizó un amplio coloquio con el objeto de obtener una mejor comprensión de los temas del voto electrónico.

Asistieron por igual científicos de la computación, expertos en tecnología de la información, peritos en seguridad tecnológica, especialistas del diseño de uso, conocedores del manejo de grandes sistemas, politólogos, autoridades electorales, activistas de derechos civiles, etc.

Con la información obtenida, el CNI decidió resaltar los cuestionamientos pertinentes más que ofrecer respuestas eruditas. La intención primaria del reporte es describir algunas de las preguntas y asuntos relevantes que deberían hacerse los funcionarios electorales, gobiernos y ciudadanos informados relativos al uso de computadoras y tecnología de la información en el proceso electoral en general, centrando así la atención del debate público en asuntos técnicos y de política pública que necesitan resolución.

Al advertir que el catálogo de preguntas que ofrecen no debe ser interpretado como un voto de confianza o una condena al voto electrónico, reseñan los siguientes descubrimientos:

Primero, los sistemas electrónicos de votación ofrecen potencial para la administración electoral, que es una mejora respecto de lo que actualmente se tiene. Sin embargo, la completa realización de ese potencial requiere el compromiso de la nación, los estados y las jurisdicciones locales en esa ruta.

Segundo, la viabilidad de los sistemas electrónicos de votación se debe juzgar sobre la base de si su uso representará o no avances sustantivos y no marginales en el proceso entero de la administración electoral; por ejemplo, hacerla más eficiente, menos cara y más confiable y segura.

Tercero, las decisiones sobre la viabilidad de los sistemas de voto electrónico no se deben limitar a las características y fallas de los sistemas conocidos a la fecha, pues los avances tecnológicos en este campo se dan en lapsos muy breves. Cuarto, los procesos electorales confiables deben ser considerados como la regla de oro de la administración de las elecciones. Las elecciones confiables incrementan la percepción de un juego justo, aun de los perdedores.

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