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El problema a la vista de todos


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Erick Zúñiga

Los mexicanos somos especialistas en burlarnos de la tragedia y hacer con ella, todo tipo de teorías conspiratorias. Nos encanta la especulación y en ese afán nos olvidamos de los hechos, de las razones.

Sin embargo, más allá de ello, no deberíamos perder de vista la gran cantidad de problemas que va acumulando el gobierno federal: Tlatlaya, Ayotzinapa, el escándalo de la ‘casa blanca’, los maestros de la CNTE y ahora la fuga de Joaquín El Chapo Guzmán; los cuales nos provocan un gran daño como sociedad.

La fuga de El Chapo se suma a los problemas y pone de manifiesto, una vez más, la vulnerabilidad de un Estado mexicano minado por la corrupción, así como la de una administración con serios problemas de eficacia y eficiencia, donde se vuelve muy difícil distinguir lo que es legítimo de lo que no lo es.

La fuga del narcotraficante, a través de un túnel de mil 500 metros de longitud, construido a 10 metros de profundidad, en un tiempo mínimo de seis meses y que salió directamente al piso de la regadera de su celda, es un golpe atroz para las autoridades. Menos lastimoso hubiera sido que El Chapo se hubiera ido por la puerta principal, como lo hizo del penal de Puente Grande, en Jalisco, en 2001.

Esta nueva fuga, 14 años después de la primera y un año cuatro meses luego de su reaprehensión, deja en evidencia la capacidad de infiltración que tiene en el país el crimen organizado.

Y es que lo reconozcan o no las autoridades, el escape de Guzmán Loera fue un gran operativo que requirió de una excelente estrategia, por lo que no sólo es la impecable construcción del túnel, sino también complicidades, corrupción en todos los niveles, omisión y/o distracción de las autoridades, falta de profesionalismo, ineficacia e indolencia. Sin todos los ingredientes del cóctel, éste no hubiera sido tan perfecto.

Ante toda esa confabulación de hechos, lo más elaborado que se le pide al gobierno es cortar cabezas, pero no se busca que despidan a funcionarios menores, no, sino a altos mandos y hasta secretarios de Estado. En la inmediatez se pierde de vista lo importante. Más allá de nombres y cargos, lo que realmente se tiene que cambiar son los métodos, los conceptos, las estrategias, las estructuras.

La fuga de Joaquín El Chapo Guzmán solamente nos muestra, una vez más, el grave problema que tenemos como país: la corrupción. El problema es la corrupción y la gran vulnerabilidad –en todos los niveles– que tenemos ante ella.

Nuestro avance como país en el tema de la corrupción no va al ritmo que debería. Existen mínimos logros que se pierden frente al monstruo que enfrentamos; ello, de manera general, por la reciente Ley Anticorrupción.

Pero en el tema de la seguridad, no se ha podido hacer nada para blindarla, ni  siquiera se ha construido una base de seguridad pública que lo permita. Creemos que aumentando presupuesto en materia de seguridad se resolverán por sí solos los problemas. Nada más alejado de la realidad. Los hechos lo confirman.

Acabar con la corrupción en todos los ámbitos, pero principalmente en materia de seguridad, requiere acciones de fondo. El diagnóstico está –desde hace ya varios años–, pero falta la voluntad de comprenderlo, atenderlo y con base en él cambiar lo que está mal, lo que no funciona y empezar una reconfiguración de lo que debería ser un verdadero andamiaje de seguridad que abarque todas las instituciones y territorios. Desafortunadamente, falta mucha voluntad para cambiar el estado de las cosas.

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