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El riesgo de que todo siga igual

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Si uno atiende a los resultados electorales de 2012 y luego revisa las principales encuestas nacionales rumbo a las elecciones intermedias de 2015, encontrará que las preferencias político-partidistas casi no se han movido a lo largo de estos tres años. Es un dato que resulta, a primera vista, desconcertante.

Recordemos que Enrique Peña Nieto, impulsado por el PRI y el PVEM, obtuvo hace un trienio cerca del 38 por ciento de los votos válidos; Andrés Manuel López Obrador se quedó como poco más del 31 por ciento, en una coalición que incluía al PRD, PT y Movimiento Ciudadano; Josefina Vázquez Mota, del PAN, tuvo arribita del 25 por ciento y Gabriel Quadri, de Nueva Alianza, menos del 3 por ciento.

Hoy, esos porcentajes se repiten en las encuestas, con la salvedad de que los votos del Movimiento Progresista ahora se encuentran pulverizados entre los tres partidos que postularon a AMLO, y Morena, la organización creada por el mismo dirigente.

¿Qué pasó? ¿A poco los mexicanos somos tan poco dialécticos? ¿Por qué las diferencias respecto al pasado son casi marginales, si hemos vivido una montaña rusa política a lo largo de estos tres años? ¿De verdad son tantos brincos para llegar a dónde estábamos en un inicio?

El asunto hay que analizarlo por partes, en el entendido de que las encuestas al inicio de campañas son, como se ha insistido, sólo una fotografía –un tanto borrosa- de la opinión pública y no una predicción de resultados.

Por una parte, tenemos un indicador importante, que es el índice de aprobación al presidente Peña Nieto y su gestión. En todas las mediciones, EPN pasó de una brecha de aprobación positiva de hasta 24 puntos, a una negativa, que ha alcanzado los 18 puntos. Se trata de un movimiento fuerte, ya que implica que dos de cada cinco mexicanos dejaron de aprobar la gestión presidencial.

La cota de aprobación más alta que alcanzó Peña Nieto coincidió con el encarcelamiento de Elba Esther Gordillo. El punto más notable de esta inflexión fue en septiembre de 2013. El nivel más bajo de apoyo fue en diciembre de 2014, y parece recuperarse muy lentamente.

En los tres sexenios anteriores ha ocurrido algo similar con los Presidentes de la República: Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón perdieron notablemente popularidad a lo largo de los primeros años de sus respectivos gobiernos. Hay que decir que los tres tuvieron que enfrentar resultados adversos en las elecciones intermedias. ¿Por qué ahora no parece que será así?

Hay varias explicaciones posibles. La primera, obviamente, es que todas las encuestas estén mal. Pero parece improbable que toda la industria demoscópica cometa el mismo error y en proporciones similares. Tampoco se sostiene la idea de un supuesto efecto teflón entre el Presidente y su partido: jamás ha habido alejamiento entre ellos, ni siquiera “sana distancia”.

Es necesario adelantar otras hipótesis, desmenuzando sus elementos. Creo que sólo se sostienen, medianamente, dos de ellas: la que subraya el papel de la economía y la que aborda el desprestigio general de la clase política.

Hay una correlación notabilísima entre el Índice de Confianza del Consumidor y la aprobación hacia Peña Nieto. De hecho, los cambios en uno y en otra han sido paralelos. Los peores momentos de EPN han coincidido con bajas en el Índice, y viceversa. Sucede que después de un año a la baja, el ICC tuvo recientemente cinco meses seguidos de incremento. En esta lógica economicista, la persistencia de estabilidad, a pesar de los signos de estancamiento, es suficiente para mantener esa misma estabilidad en las preferencias electorales.

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