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El regreso al populismo

 

Opinión-colorErick Zúñiga

El presidente Enrique Peña Nieto se ha referido en sendas ocasiones al populismo. Una, el 2 de septiembre, en el mensaje relativo a su Tercer Informe de Gobierno. Allí se refirió al riesgo de creer que “la intolerancia, la demagogia o el populismo son las verdaderas soluciones… Ésta es una amenaza recurrente que ha asechado a las naciones en el pasado, hay ejemplos en la historia en donde los sentimientos de inconformidad tras crisis económicas globales facilitaron el surgimiento de doctrinas contrarias a la tolerancia y a los derechos humanos”. La insatisfacción social nubló las mentes, desplazó la razón, permitiendo el ascenso de regímenes que prometieron resolver los problemas en un santiamén. Pero en vez de solucionar los desafíos, llevaron a sus pueblos al encono, la discordia, echaron abajo instituciones, socavaron los derechos y las libertades de la población.

En esa misma alocución, el titular del Poder Ejecutivo enfatizó: “Vamos a responder con visión de Estado, con claridad de rumbo y compromiso; vamos a demostrarnos a nosotros mismos que somos una nación con proyecto y rumbo”.

El blanco polémico había sido fijado y Peña Nieto encontró una segunda oportunidad para referirse a él en la 70° Asamblea General de la ONU. Allí habló, el 28 de septiembre, sobre el tópico en los siguientes términos: “Con las crecientes desigualdades, una crisis económica que no cede, y con una frustración social, el mundo de hoy está expuesto a la amenaza de los nuevos populismos. Populismos de izquierda y de derecha, pero todos riesgosos por igual”. Se trata de un sistema de gobierno que optó por dividir a las sociedades, sembrar el odio y el rencor.

¿Cómo encarar el reto del populismo? La batalla de las ideas es, también, una batalla política. Echando mano de “la lección de los clásicos” vale la pena revisar el capítulo II del libro V, de Los seis libros de la República escrito por Jean Bodin (1530-1596). El autor escribe: “La más común de las causas de los desórdenes y revoluciones en los estados siempre ha sido la enorme riqueza de un puñado de individuos, y la enorme pobreza del resto de la población”.

El remedio para evitar la caída en la dictadura o en la demagogia consiste, para este autor, en prevenir la polarización social. La desigualdad extrema es la madre de todas las calamidades. Por eso Bodin admira a los griegos y romanos que tuvieron cuidado en no concentrar demasiado la riqueza. Ellos sabían bien que la justicia provoca armonía, mientras que la injusticia produce desorden. El equivalente de la demagogia antigua es, precisamente, en nuestro tiempo, el populismo.

Preguntemos, pues, ¿qué es lo que produjo el regreso del populismo? La respuesta es inequívoca: las políticas económicas neoliberales. Esa estrategia económica propició la acumulación del dinero en unas cuantas manos y la masificación de la pobreza. De allí han brotado los sentimientos de inconformidad, insatisfacción y frustración sociales a las que se refirió Peña Nieto como “caldo de cultivo” del populismo. Luego entonces, hay que poner atención en esta otra vertiente, es decir, en el origen del problema para que demagogos como Andrés Manuel López Obrador, Jaime Rodríguez El Bronco y Vidulfo Rosales, no sigan haciendo leva de los males que aquejan a la Nación.

Dicho de otro modo: para evitar el populismo debemos tener presente esta relación causa-efecto. A principios de los ochenta se nos vendió la idea de que el libre mercado, la apertura comercial, las privatizaciones, la restricción del gasto público, la promoción del auto-interés, el cálculo racional egoísta, el descrédito de la justicia social, era lo mejor para “modernizarnos”. Empero, luego de tres décadas de aplicación a raja tabla del dogma neoliberal, este experimento dejó tras de sí una estela de desgracias sociales: marginación, desempleo, juventud sin expectativas, crimen y graves rezagos.

Águila o Sol

De: Prof. Monjardín

Inició una nueva etapa

Cada vez que presenciamos un evento del proceso de licitación de las áreas petroleras, observamos, en vivo, la franca privatización de la industria energética mexicana. Por cada éxito que se dice alcanzar al licitar un área petrolera, se da un paso hacia adelante en el desmantelamiento de Pemex, al quedar relegado y, por si fuera poco, se omite el pago de los costos por exploración ya realizados de las áreas que ahora se entregan a empresas privadas.

Cuando las leyes secundarias de la reforma energética habían sido aprobadas, el director general de Pemex, Emilio Lozoya, afirmó que la empresa que dirige se fortalecería y que, gracias a la más importante reforma estructural, sería más rentable en el futuro. Hoy, la caída de los precios del petróleo y los bajísimos niveles de producción alcanzados por Pemex lo tienen en jaque.

La compañía Moody’s Investors Service evaluó, en agosto pasado, mantener o no la calificación crediticia de Pemex que hoy es de A3, considerando que tan sólo en el primer semestre de 2015 la deuda de la compañía creció hasta un récord de 85 mil millones de dólares y enfrenta un horizonte de rentabilidad muy limitado.

Adicionalmente, la segunda fase de la Ronda Uno de licitaciones que contemplaba nueve campos petroleros agrupados en cinco contratos resultan tener una deuda con la ahora empresa productiva del Estado, Pemex, ya que los gastos en exploración efectuados desde hace una década deben ser compensados en virtud de tratarse de inversiones hechas con anterioridad y que hoy permiten que esos pozos sean atractivos a las empresas privadas que participan en las licitaciones.

Así lo marca el artículo sexto transitorio de la reforma constitucional en materia de energía, el cual señala que como resultado del proceso de adjudicación de asignaciones para realizar las actividades de exploración y extracción, si se afectaran inversiones de Petróleos Mexicanos “éstas serán reconocidas en su justo valor económico en los términos que para tal efecto disponga la Secretaría del ramo en materia de Energía”.

Esto quiere decir que no serán las empresas privadas que obtuvieron las licitaciones quienes paguen las inversiones que Pemex ya había realizado, sino será la Secretaría de Energía quien determine la compensación “justa”, a cargo del presupuesto, que el Estado le haga a su propia empresa productiva. Hasta hoy, ni siquiera se ha determinado el monto del pago por dichas inversiones.

Los nueve pozos contemplados en los cinco contratos de la fase dos de la Ronda Uno, todos ellos cuentan con reservas denominadas 1P, 2P y 3P, es decir, reservas probadas, probables y posibles. Se trata de pozos con el menor grado de incertidumbre para obtener los volúmenes de petróleo estimado en los estudios de exploración y en aquellos que ayudan a establecer la magnitud de las reservas, en aguas someras, a cuarenta metros de profundidad. En resumen, son los más jugosos y las empresas privadas sólo tienen que venir a extraer el petróleo, sin arriesgar en costos de exploración ni pagar a Pemex por haberlo hecho.

De los 19 contratos que en total se han licitado en las dos fases de la Ronda Uno, sólo se han asignado cinco, es decir, que el gobierno federal cuenta con un 26 por ciento de efectividad, o bien, que sólo uno de cada cuatro contratos logra el interés efectivo de las empresas petroleras privadas y es asignado. Esto constituye un rotundo fracaso. Seguimos sin ver el interés de las grandes empresas como Exxon, Chevron y Shell que tanto se pregonó al publicitar la reforma energética.

El propósito es privatizar la industria energética, dejar a Pemex languidecer, actuar con opacidad y ofrecer a los mexicanos un futuro fincado en el falso optimismo.

Grave peligro

El narcomenudeo puede traer la noche al estado. Lo escribo aquí sin ánimo de alarmar pero sí de que no se dejen pasar indicios de algo que puede transformarse, en poco tiempo, en una crisis de seguridad de grandes dimensiones, equiparable a la que han padecido  otras entidades de la república cuyos nombres todos conocemos.

El narcomenudeo es fuente creciente de episodios de violencia. Su crecimiento exponencial entre nosotros, me preocupa escribirlo pero no hay otra explicación, no se entendería sin la complacencia o franca complicidad de policías. No sé cuántos ni a qué nivel. Las narco tienditas surgen por todos lados. Sus operadores actúan con creciente cinismo. Muchas veces ya no se toman la molestia de ocultarse.

Me ha tocado escuchar testimonios de gente confiable que ha presenciado saludos fraternos entre policías y narcos a plena luz del día. Justo como ocurría en Lázaro Cárdenas, Michoacán, con sicarios de La Familia y policías. Ante esto no hay ninguna necesidad de que en la ciudad opere un cártel como sucede en estados como Jalisco, Tamaulipas o Guerrero. Seguramente usted, amable lector, está al tanto de lo que digo y sabe que cada día hay más consumidores. Un mercado creciente equivale a una masa delincuencial en ascenso.

¿Cuál es el peligro? El principal, me parece, es que se está creando ante nuestros ojos, sin que hagamos nada por evitarlo, una masa de delincuentes que una vez acostumbrados a las ganancias ilícitas ya no regresarán a la vida laboral formal. De hecho, además de vender drogas roban autos, cuentahabientes, secuestran, violan y comienzan a cobrar derecho de piso. Jóvenes que no estudian ni trabajan  son el ejército de reserva que nunca se acaba.

Ni los consumidores habituales, ni los medios, ni las autoridades están tomando cartas en el asunto. No estoy en contra de que se abra un debate serio sobre la legalización de las drogas, en particular la mariguana en la ciudad. Metrópolis americanas ya lo han hecho. Dejan fumar y producir mariguana por esparcimiento y negocio. Pero mientras su comercio sea una actividad ilegal aquí, ninguna autoridad, mucho menos la policía puede voltear para otro lado y luego pasar por su renta.

Ganaron los consumidores

Con la reciente resolución del Instituto Federal de Telecomunicaciones (Ifetel) que encabeza Gabriel Contreras, quedó claro que en el mercado de la televisión por cable la competencia no está determinada por los contenidos televisivos tradicionales sino por la convergencia en servicios de voz y datos y las nuevas ofertas que de ello surge.

El Ifetel se arriesgó a las críticas que lo señalarían como un benefactor de los intereses de Televisa; sin embargo, resulta que el organismo que regula las telecomunicaciones observó, antes que nada y a expensas de su popularidad, los intereses de los consumidores que necesitan más y mejores ofertas en telefonía e internet, en otras palabras de más redes.

Las cableras se transformaron en verdaderas empresas de telecomunicaciones sin mucho tiempo y menos recursos mientras el gigante de la telefonía contaba con grandes recursos para comprar los mejores contenidos y librar una batalla en dos terrenos.

Así, el Ifetel en una controversial resolución apostó por los consumidores al considerar que, al menos por ahora, Televisa no tiene una posición dominante en el negocio del cable. Ahora, sin embargo, podrían confundirse los enfoques de algunos analistas que piden para Telmex el ingreso a la televisión al modificar su título de concesión. ¿Ya dejó Telmex de obstaculizar la competencia? Ese es otro de los grandes retos que debe asumir el pleno del Ifetel.

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