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El gran problema

 

Opinión-colorÁguila o Sol

De: Prof. Monjardín

Es evidente, por el tratamiento del tema en los medios, incluida la internet (ver, por ejemplo, Javier Matus, “La corrupción se ha institucionalizado en México”) que un creciente número de mexicanos está cobrando conciencia de que la corrupción es el problema central de la vida actual en nuestro país, sin relegar por supuesto otras lacras que nos agobian, como la inseguridad y la violencia, o el subempleo y el desempleo. Incluso a veces nos parece que todo esto se interrelaciona y nos está llevando a una descomposición social sumamente grave. Pero este también puede ser un momento crítico para resolver con determinación estas cuestiones fundamentales, para reencauzar a la sociedad mexicana en el camino de la superación ética, del respeto a los más altos valores humanos, de la revalorización de nuestras instituciones y de dinamizar el progreso económico y social, para lo cual es claro que tenemos amplias reservas, ahora dormidas o inactivadas.

Por fortuna, las principales fuerzas políticas del país parecen ya estar dispuestas a enfocarse en el fortalecimiento de los instrumentos legales contra la corrupción, sea en la función pública o en la iniciativa privada, y por una más efectiva rendición de cuentas y transparencia en la gestión de los órganos de gobierno, al mismo tiempo que se dé fin a la impunidad en el castigo a la violación de dichas normas. Con estos fines, en la Cámara de Diputados fue instalado esta semana un grupo de trabajo pluripartidista que tendrá como base diversas iniciativas presentadas, entre ellas la del Ejecutivo federal sobre la Ley Orgánica de la Fiscalía General de la República, la minuta en el Senado de la República sobre la creación de un Sistema Nacional de Fiscalización y, claro, la reciente propuesta del PAN para establecer el Sistema Nacional Anticorrupción, que plantea la creación de un Consejo Nacional y de un Comité Ciudadano, el fortalecimiento de la Secretaría de la Función Pública, mayores facultades fiscalizadoras a la Auditoría Superior de la Federación y que órganos independientes del Ejecutivo federal auditen el uso de los recursos públicos .

¿La corrupción es una cuestión cultural o de educación? Sí, también, pero no por ello es inevitable; eliminar su prevalencia implica esfuerzos muy especiales en la educación de los mexicanos sobre moral, ética y valores humanos, empezando desde las mismas bases de los maestros y sus organizaciones, en todos los niveles educativos; sin desestimar desde luego sus prestaciones válidas y sin afectar sus derechos legítimos.

Sería inconveniente asimismo politizar demasiado la lucha contra la corrupción, pues requiere, como parece que ahora se apunta, la unión de todas las fuerzas políticas en el objetivo de erradicar ese flagelo. Y no utilizar el combate a la corrupción como un momento de nihilismo, de ataque o descrédito a nuestras instituciones, de las que tenemos que preservar muchas de sus valiosas características; y reconocer que es en los abusos y distorsiones en su operación o gestión donde radica el problema. Que la Comisión Nacional Anticorrupción, o cualquier órgano similar que se cree como ente autónomo, no acarree hacia sí los vicios recientes que están desnaturalizando este tipo de organismos ideados para un mejor control con mayor participación ciudadana en las decisiones de nuestra democracia representativa. Al contrario, esa contribución ciudadana es esencial en el combate a la corrupción pública y privada.

Sin olvidar que la corrupción no se da tan sólo en la gestión pública, sino también en la iniciativa privada: las evasiones de impuestos, las colusiones para elevar precios, los abusos en comisiones o servicios cobrados, los engaños a clientes o consumidores. Y, claro, las complicidades con funcionarios públicos para aprovecharse ilegalmente de recursos presupuestales, mediante las trácalas señaladas y muchas otras.

Las cosas van mal

Hace todavía algunas décadas, los padres pensaban que la asistencia a una universidad era garantía de éxito. Una forma de asegurar un buen futuro. Toda mi generación, salvo aquellos que impusieron sus búsquedas fuera del ámbito académico, tuvo algún éxito. Los demás quedaron en un mundo de altas y bajas dependiendo de sus habilidades para hacer negocios modestos. Yo llegué a la UABJO en buena medida obligado por mi madre, quien quería neciamente darme posibilidades de éxito. Tenía razón: no me ha ido mal gracias a un título universitario.

Pero las cosas han empeorado, no bastan los grados académicos. Veo a personas con doctorado hacer fila para hallar empleo. Los profesores jóvenes que me rodean difícilmente tendrán las oportunidades que tuvo mi generación. Con frecuencia dramática me topo con taxistas que tienen una licenciatura. El asombroso ambulantaje es la solución que evita en las urbes un estallido social de enorme magnitud. En dirección opuesta, hacia una amplia discreción camina la educación y la cultura. Cada vez más los oprime la frivolidad del espectáculo, como ha señalado con brillantez Mario Vargas Llosa en su obra: La civilización del espectáculo, reflexiones que nos permiten ver que la globalización, entre otras cosas, nos ha dado un cierto desdén por la cultura. Carece de interés, no produce ganancias enormes.

Digo lo anterior porque en días pasados escuchaba las quejas de docenas de jóvenes en distintos foros donde trataban la violencia desatada por las autoridades de Guerrero en contra de los jóvenes estudiantes. La mayoría de los muchachos pasaba de los crímenes cometidos en dicho estado a plantear públicamente su futuro. No lo hallan promisorio. Se ven desde ahora mal pagados, sin muchas ofertas laborales e instalados en una globalización que no pidieron, simplemente llegó y todo lo envolvió. Los globalizados mostramos distintos grados de resistencia, pero al final somos derrotados. La escuela pública, que fuera uno de los orgullos del sistema emanado de la Revolución Mexicana, hoy subsiste a duras penas.

Sin rumbo

El joven de hoy no ve un gran futuro, al menos desde la perspectiva de la educación pública. La vida se ha hecho demencial, llena de trámites y papeleos inútiles, odiosos. Y el camino para escalar es lento y como es normal sólo destinado a unos cuantos.

Entiendo, pues, la situación de los jóvenes en rebeldía. Están justamente indignados. La política y los partidos son sus peores enemigos, el sistema es uno y no lo rompen las imaginarias diferencias. Pueden polemizar aquí o allá, a la larga los une el poder y los beneficios materiales que produce en esa suerte de casta social.

Para muchos jóvenes, miles y miles, lo que el país les ofrece en el discurso no basta, quieren algo más que pintar fachadas y conceder dádivas a los muy pobres. País sin empuje ni posibilidades de grandes cambios, los muchachos son llevados por meras promesas y por una clase gobernante en verdad lamentable, penosa. Por ahora el malestar comienza, se organiza, reflexiona. Mañana, de seguir como van las cosas, podría haber una revolución y no una simple revuelta a la que un político puede tranquilizar saliendo en mangas de camisa, ante la ridícula emoción de los gastados medios de comunicación.

México no presentó gran resistencia a la globalización, dejó de lado valores fundamentales, la educación pública, la que ha edificado al país, entre ellos. Estamos en un laberinto. A los jóvenes no les gusta. No quieren más sumisión a otros poderes, quieren crear el suyo propio y tienen razón. El actual es vergonzoso y por más que pregonen sus conquistas, escasamente es exitoso.

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