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El papa Francisco en México

 

OpiniónLa visita del papa Francisco cada día adquiere mayor impulso político y no religioso. El prelado está en lo suyo: esparcir y consolidar los evangelios. Los políticos, que antes presumían su laicismo, ahora están también en lo suyo: buscar votos entre una población mayoritariamente católica.

No es la primera vez que un Papa nos visita, de tal suerte que conocemos la manera en que políticos y funcionarios se conducen. He procurado mantenerme al margen de la visita, como periodista y como ciudadano. Estudié en escuelas laicas y en ellas me quedé ideológicamente. Cuando el papa Juan Pablo II nos visitó las autoridades estuvieron atentas a recibirlo, para conservar las formas, anticiparon que se trataba no de la visita del más alto jerarca del catolicismo, sino de un hombre en misión estatal, representando al diminuto Estado Vaticano. Alguien tuvo la idea de reunir a Karol Wojtyla con los intelectuales de México. Entre los invitados, me colaron a mí, modesto escritor de novelas y cuentos, director de un suplemento cultural en Excélsior. Uno de los miembros de la organización que preparó el encuentro con el Papa fue alumno mío y supongo que él me incluyó. A mi vez, yo invité, aprovechando mi “influencia” a dos amigos míos cercanos en esa época: Edmundo Domínguez Aragonés y Raúl Cremoux.

Pero el problema, pensé, no era la presencia del Papa en la Biblioteca México, sino de dónde sacarían ¡1,500 intelectuales! Entre ellos estaban Octavio Paz, Margarita Michelena, Óscar Oliva, Elva Macías, Leopoldo Zea, Eraclio Zepeda, Griselda Álvarez, Elsa Cross, Juan José Arreola, Juan Ortega y Medina, Carlos Bosch, Elisa Vargas Lugo, Luis G. Basurto, José Luis Cuevas, Homero Aridjis, Guillermo Tovar y de Teresa, Pedro Ramírez Vázquez, Miguel Ángel Granados Chapa, Silvia Pinal, Ricardo Rocha y docenas y docenas más. Pero éstos, digámosle intelectuales, no bastaban para llenar la cuota de seres pensantes que la Mitra mencionó, así que llenaron el lugar con acarreados extraídos del cine, la televisión y familiares de políticos.

Me correspondió un sitio cerca del Papa, porque quien habló ante su Santidad fue mi querido amigo el Dr. Silvio Zavala, uno de los mayores historiadores del orbe. Mientras aparecía don Karol Wojtyla, Zavala me dijo que publicara íntegro en El Búho su discurso, pues lo habían censurado. Hubo entonces dos versiones, la que apareció impresa en el suplemento y la que circuló oficialmente.

Cuando el Papa apareció, los 1,500 intelectuales comenzaron a cantar, a echarle porras, a pedirle milagros y la canonización de algunos mártires cristeros. La mayoría rezaba. El ruido era ensordecedor, una obesa y afamada cantante de ranchero saltó las sillas con agilidad para quedar cerca del Papa y entregarle un papel. La hermana del presidente López Portillo, Margarita, se paseaba dirigiendo plegarias al cielo o al techo de la Biblioteca México. Lo asombroso es que la mujer cargaba un enorme y pesado crucifijo.

Luego supe que Fernando Benítez, Rufino Tamayo, Víctor Flores Olea, Vicente Rojo y Gabilondo Soler, Cri-Cri, se negaron a asistir a aquella reunión hoy olvidada. Quedan los textos de Silvio Zavala, el censurado y el que las autoridades eclesiásticas distribuyeron, las reseñas y crónicas de periodistas serios y desde luego montones de fotos. Feliciano Béjar tronó en plena ceremonia: “Estoy terriblemente desilusionado. Nunca he ido a una cosa de rock and roll, pero me imagino que pasa igual que aquí. Además, de dónde salieron estos intelectuales, porque yo no conozco más que a cuatro. Estamos jodidos. Acepté venir porque soy católico, porque tenía muchos deseos de venir, pero estoy totalmente desilusionado. Todas sus palabras (de Juan Pablo II) en el recorrido me habían parecido maravillosas, pero veo que todo esto es una pachanga, prefabricada, que de cristianismo no tiene nada; somos una bola de cretinos en el fondo, presumiendo aquí que estamos invitados. Es totalmente un circo.”

Águila o Sol

De: Prof. Monjardín

Democracia y pactos

Sabemos que en 1910 Francisco I. Madero contendió con Porfirio Díaz por la Presidencia de la República. Lo que sucedió después se conoce como Revolución Mexicana. La Constitución vigente en 1910 había sido promulgada el 5 de Febrero de 1857, con Ignacio Comonfort en la Presidencia. En esos años, el País intentaba dar sus primeros pasos tras varios decenios convulsivos. Liberales y conservadores seguían enfrentados a muerte, algunos pensaban, incluso, volver a llamar a Santa Anna el salvador de la patria, cualquier acuerdo parecía imposible.

No cumplía su primer año la Constitución del 57 y ya había quienes pedían su abrogación. El propio presidente Comonfort se sumó al bando que se oponía a la Constitución liberal que él impulsó. Pronto sus aliados lo abandonaron orillándolo a renunciar a la Presidencia y salir del País. Juárez, como Presidente de la Suprema Corte de Justicia asumió interinamente el cargo. Los bandos siguieron enfrentados, hasta que Porfirio Díaz se hizo con el poder y gobernó a su manera, la Constitución, como tal, era lo de menos.

Regresemos a la Revolución. Después de la breve lucha armada, Díaz se exilia en París, y tras el interinato pactado en Ciudad Juárez, unificada la oposición a los “Científicos” y a Díaz, Madero ganó las elecciones y asumió la Presidencia. Se dice que el País festejó esa elección. Pero aunque venció en las elecciones, fue incapaz de preservar la unidad para conservar el poder.

Apenas terminaba el primer año de Gobierno, cuando diferentes facciones del movimiento armado empezaron a manifestar su inconformidad con el Gobierno de Madero. Zapata fue, sin duda, el más inconforme, junto con Pascual Orozco.

Para hacer frente a sus antiguos aliados, Madero, creyó en la institucionalidad del ejército y acudió a Huerta para enfrentar a sus ex aliados: Orozco, Villa y Zapata. Huerta derrotó al primero y lo orilló a salir del País, aunque más tarde lo hizo su aliado y juntos derrocaron a Madero.

Tras el golpe de 1913, Huerta enfrentó a Carranza, Obregón, Villa y Zapata. Al tiempo perdió el poder y se exilió. Le siguió en el poder Carranza, que en medio de ese torbellino, impuso al Congreso Constituyente, en 1917, una nueva Constitución y combatió a Villa y Zapata apoyado por Obregón, quien a su vez, se alzó contra Carranza. Una vez en el poder, Obregón muere asesinado y el ganancioso fue Calles. Hemos dado en llamar Revolución Mexicana a esa lucha caudillista. En medio de ella, nació el máximo ordenamiento legal de México, que vivió sus primeros 12 años inmersa en guerras, traiciones y enfrentamientos por el poder. Como sucedió con la de 1857, su aplicación fue mínima.

En 1929, Calles convocó a los caudillos y fuerzas dispersas de la lucha armada. Casi dos decenios de masacre, le hicieron ver que un Gobierno duradero tendría que repartir porciones de poder entre las fuerzas que lo ambicionaban. Así nació la tercera dictadura nacional, el tercer pacto antidemocrático del México independiente. Los pactos precedentes para imponer un orden que la democracia no había podido instaurar, fueron encarnados por Santa Anna y Díaz. El tercer intento, en 1929, se acordó como un pacto entre caudillos y habría de guiar a nuestro País en el siglo XX. No fue un Congreso electo por el pueblo, ni un pacto basado en una Constitución lo que dio vida y forma al nuevo régimen.

Los pactos que dieron gobernabilidad al País se hicieron al margen de una Constitución que tiene sus aciertos pero también cierto tufo autoritario. Hoy en día carga infinidad de reformas, fruto coyuntural de nuestras desconfianzas. Lo cierto es que nuestra Constitución nació muerta, porque fue diseñada para controlar un México convulsionado, no para construir, ni para hacer el bien o el mal. Mientras no generemos un nuevo pacto nacional en democracia y para la democracia, el estancamiento político y sus efectos secundarios serán parte de nuestra vida cotidiana.

Solo los videntes

Anticiparse al futuro constituye, sin lugar a dudas, un talento a cuyos misterios todo ser humano ha deseado acceder desde el principio de los tiempos. Y no solamente los humanos, pues el rebelde agente Smith -con todo y su naturaleza cien por ciento digital- tenía como obsesión apoderarse de las capacidades de anticipación poseídas en exclusiva por “el oráculo” de la Matrix, el universo ideado por los hermanos Wachowski.

Y para encontrar atajos hacia el futuro los humanos de todos los tiempos hemos utilizado todas las rutas imaginables: desde la interpretación del curso de las estrellas hasta la formulación de complejos algoritmos procesados por súper computadoras, pasando por un larguísimo etcétera.

El origen de la obsesión es simple: desde tiempos inmemoriales, los humanos hemos tenido muy claro cómo, quien es capaz de anticiparse al futuro, se encuentra en ventaja respecto del resto de sus congéneres. Y el poder en tal circunstancia contenido es -como la famosa tarjeta de crédito- priceless.

La gran pregunta es, desde luego, cómo se accede al conocimiento del futuro y, sobre todo, cómo se accede en exclusiva, pues sólo así se logra una ventaja competitiva digna de ser llamada tal. Obviemos lo obvio y dejemos de lado el amplísimo catálogo de la charlatanería, aún cuando sus exponentes y productos siguen teniendo muy amplio mercado en nuestros días.

Concentrémonos mejor en el “ala seria” de los augures, en el segmento “científico” del mercado de la futurología, en el conjunto de quienes, aún pareciéndose a los nigromantes, son capaces de ofrecernos, además de sus predicciones, alguna explicación más o menos lógica del método empleado para enunciarlas.

Oráculos o economistas

Múltiples ejemplos de vaticinador pueden encontrarse en el terreno de la ciencia, pues ciertamente los científicos representan, al menos en nuestros días, la forma evolucionada de los adivinos del pasado, gracias a la sistematización y perfeccionamiento del método intuitivo empleado en primera instancia por sus predecesores.

Los meteorólogos, por citar un ejemplo común y cercano, constituyen el prototipo de agorero al cual recurrimos prácticamente todos de forma cotidiana para indagar en los misterios del futuro próximo. Los especialistas en “prospectiva” -en sus múltiples acepciones- representan el arquetipo del moderno adivinador y el concurso de sus conocimientos resulta indispensable para la toma de decisiones en campos como la industria, en los cuales la certeza es no sólo deseable, sino indispensable.

Un público más especializado aún recurre a un particular tipo de moderno hechicero: los corredores de bolsa. El uso de sus conocimientos, al menos en teoría, implica la diferencia entre multiplicar los haberes económicos y quedarse, literalmente, en la calle.

Desde esta perspectiva puede decirse, por referirse a un ejemplo cercano, que quienes perdieron hasta la camisa en la aventura de la hoy extinta Ficrea carecieron de un buen agorero en materia financiera. Y por estos días de turbulencia e incertidumbre económica, los mexicanos en general andamos urgidos de un buen profeta en eso de las finanzas.

El misterio a despejar es tan simple como relevante para los mortales de a pie, es decir, para quienes la mínima modificación de las variables macroeconómicas se traduce en un auténtico cataclismo en el territorio de las finanzas personales: ¿cuándo será un buen día para ir a McAllen?

Dicho de forma menos críptica -o más clara, según se prefiera-, ¿cuando chingaos va a estar barato el dólar de nuevo como para estar en posibilidades de ir a darse una vuelta aunque sea al outlet de Mercedes o, en última instancia, al Ross más cercano?

La respuesta racional a la interrogante, podría inferir cualquiera con un mínimo de conocimientos respecto de la forma en la cual se pronostica el futuro por estos días, es recurrir a los economistas quienes, para todo efecto práctico, ofician como oráculos en este apartado de la vida pública.

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